«Sentimental» de Charles Dickens (Cuento)

SENTIMENTAL

CHARLES DICKENS

CUENTO / REINO UNIDO

La señorita Crumpton, o, para citar con toda autoridad la inscripción que aparecía en la verja del jardín del “Minerva House”, en Hammersmith, “Las señoritas Crumpton”, eran dos personas de una estatura fuera de lo común, particularmente delgadas y excesivamente flacas; tiesas como un palo y de color apergaminado. La señorita Amelia Crumpton contaba treinta y ocho años y la señorita María Crumpton admitía tener cuarenta, confesión que era perfectamente innecesaria por cuanto era evidente que por lo menos tenía cincuenta. Vestían de la manera más interesante —como si fueran mellizas—; tenían un aire tan feliz y satisfecho como un par de clavelones a punto de echar grano. Eran muy precisas, tenían las ideas más estrictas posibles respecto de la propiedad, usaban peluca y siempre despedían un fuerte olor a lavanda.

“Minerva House” (“La Casa de Minerva”), diosa de la Sabiduría— dirigida bajo los auspicios de las dos hermanas, era un establecimiento dedicado a completar la educación de jóvenes señoritas, donde una veintena de muchachas, cuya edad oscilaba entre los quince y los diecinueve abriles, adquirían un conocimiento superficial de todo y un verdadero conocimiento de nada: enseñanza de los idiomas francés e italiano; lecciones de baile dos veces por semana y otras cosas convenientes para la vida. Era un edificio todo blanco, un poco apartado del camino, cercado por una valla. Las ventanas de los dormitorios estaban siempre entreabiertas para que, a vista de pájaro, pudieran admirarse las numerosas camas de hierro y unos muebles tapizados de blanquísima cotonada, e imprimir así en el transeúnte el debido sentido de la fastuosidad del establecimiento. Al entrar había una sala de visitas —de cuyas paredes pendían un sinnúmero de mapas sumamente barnizados, a los cuales nadie dedicaba la menor atención— repleta de libros que nunca había leído nadie. Este salón estaba destinado exclusivamente para recibir a los parientes de las pupilas, los cuales, cuando acudían allí, no podían menos que sentirse sumamente impresionados por la gran severidad que emanaba de aquel lugar.

—Amelia, querida mía —dijo la señorita María Crumpton al entrar en la clase una mañana, con su peluca llena de papillons (acostumbraba ostentarlos para dar la impresión a las jovencitas bajo su cuidado de que su pelo era una cosa real)—. Amelia, querida mía, he aquí una nota que acabo de recibir, de lo más satisfactoria. No debe importarte leerla en voz alta.

La señorita Amelia, así advertida, procedió a leer la siguiente comunicación con un aire de gran triunfo:

 

Cornelio Brook Dingwall, Esq., M. P, saluda atentamente a la señorita Crumpton y se consideraría muy agradecido si la señorita Crumpton se dignara visitarle, siempre que le sea dable, mañana a las trece horas, ya que Cornelio Brook Dingwall, Esq., M. P., tiene sumo interés en hablar con la señorita Crumpton de un asunto relacionado con la custodia de la señorita Brook Dingwall.

Adelphi.— Lunes por la mañana.

 

—¡Oh, hermana, un miembro del Parlamento! —exclamó Amelia con un tono extático.

—Un miembro del Parlamento, hermana —repitió la señorita María con una sonrisa de deleite; sonrisa que, desde luego, suscitó una correspondiente risita de todas las alumnas.

—¡Es delicioso! —dijo la señorita Amelia; lo que dio lugar a que todas las pupilas expresaran de nuevo su admiración. Los cortesanos son los chicos que van a la escuela; las niñas, las damas de la corte.

Un acontecimiento tan importante suspendió enseguida las labores del día. Fue declarado festivo en conmemoración del gran suceso; las señoritas Crumpton se retiraron a sus habitaciones particulares para hablar del asunto; las muchachas más jóvenes discutían de los probables modales y costumbres de la hija de un miembro del Parlamento y las mayores, que se acercaban a los dieciocho, se preguntaban si estaría prometida, si era linda, si sería muy revoltosa, y otros muchos síes de igual importancia.

