«El hijo» de Rubem Fonseca (Cuento breve)

EL HIJO

Rubem Fonseca

Cuento breve / Brasil

Jessica tenía dieciséis años cuando se embarazó.

—Es mejor sacarlo —dijo su madre—. ¿Sabes quién es el padre?

Jessica no lo sabía.

—No importa quién sea el padre —respondió—, son todos unos cabrones.

Acordaron que interrumpirían el embarazo en la casa de la santera, doña Gertrudes, quien realizaba todos los partos y abortos de aquella comunidad.

Doña Gertrudes era una mujer gorda, muy gorda; negra, muy negra, y sus rezos para ahuyentar los malos espíritus eran extremadamente eficaces. Doña Gerturdes creaba conjuros, profiriendo imprecaciones, lanzando maldiciones mezcladas con bendiciones; hacía oraciones contra los quebrantos y el mal de ojo; oraciones contra los espíritus obsesivos; oraciones para blindar el cuerpo contra todos los males; oraciones para exorcizar al demonio; y tenía una oración especial, la Oración de la Cabra Negra.

En la víspera del aborto, Jessica le dijo a su madre que había decidido tener el hijo y que si fuera niño lo llamaría Maicon, y si fuese niña, Daiana.

—¿Vas a tener el niño?

—Sí.

—Te volviste loca. ¿Cómo piensas criarlo?

—¿Cuál es el problema? Si se complica, siempre puedo regalarlo, o mejor aún, puedo venderlo. Hay un montón de gente interesada en comprar bebés. Kate vendió al bebé, ¿sabías?

—¿Lo vendió?

—Lo vendió. Pero no se lo cuentes a nadie. Me pidió que guardara el secreto.

Aquel mismo día, la madre de Jessica, doña Benedita, fue a buscar a Kate.

Cuando doña Benedita le habló sobre la venta del bebé, Kate se puso lívida.

—Nadie puede saberlo, por el amor de Dios, nadie puede saberlo.

—¿Por qué? ¿Cuál es el problema?

—Yo no dije en la casa que lo había vendido, dije que lo había regalado. Guardé el dinero solo para mí, si mi padre y mi madre se enteran me muelen a golpes.

—¿Cuánto te pagaron?

—No te lo digo. No te lo digo.

—¿Quién lo compró?

—Basta, doña Benedita.

Kate se alejó corriendo.

Doña Benedita no desistió. Fue a buscar a la santera, doña Gertrudes, y le dijo que quería hacer que Kate le contara quién había comprado su bebé.

—Mija, eso es cosa de Satanás —dijo doña Gertrudes—, necesitamos una oración contra el demonio. Se tiene que repetir muchas veces, mijita.

Doña Gertrudes se persignó varias veces y comenzó a rezar en voz alta.

—Yo, como criatura de Dios, hecha a su semejanza y redimida con Su Santísima Sangre, os impongo, demonio o demonios, para que cesen vuestros delirios, para que esta criatura no sea jamás atormentada por vosotros con vuestras furias infernales. Pues el nombre del Señor es fuerte y poderoso, por quien yo os convoco y emplazo que os ausentéis de este lugar que Dios Nuestro Señor os destinó; porque en el nombre de Jesús os pisoteo, os repelo y os expulso fuera de mi pensamiento; que el Señor esté conmigo y con todos nosotros, ausentes y presentes, para que tú, demonio, no puedas jamás atormentar a las criaturas del Señor. Os amarro con las cadenas de san Pablo y con el paño que limpió el rostro de Jesucristo para que jamás podáis atormentar a los vivientes.

Después de recitar su oración, doña Gertrudes giró por la sala y cayó en el piso, desmayada.

Doña Benedita volvió a encontrarse con Kate, quien, como si estuviese en trance, le contó quién había comprado el bebé, la cuantía, todo; pero doña Benedita no le dijo nada de esto a Jessica. Había decidido vender al bebé ella misma, ya que necesitaba el dinero para comprarse una dentadura postiza.

Fue pasando el tiempo y la barriga de Jessica crecía. Jessica era una muchacha bajita, raquítica, no llegaba al metro y medio de altura, pero su barriga era inmensa y la gente decía que nunca había visto un vientre de ese tamaño.

—Es niño —decía Jessica—, y va a ser enorme, grandísimo, van a ver.

Jessica se fue casi arrastrándose a la choza de doña Gertrudes para que la examinara.

—Será mañana —dijo doña Gertrudes—. Ven preparada.

Jessica durmió mal aquella noche, pensando en su hijo. No iba a vender al bebé, quería darle de mamar, sus pechos ya estaban llenos de leche.

Al día siguiente, llevando una pequeña manta y una sábana con encajes para abrigar al bebé, Jessica fue a la casa de doña Gertrudes.

Doña Benedita insistió en acompañarla. Su plan era agarrar al bebé inmediatamente después del parto y salir corriendo con él debajo del brazo para encontrarse con el comprador de bebés, con quien ya lo había arreglado todo. Ella también llevaba mantas para envolver al bebé.

El parto transcurrió con normalidad. El bebé nació, era un niño.

Doña Benedita inmediatamente miró al bebé y salió corriendo de la casa de doña Gertrudes. Pero doña Benedita salió corriendo sin llevarse al bebé. Salió solita con los ojos desorbitados, como si llevara a Satanás en el cuerpo.

Doña Gertrudes envolvió al bebé en las mantas que Jessica había llevado.

—Puedes llevarte al bebé para tu casa —dijo doña Gertrudes.

Entonces, Jessica miró a su hijo. No dijo ni una palabra. Tomó al bebé envuelto en la manta y en la pequeña sábana con encajes, y salió de la casa de doña Gertrudes.

Se fue caminando lentamente por la calle hasta que encontró el primer bote grande de basura. Entonces, tiró al bebé en el bote.

El bebé había nacido mal formado. Tenía un solo brazo. Ella no iba a darle de mamar y nadie iba a querer comprarle aquella cosa.

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