«Adiós a la patria» de Rafael María Baralt (Poema)

ADIÓS A LA PATRIA

Rafael María Baralt

Poema / Venezuela

Tierra del Sol amada,

Donde inundado de su luz fecunda,

En hora malhadada

Y con la faz airada

Me vio el lago nacer que te circunda.

 

Campo alegre y ameno,

De mi primer amor fácil testigo,

Cuando virgen, sereno,

De traiciones ajeno,

Era mi amor de la esperanza amigo,

 

Adiós, adiós te queda.

Ya tu mar no veré cuando amorosa

Mansa te ciñe y leda,

Como joyante seda

Talle opulento de mujer hermosa.

 

Ni tu cielo esplendente

De purísimo azul y oro vestido,

Do sospecha la mente

Si en mar de luz candente

La gran mole de sol se ha convertido.

 

Ni tus campos herbosos,

Do en perfumado ambiente me embriagaba,

Y en juegos amorosos,

De nardos olorosos

La frente de mi madre coronaba

Ni la altiva palmera,

Cuando en tus apartados horizontes

Con majestad severa

Sacude su cimera,

Gigante de la selva y los montes.

 

Ni tus montes erguidos

Que en impío reto hasta los cielos subes,

En vano combatidos

Del rayo, y circuidos

De canas nieves y sulfúreas nubes.

 

Adiós. El dulce acento

De tus hijas hermosas: la armonía

Y suave concento

De la mar y el viento,

Que el eco de tus bosques repetía;

 

De la fuente el ruido,

Del hilo de agua el plácido murmullo,

Muy más grato a mi oído

Que en su cuna mecido

Es grato al niño el maternal arrullo;

 

Y el mugido horroroso

Del huracán, cuando a los pies postrado

Del ande poderoso,

Se detiene sañoso

Y a la mar de Colón revuelve airado;

 

Y del cóndor el vuelo,

Cuando desde las nubes señorea

Tu frutecido suelo,

Y en el campo del cielo

Con los rayos de sol se colorea;

 

Y de mi dulce hermano,

Y de mi tierra hermana las caricias,

Y las que vuestra mano

En el albor temprano

De mi vida sembró, gratas delicias,

 

¡O h madre, oh padre mío!

Y aquella en que pedisteis, mansión santa,

Con alborozo pío

El celestial roció

Para mi débil niño, frágil planta

 

Y tantos, aymé, tanto, Marcan a mis quebrantos

Breve tregua tal vez con mi memoria;

 

Presentes a la mía

En el vasto palacio o la cabaña,

Hasta el postrero día

Será mi compañía,

Consuelo y solo amor en tierra extraña.

 

Puedas grande y dichosa

Subir, ¡oh patria!, del saber al templo,

Y en carrera gloriosa

Al orbe, majestosa,

Dar de valor y de virtud ejemplo

 

Yo a los cielos en tanto

Mi oración llevaré por ti devota,

Como eleva su llanto

El esclavo, y su canto,

Por la patria perdida, en triste nota

 

Duélete de mi suerte;

No maldigas mi nombre, no me olvides;

Que aun cercano a la muerte

Pediré con voz fuerte

Victoria a Dios en tus fatales lides.

 

¡Dichoso yo si un día

A ti me vuelve compasivo el cielo;

Dulce muerte me envía,

Y me da, patria mía,

Digno sepulcro en tu sagrado suelo.

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