Al día siguiente, las dos señoritas Crumpton se presentaron en Adelphi a la hora señalada, vestidas, desde luego, con sus mejores galas para ceremonias de bautismo, y con el aire más amable que podían aparentar que, entre paréntesis, no lo era mucho. Después de haber dado sus tarjetas a un lacayo de aspecto imponente, que vestía una librea flamante, fueron conducidas a la augusta presencia del grande Dingwall.

Cornelio Brook Dingwall, Esq., M. P., era muy altivo, solemne y vanidoso. Tenía, naturalmente, un algo de expresión espasmódica de templanza, pero no era perceptible en lo más mínimo debido a su modo de llevar una corbata tiesa en extremo. Se sentía maravillosamente orgulloso del apéndice de “M. P.” que llevaba su nombre, y nunca dejaba pasar la oportunidad de recordar su dignidad a la gente. Tenía una gran idea de sus propias habilidades, lo que debía ser un inmenso consuelo para él, ya que nadie más abrigaba tal creencia; y en la diplomacia en pequeña escala y en los asuntos de su propia familia se consideraba sin rival posible. Era un magistrado de distrito y desempeñaba las funciones que corrían a su cargo con la debida justicia e imparcialidad; con frecuencia caían en sus manos cazadores furtivos; y en ocasiones se encarcelaba a sí mismo. La señorita Brook Dingwall era una de aquellas señoritas que, como los adverbios, deben ser conocidas por sus respuestas a preguntas vulgares, y no sirven para otra cosa.

En aquella ocasión este talento individual estaba sentado ante una pequeña librería y una mesa en la que se amontonaban los papeles, sin hacer nada, pero intentando dar la apariencia de que estaba ocupadísimo. Actas del Parlamento y cartas dirigidas a “Cornelio Brook Dingwall, Esq., M. P.”, estaban ostentosamente esparcidas por encima de la mesa; a una corta distancia de esta, la señora Brook Dingwall estaba sentada trabajando. Una de estas plagas públicas, un chico malcriado, jugaba por la habitación, vestido según la moda más refinada, es decir, con una túnica azul ceñida con un cinturón negro, ancho de un cuarto de pulgada y abrochado con una gran hebilla. Tenía todo el aire de un bandolero de melodrama visto a través de unos lentes de reducción.

Después de una agudeza del dulce muchachito, que consistió en divertirse a sí mismo huyendo con la silla destinada a la señorita María, tan pronto como se colocó para que ella se sentara, las visitantes tomaron asiento, y Cornelio Brook Dingwall, Esq., consideró iniciada la conversación.

Había mandado llamar a la señorita Crumpton —dijo— como consecuencia de las excelentes referencias que le habían dado del establecimiento que ella dirigía, y que le habían sido facilitadas por su amigo, sir Alfredo Muggs.

La señorita Crumpton expresó su agradecimiento a él (a sir Alfredo Muggs), y Cornelio prosiguió:

—Una de mis razones principales, señorita Crumpton, para desprenderme de mi hija, es que esta, últimamente se ha imbuido de ciertas ideas sentimentales, que tengo muchísimo deseo de que desaparezcan de su joven cabeza. (Aquí la inocente criatura a que antes hemos hecho mención, se cayó de un sillón, haciendo un ruido atronador).

—¡Chico tremendo! —exclamó la mamá, que parecía más maravillada de que el angelito se hubiese tomado la libertad de caer que de todas sus otras diabluras—. Llamaré a James para que se lo lleve de aquí.

—Amor mío, te ruego que no lo eches —dijo el diplomático tan pronto como pudo hacerse oír en medio del aterrador griterío que precedió a aquel hundimiento—. Todo es motivado por la gran genialidad de su espíritu. —Esta última aclaración fue dirigida a la señorita Crumpton.

—Ciertamente, señor —replicó la vieja María, sin comprender en absoluto, no obstante, qué relación podía existir entre la genialidad de un espíritu animal y la caída de un sillón.

Volvió a reinar el silencio, y el miembro del Parlamento resumió:

—Considero, señorita Crumpton, que nada puede tener un efecto más eficaz contra lo que batallamos que el que mi hija disfrute constantemente de la compañía de jovencitas de su misma edad; y como sé que en su establecimiento ha de hallarlas sin duda, sin que contaminen su cabeza, es por lo que me propongo mandarles a la señorita Brook Dingwall.

