«Cuento del hijo» de Pedro Emilio Coll (Cuento)

CUENTO DEL HIJO

Pedro Emilio Coll

CUENTO/VENEZUELA

En el pueblo, el caso de la negra Higinia era la comidilla de los vecinos. Primero creyó que los dolores, que le hacían lanzar tan agudos gritos, se debían a que estaba encinta. Pero, ¿cómo su flor virginal podía haberse deshojado a los sesenta años de edad, cuando ni mocita se le conoció novio alguno y sólo sonrió fraternalmente entonces, con sus dientes de coco, a los peones que la requebraban, a la sombra de los guamos de la hacienda donde nació, de padres esclavos? Y era donosa antaño, con el cesto de cogedora de café apoyado en la cintura, o cuando iba por agua a la acequia, con la tinaja sobre las duras greñas. Después, ya vieja, seguía sonriendo como antes, pero con desnudas encías de color de rosa, y con una bondad tan natural y espontánea como las tunas que crecen al margen de los barrancos y ofrecen su dulce pulpa a la sed del viajero, bajo los soles caniculares.

Era santa la negra Higinia, como es la mota de tierra y el cardo silvestre y el limpio manantial que desciende de las montañas, es decir, inconscientemente, que es como las cristalinas virtudes parecen participar mejor del misterio de la naturaleza. Sin embargo, no se salvó Higinia de la maledicencia. Pero, desechada la suposición, porque los meses pasaban y no daba a luz Higinia, se atribuyó su dolencia al mal de ojo, con que se creía la dañara un italiano bizco que vendiendo zarazas y baratijas pasó por el poblado, con su caja al hombro, inclinado hacia la tierra, como un nazareno vestido de pana y con zapatos de gruesos clavos. Se hizo venir a la curiosa, que la ensalmó con hierbas mágicas y oraciones de desembrujar; pero el dolor continuó tenaz.

Aseguraba, por su parte, don Liborio, el boticario, que se trataba de un principio de epilepsia, enfermedad que, a su entender de farmacéutico rural, recogió Higinia por única herencia de su padre, el buen negro Tadeo, que estuvo celebrando, por muchos años, en el mostrador de las pulperías, con aguardiente de caña, la abolición de la esclavitud, hasta que un día lo encontraron muerto en la bagacera del trapiche.

Es lo cierto que los lamentos de Higinia se oían hasta en la plazuela de la iglesia, encalada y humilde como las de casi todos los pueblos venezolanos, pero con algunas imágenes del tiempo de la Colonia, entre ellas un San Miguel, toscamente tallado en madera, que hería con su espada a Satanás, caído a sus pies, con el rostro de un bello arcángel adolorido.

Ya había agotado Higinia todas las pócimas y brebajes que don Liborio y los vecinos le recetaban, y desesperada se abrazaba a los horcones de su rancho de bahareque, cuando su comadre Severiana le aconsejó, como último recurso, que le hiciera una promesa a San Miguel.

No olvidaba Severiana que Higinia le había cerrado los ojos a su marido, muerto de un machetazo en una riña con Anselmo, el isleño, y acompañado al camposanto al paso de la burra, en cuyo lomo macilento se balanceaba la urna de pino. Y no era sólo Severiana quien ponderaba los milagros del arcángel, pues éstos eran famosos en todos los caseríos de los aledaños.

—Esta vela te traigo, Higinia —explicó grave y piadosamente Severiana—, para que con toda fe se la ofrezcas a San Miguel. Has de llevarla tú misma, aunque sea arrastrándote por la calle.

—Si no puedo, mujer, si no puedo, gemía la infeliz Higinia, mientras se arqueaba en su catre y se oprimía con sus encallecidas manos de manumisa el vientre torturado.

¿Cómo no has de poder? San Miguel te dará fuerzas. A poco, toda la chiquillería y todas las vecinas estaban a la puerta, en la única calle del pueblo, compadeciendo a Higinia que, apoyándose en las paredes, con el rostro demacrado, la vela en una mano y en la otra un pañuelo a grandes cuadros, con el que ahogaba sus gritos, se dirigía vacilante a la iglesia. En verdad, nunca se había fijado en la imagen de San Miguel, que estaba, como le explicó la comadre Severiana, un poco escondida cerca del altar mayor, a un lado del penumbroso presbiterio.

Ya obscurecía, y nadie miró a Higinia cuando regresaba a su rancho, después de ofrendar la vela y las plegarias, con todo el fervor de su corazón sencillo y según el consejo de la comadre.

La comadre Severiana vivía al otro lado del río, en el cerro de las Cocuizas, y la tarde siguiente a la de su promesa, el río pasó Higinia, a pie enjuto, ligera como una muchacha, entre la iluminación rojiza del sol poniente, que llaman de los araguatos.

–Severiana –díjole Higinia, balbuceante y echándole los brazos al cuello–si no fuera pecado me arrodillaría aquí mismo, como hice ayer en la iglesia. Dios sólo sabe el bien que me has hecho.

Como si con su santa mano me hubiera tocado el pobrecito San Miguel y me hubiera sanado con sólo verme, así comenzó a pasarme el dolor desde que le encendí la vela y principié a rezarle.

Ya puedo trabajar –añadió alegremente– y pilar maíz. ¡Si estoy como si tuviera veinte años!

