«El higo y el perezoso» de Alphonse Daudet (Cuento breve)

EL HIGO Y EL PEREZOSO

Alphonse Daudet

Cuento breve / Francia

Crítica literaria de El higo y el perezoso

«El Higo y el Perezoso» de Alphonse Daudet es un cuento que, con maestría narrativa, teje una historia lúdica y satírica que explora la pereza como una forma de arte elevada. La trama se desenvuelve en la exquisita ciudad de Blidah, antes de la invasión francesa, presentando a Sidi Lakdar, apodado «El perezoso», un moro que ha convertido la ociosidad en una profesión.

La narrativa está hábilmente construida con un tono sarcástico y humorístico que subraya la indulgencia de Sidi Lakdar hacia su propia pereza. La elección de Blidah como escenario, con sus perfumes de naranjas y limones, contribuye a la atmósfera voluptuosa y exquisita que rodea al protagonista. Daudet utiliza una rica paleta de imágenes sensoriales para transportar al lector al huerto de Sidi Lakdar, donde la pereza se convierte en una experiencia casi sensorial.

La introducción del joven que aspira a ser perezoso a través de la influencia de Sidi Lakdar agrega un giro ingenioso a la trama. El cuento aborda la paradoja de la pereza como una forma de arte que requiere maestría y dedicación. La decisión del padre de llevar al joven ante el perezoso para determinar si tiene «vocación» para la pereza es un elemento cómico que refuerza la sátira social y la crítica a las convenciones laborales.

La conclusión, donde el joven despierta elogios de Sidi Lakdar por su extraordinaria pereza al no esforzarse ni siquiera en comer un higo que cae cerca de su boca, ofrece un toque humorístico y surrealista. La ironía de que el joven podría ser el maestro de Sidi Lakdar destaca la inversión de roles y resalta la maestría literaria de Daudet al explorar la pereza como un fenómeno casi divino.

EL HIGO Y EL PEREZOSO

En la indolente y voluptuosa ciudad de Blidah, unos años antes de la invasión de los franceses, vivía un buen moro llamado Sidi Lakdar al que las gentes de su ciudad habían apodado El perezoso. Sepan ustedes que los moros de Argelia son los hombres más indolentes de la tierra, sobre todo los de Blidah; sin duda a causa de los perfumes de naranjas y limones de los que la ciudad está bañada. Pero, en cuestión de pereza y de indolencia, entre todos los habitantes de Blidah ni uno sólo le llegaba a la cintura a Sidi Lakdar. El digno señor había elevado su vicio a la categoría de profesión. Unos son bordadores, otros cafeteros, otros vendedores de especias, Sidi Lakdar era perezoso.

A la muerte de su padre heredó un huerto junto a las murallas de la ciudad con unos pequeños muros blancos en ruinas, una puerta cubierta de broza que no cerraba, unas higueras, algunos bananos y dos o tres manantiales que lucían entre la hierba. Era allí donde pasaba la vida, tendido a todo lo largo, silencioso, inmóvil, con la barba llena de hormigas rojas. Cuando tenía hambre, alargaba el brazo y recogía un higo o un plátano aplastado en el césped junto a él; pero si hubiera sido necesario levantarse y coger el fruto de su rama, antes se habría muerto de hambre. Por lo que, en su huerto, los higos se pudrían en el sitio y los árboles eran acribillados por los pájaros.

Aquella pereza desenfrenada había hecho a Lakdar muy popular en la comarca. Lo respetaban como a un santo. Al pasar por delante de su pequeño terreno, las damas de la ciudad que regresaban de tomar arrope en el cementerio, ponían sus mulas al paso y hablaban entre ellas en voz baja por debajo de sus blancas máscaras. Los hombres se inclinaban piadosamente y todos los días, a la salida de la escuela había sobre las paredes del huerto toda una bandada de chiquillos con chaquetas de seda rayada y gorros rojos, que venían a tratar de perturbar aquella hermosa pereza, llamaban a Lakdar por su nombre, reían, armaban gresaca y le arrojaban cáscaras de naranja.

¡Esfuerzo inútil! El perezoso no se movía. De vez en cuando se le oía gritar desde el fondo de la hierba: «¡Cuidado, cuidado… como me levante!», pero no se levantaba jamás.

Y sucedió que uno de aquellos granujas, al ir a hacerle jugarretas al perezoso fue, en cierto sentido, tocado por la gracia y atacado por un súbito gusto por la existencia horizontal, y declaró una mañana a su padre que no quería ir más a la escuela pues quería hacerse perezoso.

 

—¿Perezoso, tú? —respondió el padre, un honesto tornero de tubos de pipa, diligente como una abeja y sentado ante su torno tan pronto como cantaba el gallo— ¿Tú, perezoso?… ¡Vaya invento!