La más joven de las señoritas Crumpton expuso, en sentido general, los conocimientos que se adquirían en “Minerva House”. María se había quedado de repente sin voz… debido a un intenso dolor físico. El pequeño querido muchacho, habiendo recobrado su espíritu animal, se mantenía erguido sobre el más delicado de los pies de la directora, al objeto de permitir así que su cara (que parecía talmente una O mayúscula, de aquellas que aparecen en los carteles de teatro con letras encarnadas) se mantuviera al nivel de la mesa de escribir donde se entretenía en hacer unos garabatos.

—Desde luego, Lavinia será una pensionista —continuó el envidiable padre—; y a este respecto quiero que se cumplan estrictamente mis instrucciones. El caso es que un ridículo amor por una persona de posición muy inferior a la suya la ha llevado a este actual estado de ánimo. Sabiendo usted esto y, confiándola a su custodia, no tendrá la oportunidad de encontrarse con aquella persona. Por ello no haré ninguna objeción; es más, incluso preferiría que tomara parte en las fiestas de sociedad que ustedes organizan, como usted convendrá en ello.

Este importante discurso fue de nuevo interrumpido por el buen humor del muchachito quien, en un exceso de jovialidad, había roto el cristal de una ventana y por poco se precipita a un espacio contiguo. Se tocó la campanilla para que James viniera por él; se sucedió una respetable confusión y un gran vocerío; se vieron dos piernas azules que estaban dando violentas patadas al aire cuando el hombre salió de la habitación, y el jovenzuelo desapareció.

—Al señor Brook Dingwall le gustaría que la señorita Brook Dingwall aprendiera de todo —dijo la señora Brook Dingwall, quien apenas si decía cuatro palabras seguidas.

—¡Desde luego! —pronunciaron ambas señoritas Crumpton al unísono.

—Y confío, señorita Crumpton, en que el plan que he ideado se realizará de modo que desaparezcan de la cabeza de mi hija estas ideas absurdas —continuó el legislador—. Espero que usted tendrá la bondad de cumplir, en todos sus puntos, cualquier instrucción que le pase a este respecto.

Se le dieron, naturalmente, todas las seguridades, y después de una larga conversación, conducida por parte de los Dingwall con la gravedad diplomática más correcta y con el más profundo respeto por la de las señoritas Crumpton, se convino por último que la señorita Lavinia sería enviada de allí a dos días a Hammersmith, fecha en la que tendría lugar el baile que cada medio año se celebraba en el pensionado. Aquello podría divertir los pensamientos de la querida muchacha. Y, por otra parte, esto no dejaba de ser una pequeña diplomacia.

La señorita Lavinia fue presentada, pues, a sus futuras directoras, y ambas señoritas Crumpton pronunciaron una muchacha de lo más encantadora; opinión que, por coincidencia singular, siempre emitían ante cualquier nueva pupila.

Se cambiaron cortesías, se expresaron agradecimientos, se exhibieron condescendencias, y la conversación se dio por terminada.

 

Para hacer uso de una fraseología teatral, diremos que en “Minerva House” se hicieron incesantes preparativos en una escala de magnitud nunca hasta entonces igualada para dar el aspecto más brillante al próximo baile a celebrar. Se dedicó a él la sala más grande de toda la casa, la que se decoró con rosas azules hechas de cotonada, tulipas pálidas, y flores artificiales de idéntica apariencia natural, confeccionadas por las propias manos de las alumnas. Se retiraron las alfombras, se quitaron las puertas de dos hojas, se sacaron los muebles, y solo se colocaron asientos de paseo. Las lencerías de Hammersmith se pasmaron ante la improvisada demanda de cintas de tafetán de Florencia y largos guantes blancos. Se compraron por docenas los geranios para hacer ramos con ellos, y un arpa y dos violines se encargaron a la ciudad para acompañar el gran piano que ya poseía el establecimiento. Las muchachas que fueron escogidas para tomar parte en aquel acontecimiento musical y dar mayor realce al renombre de que ya gozaba la escuela, practicaban incesantemente, con gran satisfacción por su parte; demasiado, según la opinión del hombre lisiado que estaba apostado en la esquina en demanda de una limosna por el amor de Dios. Y se cruzó una constante correspondencia entre las señoritas Crumpton y los pasteleros de Hammersmith.

