«Una zona sagrada» de Carlos Fuentes (Cuento breve)

UNA ZONA SAGRADA

Carlos Fuentes

Cuento breve / México

Crítica literaria de "Una zona sagrada"

«Una zona sagrada» de Carlos Fuentes es un minicuento que juega con la mitología clásica y la figura de Ulises para explorar la naturaleza humana y su búsqueda constante de desafíos. La historia se centra en un momento crucial del viaje de Ulises, cuando su nave pasa cerca de las islas encantadas y las sirenas, en lugar de cantar, permanecen en silencio.

Fuentes utiliza la figura de Ulises como un arquetipo de la voluntad humana, un hombre que se ve a sí mismo como su propio «agente de relaciones públicas», forjando su propia leyenda y prestigio. El jefe amarrado miente sobre haber resistido a las sirenas, revelando la importancia del orgullo y la reputación en la travesía de Ulises. La narrativa sugiere que Ulises no solo enfrenta peligros externos, sino también una lucha interna por mantener su estatus y resistirse a las tentaciones que podrían poner en peligro su reputación.

La omisión del canto de las sirenas en este relato es significativa. En lugar de caer ante la melodía seductora, Ulises elige avanzar sin ser tentado por el canto que solo escuchan aquellos que ya han renunciado a la búsqueda y han optado por la inmovilidad. Las sirenas, en este contexto, no tienen cronistas humanos, lo que añade un toque misterioso y mitológico al relato. En cambio, sus «auditores» son fetos y cadáveres, simbolizando la inevitable conexión entre la vida y la muerte.

El cuento, a través de su brevedad, logra explorar temas como la vanidad, la resistencia a la tentación y la naturaleza de la búsqueda humana. Fuentes emplea la mitología de manera ingeniosa para reflexionar sobre la dualidad de la existencia humana: el deseo constante de aventura y la inevitable atracción hacia la quietud, representada por aquellos que ya no buscan, sino que eligen permanecer inmóviles.

UNA ZONA SAGRADA

Las sirenas no le cantaron. La nave perdida pasó en silencio frente a las islas encantadas; la tripulación sorda imaginó esa tentación. El jefe amarrado dijo haber escuchado y resistido. Mintió. Cuestión de prestigio, conciencia de la leyenda. Ulises era su propio agente de relaciones públicas. Las sirenas, esa vez, solo esa vez, no cantaron: la vez que la historia registró su canto. Nadie lo sabe, porque esas matronas de escamas y algas no tuvieron cronistas; tuvieron otros auditores, los fetos y los cadáveres. Ulises pudo pasar sin peligro, Ulises solo deseaba protagonizar antagonizando: siempre, el pulso de la agonía; nunca, el canto de las sirenas que solo es escuchado por quienes ya no viajan, ya no se esfuerzan, se han agotado, quieren permanecer transfigurados en un solo lugar que los contiene a todos.

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