—Sí, padre, yo quiero ser perezoso… como Sidi Lakdar…

—Nada de eso, muchacho. Serás tornero como tu padre o escribano en el tribunal del cadí como tu tío Ali, pero jamás te convertiré en un perezoso… ¡Vamos! ¡rápido! ¡a la escuela, o te rompo las costillas con esta hermosa vara de cerezo silvestre nuevo!…¡Arre, borrico!

Al ver la vara el chiquillo no insistió más y fingió estar convencido; pero en lugar de ir a la escuela, entró en un bazar, se escondió tras el mostrador de un vendedor entre dos pilas de alfombras de Esmirna y permaneció allí todo el día, tumbado boca arriba, mirando los faroles moriscos, las bolsas de paño azul, los jubones de pecheras doradas que relucían al sol, y respirando el penetrante aroma de los frascos de esencia de rosa y de las chilabas de cálida lana. Así fue como a partir de entonces pasó el tiempo que debía estar en la escuela… Al cabo de unos días, no obstante, el padre  se barruntó la cosa, pero de nada le sirvió gritar, echar pestes, blasfemar contra el nombre de Alá o calentar los riñones del pilluelo con las varas de cerezo del taller, pues no consiguió nada. El chico repetía de forma obstinada: «Yo quiero ser perezoso… yo quiero ser perezoso» y siempre lo encontraban tumbado en algún rincón. Harto de disputas, y después de haber consultado con el escribano Ali, el padre adoptó una decisión:

 

—Escucha —dijo a su hijo— puesto que quieres ser perezoso a toda costa, voy a llevarte a casa de Lakdar. Te hará un examen y, si realmente tienes disposiciones para su oficio, le pediré que te acepte como aprendiz.

—Vale, estoy de acuerdo —respondió el chico.

Al día siguiente fueron los dos, perfumados de verbena y con la cabeza recién rasurada, a reunirse con el perezoso en su huerto. La puerta estaba siempre abierta. Nuestros protagonistas entraron sin llamar pero, como la hierba era alta y abundante, les costó ver al dueño del huerto. Terminaron no obstante por divisar, tumbado bajo las higueras del fondo, entre un remolino de pajarillos y plantas silvestres, un paquete de harapos amarillos que los acogió con un gruñido.

 

—Que Alá esté contigo, Sidi Lakdar —dijo el padre inclinándose y con una mano en el pecho. Te presento a mi hijo que quiere a toda costa ser perezoso. Te lo traigo para que lo examines y veas si tiene vocación. En caso afirmativo, te ruego que lo recibas en tu casa como aprendiz. Te pagaré lo que sea necesario.

Sin responder, Sidi Lakdar les hizo un gesto para que se sentaran a su lado en la hierba. El padre se sentó y el chico se tendió, lo que era ya una buena señal. Luego los tres se miraron sin hablar.

Era mediodía, ¡hacía un calor, una luz!… Todo el pequeño huerto parecía dormir. Sólo se oía el chisporroteo de las genistas reventando sus vainas al sol, los manantiales murmurando bajo la hierba y los pájaros entorpecidos que revoloteaban entre las hojas con un ruido de abanico que se abre y se cierra. De vez en cuando, un higo demasiado maduro se desprendía y caía de rama en rama. Entonces Sidi Lakdar tendía la mano y, con gesto fatigado, se llevaba el fruto a la boca. El chiquillo, por su parte, ni siquiera hacía ese esfuerzo. Los higos más hermosos caían a su lado sin que se molestara siquiera en girar la cabeza. El  maestro observaba con el rabillo del ojo aquella magnífica indolencia, pero seguía sin decir palabra.

Así pasaron una hora, dos… Como pueden imaginar el pobre tornero de tubos de pipa empezaba a encontrar la sesión un poco demasiado larga. Sin embargo, no se atrevía a decir nada y permanecía allí, inmóvil, con los ojos fijos, las piernas cruzadas, dominado él mismo por la atmósfera de pereza que flotaba en el calor del huerto junto con un impreciso olor de plátano y naranja cocidos.

De repente, he aquí que un grueso higo cae del árbol y va a aplastarse en la mejilla del chico. ¡Hermoso higo, por Alá! rosado, dulce, perfumado como un panal de miel. Para hacerlo entrar en la boca, el chiquillo sólo tenía que empujarlo con un dedo, pero estimaba que aquello era demasiado fatigoso, por lo que permanecía así, sin moverse, con el fruto perfumándole la mejilla. Al final la tentación fue demasiado fuerte; miró de reojo a su padre y lo llamó con voz quejumbrosa:

 

—Papá, papá… métemelo en la boca…

Al escuchar aquellas palabras, Sidi Lakdar, que tenía un higo en la mano, lo lanzó bien lejos y dirigiéndose al padre con ira dijo:

—¿Este es el chico que vienes a ofrecerme como aprendiz? ¡Pero si puede ser mi maestro! ¡Es él el que debe darme lecciones a mí!

Y, cayendo de rodillas con la cabeza en tierra ante el chiquillo tumbado:

—¡Yo te saludo, oh padre de la pereza!

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