Llegó al fin aquella ansiada noche; se ataron muchos cordones de corsés, se anudaron muchas sandalias, y trabajaron con espero los peluqueros, como solo puede ocurrir en un pensionado. Las alumnas más jovencitas se metían por todas partes, y de todos lados eran echadas de común acuerdo; y las mayores, ya vestidas, ya atados todos los cordones, se adulaban, se envidiaban las unas a las otras, con una seriedad y sinceridad asombrosas.

—¿Qué tal te parezco, querida? —preguntaba la señorita Emilia Smithers, la bella de la escuela, a la señorita Carolina Wilson, que era su amiga íntima… porque era la muchacha más fea de todo Hammersmith, y hasta fuera de él.

—¡Oh, encantadora, encantadora de verdad, querida! ¿Y yo?

—¡Deliciosa, nunca me has parecido más hermosa! —replicaba la bella, ajustándose su propio vestido y sin dedicar la menor mirada a su pobre compañera.

—Espero que el joven Hilton vendrá pronto —dijo una jovencita a otra, con expectación.

—Estoy segura de que se consideraría muy halagado si supiera esto —replicó la otra.

—¡Oh, es tan guapo! —exclamó la primera.

—¡Una persona tan encantadora! —añadió una tercera.

—¡Tiene un aire tan distingué! —manifestó otra.

—¡Oh! ¿Sabes una cosa? —dijo otra muchacha, entrando en la habitación—. La señorita Crumpton dice que va a venir su primo.

—¿Quién? ¿Teodosio Butler? —exclamaron todas con entusiasmo.

—¿Es guapo? —inquirió una novicia.

—No, guapo, precisamente, no —fue la respuesta general—. ¡Pero es tan inteligente!

El señor Teodosio Butler era uno de esos genios inmortales de los cuales se encuentran una muestra en casi todas las reuniones. Por lo común, están dotados de una voz profunda y monótona; siempre se persuaden a sí mismos de que son personas admirables y muy infelices, sin saber precisamente por qué. Son muy vanidosos y, por regla general, tienen algunas ideas; pero en efecto, son considerados como personas muy admirables tanto por las muchachas como por los jóvenes. El individuo en cuestión, el señor Teodosio, había escrito un folleto que contenía algunas consideraciones de peso sobre la conveniencia de dedicarse a esto o a aquello; y como cada frase constaba de muchas palabras de cuatro sílabas, sus admiradoras dieron por seguro de que era un verdadero pozo de ciencia.

—Quizás sea él —exclamaron varias jovencitas, cuando se oyó la primera llamada de la noche en el timbre de la verja.

Se produjo una pausa impresionante. Llegaron algunas cajas, y apareció una joven dama —la señorita Brook Dingwall, ataviada completamente en traje de baile, con una gran cadena de oro alrededor del cuello, y el vestido adornado con una sola rosa; con un abanico de marfil en sus manos, e impresa en su rostro la más interesante expresión de dolor.

Las señoritas Crumpton se interesaron por la salud de los otros miembros de la familia con la ansiedad más afectada, y la señorita Brook Dingwall fue presentada, con todas las formalidades, a sus futuras condiscípulas. Las señoritas Crumpton conversaron con sus pupilas en los tonos más melosos, al objeto de que la recién llegada quedara altamente impresionada de su cariñoso trato.

De nuevo sonó la campanilla. Era el señor Dadson, profesor de caligrafía, y su mujer. La esposa iba vestida de verde, con zapatos y adornos en el sombrero que hacían juego, y el profesor de caligrafía llevaba un chaleco blanco, pantalones cortos negros y calcetines de seda del mismo color, que ocultaban unas piernas lo suficientemente largas para dos profesores de caligrafía. Las jovencitas se hablaron entre sí, y los dos recién llegados felicitaron a las señoritas Crumpton, que iban vestidas de color de ámbar y llevaban unas bandas largas que les daban el aspecto de muñecas de bazar.

