«A la luna» de Rosalía de Castro (Poema)

Diecinueve estrofas organizadas en cuatro partes nos hablan sobre la luna y el mágico encanto que siempre ha tenido sobre los seres humanos. La poetisa Rosalía de Castro, enarbola en sus versos un trato preferente hacia el satélite natural. Comienza tratando de persuadirnos de la belleza de la luna y lo logra. Seguidamente toma una postura apostrófica y le habla en una extraña intimidad amistosa. Finaliza, tratando de enamorar a la luna tratándola con celo y a la vez con admiración.

A LA LUNA

Rosalía de Castro

Poema / España

I

¡Con qué pura y serena transparencia

brilla esta noche la luna!

A imagen de la cándida inocencia,

no tiene mancha ninguna.

 

De su pálido rayo la luz pura

como lluvia de oro cae

sobre las largas cintas de verdura

que la brisa lleva y trae.

 

Y el mármol de las tumbas ilumina

con melancólica lumbre,

y las corrientes de agua cristalina

que bajan de la alta cumbre.

 

La lejana llanura, las praderas,

el mar de espuma cubierto

donde nacen las ondas plañideras,

el blanco arenal desierto,

 

la iglesia, el campanario, el viejo muro,

la ría en su curso varia,

todo lo ves desde tu cenit puro,

casta virgen solitaria.

 

II

Todo lo ves, y todos los mortales,

cuantos en el mundo habitan,

en busca del alivio de sus males,

tu blanca luz solicitan.

 

Unos para consuelo de dolores,

otros tras de ensueños de oro

que con vagos y tibios resplandores

vierte tu rayo incoloro.

 

Y otros, en fin, para gustar contigo

esas venturas robadas

que huyen del sol, acusador testigo,

pero no de tus miradas.

 

III

Y yo, celosa como me dio el cielo

y mi destino inconstante,

correr quisiera un misterioso velo

sobre tu casto semblante.

 

Y piensa mi exaltada fantasía

que sólo yo te contemplo,

y como que es hermosa en demasía

te doy mi patria por templo.

 

Pues digo con orgullo que en la esfera

jamás brilló luz alguna

que en su claro fulgor se pareciera

a nuestra cándida luna.

 

Mas ¡qué delirio y qué ilusión tan vana

esta que llena mi mente!

De altísimas regiones soberana

nos miras indiferente.

 

Y sigues en silencio tu camino

siempre impasible y serena,

dejándome sujeta a mi destino

como el preso a su cadena.

 

Y a alumbrar vas un suelo más dichoso

que nuestro encantado suelo,

aunque no más fecundo y más hermoso,

pues no le hay bajo del cielo.

 

No hizo Dios cual mi patria otra tan bella

en luz, perfume y frescura,

sólo que le dio en cambio mala estrella,

dote de toda hermosura.

 

IV

Dígote, pues, adiós, tú, cuanto amada,

indiferente y esquiva;

¿qué eres al fin, ¡oh, hermosa!, comparada

al que es llama ardiente y viva?

 

Adiós… adiós, y quiera la fortuna,

descolorida doncella,

que tierra tan feliz no halles ninguna

como mi Galicia bella.

 

Y que al tornar viajera sin reposo

de nuevo a nuestras regiones,

en donde un tiempo el celta vigoroso

te envió sus oraciones,

 

en vez de lutos como un tiempo, veas

la abundancia en sus hogares,

y que en ciudades, villas y en aldeas

han vuelto los ausentes a sus lares.

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