«Venganza literaria» de Alfonso Reyes (Cuento breve)

VENGANZA LITERARIA

Alfonso Reyes

Cuento breve / México

Crítica literaria de Venganza literaria

Este cuento de Alfonso Reyes es un relato breve que mezcla elementos de humor y crítica social. A través de una narración aparentemente cotidiana, el autor ofrece una visión satírica y mordaz de la sociedad de su época, especialmente de ciertos personajes y actitudes que encuentra dignos de crítica.

La historia comienza con la descripción de objetos olvidados por el Maestro en una habitación en medio de la noche. El narrador se ve afectado por la resaca del Maestro y sus desvaríos poéticos y se dirige a la Academia en busca de limpieza y orden. Durante su visita, se encuentra con poetas «cilindristas o cilindreros» que parecen encarnar estereotipos literarios y artísticos de la época. El narrador se burla de estos poetas y su pretensión artística, transformándolos en objetos triviales y banales.

Alfonso Reyes utiliza un lenguaje y un tono irónico y sarcástico para criticar la superficialidad y la pretensión de ciertos sectores culturales y literarios. La idea de «poetas pepitos, poetas rotos para decirlo a la mexicana» es una expresión de su desdén por lo que considera una actitud vacía y afectada en la poesía y la cultura de su tiempo. La historia culmina con una exclamación de desprecio hacia estos personajes, expresando su disgusto por lo que considera una falta de autenticidad y profundidad en su expresión artística.

En resumen, es un cuento satírico que critica la superficialidad y la pretensión en la cultura y la poesía de la época. El autor utiliza un tono humorístico y despectivo para ridiculizar a ciertos personajes y actitudes que considera indignas de la verdadera expresión artística.

VENGANZA LITERARIA

Los primeros objetos que descubrieron mis ojos —lámpara ingrata de las dos y media de la mañana, insomnio que sigue a la pesadilla, ganas de aullar, ganas de huir— fueron, olvidados sobre el sillonzote de la chimenea, el gorro de dormir y las antiparras del Maestro.

El Maestro se había pasado la noche diluyendo un granito de anís folklórico en cien calderos de agua tibia. El piso estaba encharcado de octosílabos. “Habrá que llamar al encerador”, reflexioné. Y me levanté de un salto, me vestí en un santiamén, y cátame en un dos por tres llamando a la puerta de la Academia: “¿Aquí limpian, fijan y dan esplendor?”

Tanto ejercicio de frases hechas me dejó como despernancado. El espíritu de asociación verbal me rechinaba en el cuerpo. Los cotarelos me hervían casi en la garganta. Y cruzó dentro de mí —¡qué bien lo recuerdo!— una de esas ideas sin pasaporte que de repente se nos cuelan por la conciencia: la convicción firme, la profética visión de que nunca se acabaría en México el Palacio Legislativo comenzado por el arquitecto Boiry, y que un día, entre silbidos de marina catástrofe, se hundiría en olas de cemento el Palacio de Bellas Artes. Ideas a deshora, pájaros que cruzan de ventana a ventana, sobre la espantada familia congregada en el comedor.

El instante era propicio. Se abrieron las ponderosas puertas. A los tres años, ya están nuestros muertos en su punto. Podemos pacer tranquilamente en los cementerios. La Academia estaba poblada de poetas cilindristas o cilindreros —reacción contra el cubo— y Modigliani y Picasso, colgados del techo, se balanceaban majestuosamente, como aquel caimán del patio de los Canónigos, Catedral de Sevilla.

Aquí salió cantando en falsete nuestro Apollinaire, que si no le daban caviar todas las noches, como a los viajeros mimados de la Holland-America Line, era capaz de hacer esto y lo otro. Yo, que sentía la necesidad de crear absurdos, lo alcancé por el cuello, lo enjerté en los poetas de campanario, y me puse a cosechar, en mi nuevo árbol evolutivo, primaveras almidonadas en faldas de percal y servilletas duras como cartones, del tiempo de don Simón.

Así, así me las pagarán todos esos del Ángelus, esos del Toque de Queda, esos de las muchachas de la retreta, esos de las virtudes aldeanas, esos del incienso de la parroquia, esos de las tardes de la granja, las veladas de la quinta y hasta don Catrín el Calavera: poetas pepitos, poetas rotos para decirlo a la mexicana. Traen raídos los traseros del alma y lo andan tapando como pueden, y dicen que es por meditabundos y por pasear manos a la espalda.

Y los dejé convertidos en papel de moscas, olor de sín-sín, aguaflorida barata, mucílago y panal de América en dulzor de pegajosas pepitorias. ¡Fuchi!



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