Se repitieron las llamadas de la campanilla, y llegaron tantos invitados que ya era imposible particularizar; papás y mamás, tías y tíos, los propietarios y guardianes de las diferentes alumnas; el profesor de canto, signor Lobskini, tocado con una peluca negra; los tocadores de pianoforte y violín; el arpista en un estado de intoxicación; y una veintena de jóvenes que permanecían de pie cerca de la puerta, cuchicheando entre sí y ocultando de vez en cuando sus risitas. Un susurro general de conversaciones. Se repartían con profusión tazas de café, de las que hacían buen gasto un sinnúmero de mamás robustas, que tenían todo el aspecto de aquellas personas fornidas que aparecen en las pantomimas con el solo objeto de que se las derribe a golpes.

El popular señor Hilton fue el siguiente en aparecer; y habiendo tomado a su cargo —cediendo a las súplicas de las señoritas Crumpton— el oficio de maestro de ceremonias, las contradanzas comenzaron con un vigor singular. Los jóvenes que se mantenían en la puerta avanzaron gradualmente hasta llegar a la mitad de la sala, y con el tiempo se encontraron lo suficientemente a sus anchas para consentir en ser presentados a los demás invitados. El profesor de caligrafía danzaba todos los bailes, moviéndose con una agilidad tímida y su esposa jugaba una partidita detrás del salón, en una pequeña habitación en la que había unas cinco estanterías llenas de libros y a la que daban el rimbombante título de estudio.

La interesante Lavinia Brook Dingwall era la única muchacha de las entre allí presentes que parecía no tener ningún interés por los acontecimientos de la velada. En vano se la solicitó para que bailara; en vano se le tributó el homenaje que requería la hija de un miembro del Parlamento. Se mostró inconmovible lo mismo ante el espléndido tenor que era el inimitable Lobskini que ante la brillante ejecución de la señorita Leticia Parsons, cuya expresión en The Recollections of Ireland fue unánimemente declarada tan excelente como la que hubiera podido interpretar el propio Moscheles. Ni siquiera el anuncio de la llegada del señor Teodosio Butler pudo inducirla a abandonar el rincón de la sala en donde estaba sentada.

—Teodosio —dijo la señorita María Crumpton, después que el ilustrado folletinista hubo echado el guante a casi todos los miembros de la reunión—, ya es hora de que te presente a nuestra nueva alumna.

Parecía como si a Teodosio no le interesara nada de lo que existe en este pícaro valle de lágrimas.

—Es la hija de un miembro del Parlamento —insistió María.

Teodosio se alarmó.

—¿Cuál es su nombre? —inquirió.

—Se llama señorita Brook Dingwall.

—¡Cielos! —exclamó poéticamente Teodosio en un tono débil como un susurro.

La señorita Crumpton empezó la presentación en la forma debida. La señorita Brook Dingwall levantó la cabeza de un modo lánguido.

—¡Eduardo! —exclamó con un ahogado grito al divisar las bien conocidas piernas enfundadas en mahón.

Por fortuna, como la señorita María Crumpton no poseía una gran dosis de penetración y como, además, una de las diplomáticas instrucciones que había recibido del no menos diplomático señor Cornelio Brook Dingwall era la de no prestar demasiada atención a las incoherentes exclamaciones que, a buen seguro, pronunciaría la señorita Lavinia, la codirectora no tuvo el menor indicio de la agitación que invadió a ambas partes presentadas; y, en su consecuencia, viendo que había sido aceptada su mano (la de Teodosio), para la próxima contradanza, dejó a su primo en compañía de la señorita Brook Dingwall.

—¡Oh, Eduardo! —exclamó la más romántica de todas las jóvenes románticas, al tiempo que el pozo de ciencia tomaba asiento a su lado—. ¡Oh, Eduardo! ¿Eres tú?

El señor Teodosio aseguró a la querida criatura, en un tono de lo más apasionado, que no tenía conciencia de ser otro más que él mismo.

—Entonces, ¿por qué? ¿por qué… este disfraz? ¡Oh, Eduardo M’Neville Walter, lo que yo he sufrido por ti!

—Lavinia, escúchame —murmuró el héroe en un arranque poético—. No me condenes sin haberme oído. Si algo de lo que emana de la miserable criatura que yo soy puede ocupar un lugar en tu corazón, si algo, a pesar de ser tan vil, merece tu atención, recuerda que una vez publiqué un folleto (cuyos gastos de impresión corrieron de mi cuenta) titulado: Consideraciones acerca del plan de acción relacionado con la eliminación de los derechos sobre la cera de las abejas.

—¡Lo recuerdo, lo recuerdo! —sollozó Lavinia.

—Este —continuó el enamorado galán —era un tema por el que tu padre se había apasionado.

—¡En efecto, en efecto! —repitió la sentimental criatura.

—Lo supe —continuó Teodosio en un tono dramático—. Lo supe… y le mandé un ejemplar del folleto. Se interesó en conocerme. ¿Podía yo confesar mi verdadero nombre? ¡Nunca! No; asumí el nombre que tú has pronunciado tantas veces con cariño. Bajo el nombre de M’Neville Walter me dediqué a aquella causa; como M’Neville Walter gané tu corazón; con la misma reputación fui arrojado de tu casa por los lacayos de tu padre; y sin ninguna reputación me ha sido posible verte. Ahora volvemos a encontrarnos, y yo declaro con orgullo que soy Teodosio Butler.

La jovencita pareció quedar perfectamente satisfecha con estos argumentos y dedicó una mirada llena de afecto al inmortal defensor contra los derechos sobre la cera de las abejas.

—¿Puedo esperar —dijo él— que la promesa que interrumpió el violento comportamiento de tu padre será renovada?

—Vayamos a reunirnos con los danzantes —replicó Lavinia, como una consumada coqueta, porque las muchachas a los diecinueve abriles pueden permitirse la libertad de coquetear.

—¡No! —replicó el de las piernas de mahón—. No me moveré de este sitio y me retorceré con la tortura de la incertidumbre.

—Pero… dime, ¿puedo esperar?

—Puedes.

—¿Renuevas aquella promesa?

—La renuevo.

—¿Tengo tu permiso?

—Lo tienes.

—¿Completamente?

—Bien lo sabes —replicó Lavinia sonrojándose.

Las contorsiones del interesante rostro de Teodosio Butler expresaron su entusiasmo.

 

Podríamos extendernos sobre las circunstancias que sobrevinieron; cómo el señor Teodosio y la señorita Lavinia bailaron, charlaron y suspiraron todo el resto de la velada, y cómo esto causó la delicia de las señoritas Crumpton; cómo el profesor de caligrafía continuó retozando como un caballo de vapor y cómo su esposa, por un capricho inexplicable, abandonó la mesa del whist del pequeño saloncito y persistió en desplegar su verde tocado en un lugar visible del salón; cómo la cena consistió en pequeños emparedados en forma triangular, presentados en bandejas, y una tarta aquí y allá a modo de variante; y, en fin, cómo los invita—dos consumieron agua caliente disfrazada con limón y unas motitas de nuez moscada, a cuya bebida daban el pomposo nombre de negus. Sin embargo, pasaremos por alto estos y otros detalles, para describir una escena de mayor importancia.

Quince días después del baile, Cornelio Brook Dingwall, Esq., M. P., estaba sentado ante la misma librería y ante aquella mesa de la habitación que describimos al principio. Encontrábase solo y en su rostro se dibujaba una expresión de concentración y solemne gravedad; estaba redactando una Nota para la mejor observancia del lunes de Pascua de Resurrección.

El lacayo golpeó ligeramente la puerta; el diplomático despertó de sus ensueños y fue anunciada la señorita Crumpton. Se concedió permiso a esta señorita para penetrar en la habitación; María se deslizó dentro y, habiéndose sentado con mucha afectación, se retiró el lacayo, y la profesora quedó sola con el miembro del Parlamento. ¡Oh, cómo echaba esta de menos la presencia de un tercero! Incluso hubiese sido un alivio la compañía del terrible caballerito que concurrió a la primera visita.

La señorita Crumpton empezó el diálogo. Suponía que la señora Brook Dingwall y el lindo muchachito disfrutaban de excelente salud.

Desde luego, gozaban de ella. La señora Brook Dingwall y el pequeño Federico se encontraban en Brighton.

—Le agradezco mucho, señorita Crumpton —dijo Cornelio en el tono más digno—, su atención en visitarme esta mañana. Tenía la intención de trasladarme a Hammersmith para ver a Lavinia; pero los informes de ustedes eran tan tranquilizadores y los deberes que me impone mi representación en la Cámara son tan numerosos y agobiadores, que me obligaron a aplazar mi visita una semana. ¿Cómo está mi hija?

—Muy bien, señor —Murmuró María, temiendo confesar al padre que la joven se había escapado del pensionado.

—¡Ah! Estoy viendo que el plan que yo ideé incluso le proporcionará un buen partido.

Esta era una excelente oportunidad para confesarle que ya había encontrado el buen partido. Pero ello era superior a las escasas fuerzas de la desgraciada codirectora.

—¿Ha perseverado usted estrictamente en la línea de conducta que tracé, señorita Crumpton?

—Estrictamente, señor.

—Me decía usted en su comunicación que el estado de ánimo de mi hija había mejorado notablemente.

—Mucho, en verdad, sí señor.

—Lo celebro. Estaba seguro de que así sería.

—Pero temo, señor —dijo la señorita Crumpton con emoción—, que el plan no haya resultado exactamente como deseábamos.

—¿Cómo es eso? —exclamó el profeta—. ¡Dios me bendiga, señorita Crumpton! Usted parece alarmada. ¿Qué es lo que ha sucedido?

—La señorita Brook Dingwall, señor…

—Sí, señora…

—…Ha huido, señor —añadió María, con una viva demostración de que optaba por desvanecerse.

—¡Huido!

—Se ha fugado, señor.

—¿Fugado? ¿Con quién? ¿Cuándo? ¿Adónde? ¿Cómo? —chilló el agitado diplomático.

La palidez natural del rostro de la infortunada María pasó por todos los tonos del arco iris, mientras dejaba un pequeño paquete, encima de la mesa.

El padre lo abrió con precipitación: era una carta de su hija y otra de Teodosio. Dio una rápida ojeada a sus contenidos: “Cuando esta llegue a tus manos… gran distancia… recurro a tus sentimientos… cera de abejas… esclavitud… etc., etc.” Hundió la frente entre sus manos y paseó por la habitación a grandes pasos, presagiadores de horribles tormentas, con gran alarma de la precisa María.

—Ahora, fíjese bien en lo que voy a decirle; desde hoy —dijo Brook Dingwall, parándose súbitamente ante la mesa y golpeándola con los nudillos—, desde este instante nunca permitiré, cualquiera que sean las circunstancias, a un hombre que escribe folletos entrar en otra habitación de esta casa… si no es la cocina. Daré a mi hija y a su esposo una renta anual de ciento cincuenta libras, pero jamás volveré a mirar sus rostros; y tenga presente, señora, ¡caramba!, que votaré una moción en favor de la supresión de las escuelas dedicadas a perfeccionar la educación de las jóvenes.

 

Transcurrió algún tiempo desde esta apasionada declaración. Y, en la actualidad, el señor y la señora Butler viven rústicamente en un hotelito cercano a Balls Pond, agradablemente situado en la inmediata vecindad de un campo… sembrado de ladrillos. No tienen hijos. El señor Teodosio se da un aire de mucha importancia y escribe incansablemente; pero a consecuencia de una importante combinación de su editor, ninguna de sus producciones ve la luz. Su joven esposa empieza a pensar que la miseria ideal es preferible a la desdicha real; y que un matrimonio llevado a cabo con rapidez y lamentado en muchas ocasiones, es la causa de la desgracia más importante que nunca pudo imaginar.

Después de maduras reflexiones, Cornelio Brook Dingwall se vio obligado a admitir, aunque de mala gana, que el funesto resultado de sus admirables combinaciones debía atribuirse no a las señoritas Crumpton, sino a su propia diplomacia. De todas formas, se consuela a sí mismo, como otros diplomáticos de ínfimo orden, con la idea de que si bien su plan no tuvo éxito… hubiera podido tenerlo. “Minerva House” continúa in statu quo, y las señoritas Crumpton siguen disfrutando del tranquilo y sosegado goce que produce el dirigir una institución dedicada al perfeccionamiento de la educación.

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