—Pero, ¿cómo fue? Cuenta despacio, mujer, le interrumpió Severiana. Siéntate en este cajón, que estarás estropeada, hija.

—Si hasta Caracas puedo ir a pie, sin cansarme. Pero, tú, ¿dónde vas a sentarte?

—No te preocupes, que sobre esta piedra de la batea estoy como en sofá de blanco codicioso. ¡Pero, cuenta, cuenta, pues, mujer!

—Verás. Apenas principié a rezar, sentí una dormición en las tripas. Así estuve toda la noche, y hoy amanecí sana, sanita.

—¿Ya ves lo que te decía? No hay como San Miguel bendito. Y después ese zoquete de don Liborio se burla porque creemos en los milagros.

—Si tú supieras, don Liborio siempre ha sido muy bueno conmigo; él hizo cuanto pudo para curarme. Voluntad no le ha faltado.

—Pues él me dijo que tu enfermedad era por culpa de tu padre Tadeo, y patatín y patatán…

—Esas son cosas que se le ocurren a esa gente que se la pasa leyendo. A veces para distraerme, iba a mi rancho a leerme lo que dicen los papeles de Caracas; pero yo no entiendo nada.

—¡No; mira es el diablo!— balbuceó Higinia mostrando a Ruperta los carbunclos de fuego.

—¡Ave María purísima! —exclamó la muchacha, —¡Qué diablo, ni que diablo! Es el gato de don Liborio, que siempre se mete aquí a robarle la comida al cochino.

Con los gruesos labios entreabiertos, a poco Ruperta comenzó a roncar. Higinia se sentó al borde de su catre, y los ronquidos de Ruperta, que a veces tanto la molestaban, eran ahora como la única voz que la acompañaba en el mundo. Escuchándola roncar, fue aletargándose, bajo la influencia de un calmante. Sus recuerdos se evaporaban como en un sopor de opio. Y cual si descendiese por una pendiente de seda, cayó rendida sobre su almohada de paja, con las alpargatas llenas de barro, con su traje de flores moradas y con sus ásperas greñas canosas, ceñidas por el pañuelo de Madrás.

En un silencio profundo, como si todos hubieran muerto en el pueblo, sólo se oía el roncar de Ruperta y a lo lejos el canto de los gallos.

En sueños, se vio de nuevo Higinia arrodillada en el camino obscuro. De pronto divisó, a distancia, un farol del pueblo que avanzaba hacia ella, que al aproximarse tomó forma humana y caminaba como don Liborio; pero cuando estuvo cerca de ella, quedó deslumbrada por una luz extraordinaria. Y en el centro de la luz, vio maravillada Higinia a Nuestro Señor Jesucristo.

Y de los labios de Jesús, como una música divina, escuchó Higinia estas palabras:

-Apóyate en mi seno, porque desde la Eternidad escuché la oración que dirigiste al ángel que un día se reveló contra mi Padre. Sin él habría sido innecesaria mi venida al reino de los mortales. Es cierto que sin aquella rebelión, Adán no habría pecado; pero hecho de barro como era, el hombre no habría conocido la absoluta perfección, ni visto a un Dios sobre la misma tierra que pisaba. Sin el pecado original, el hombre no habría conocido mi presencia. Desde muy alto, entre relámpagos y tinieblas, hablaba mi Padre a sus criaturas. Yo quise vivir entre ellas, hablarles dulcemente al oído y agonizar como ellas. Suspendí las piedras del Decálogo, que pesaban demasiado sobre las débiles espaldas de la humanidad, y sobre la ley mosaica grabé el Sermón de la Montaña.

Bienaventurada eres, Higinia, porque eres simple de espíritu. En tu ignorancia, conoces de mi vida lo que es esencial, la fraternidad y la justicia. Perdono a los que ponen en duda mi divinidad, porque de mi poder infinito esperaban la desaparición del dolor universal. Están menos distantes de mí esas almas atormentadas que las que de mi historia sólo averiguan lo que es perecedero. La que te creyó endemoniada procedía como los que encienden hogueras inquisitoriales, en su ciega manera de adorarme. Tú has amado, como yo, el dolor, que tu ingenuidad contempló en Luzbel y no en el Arcángel a quien el dolor del vencido regocijaba. No supiste buena mujer, que el Bien pudiera ser representado con una espada tinta en sangre. Sin saberlo, a través de una tosca imagen de madera, te elevaste a un concepto más perfecto que el de la generalidad de los humanos.

Yo compartí el dolor de tus entrañas. ¿No sentiste cuando orabas al que veías sufrir, una mano que mitigaba tus penas? Fue mi mano. ¿No sentiste en el camino obscuro una suave caricia cuando, en signo de perdón, implorabas de nuevo tu dolor? Era yo que acariciaba tu negra carne virginal. La paz sea contigo.

Un inmenso resplandor llenó el rancho de Higinia, y se oyeron las campanas de Jerusalén celeste, que, en realidad, eran el amanecer del domingo y las campanas de la iglesia vecina, que llamaban a la misa de cinco.

—¡Alabado sea Nuestro Señor Jesucristo!, exclamó Higinia, con matinal alegría y evangélica unción.

Porque Higinia, que nunca logró entender las lecturas de don Liborio, el boticario, comprendía ahora, con la sabiduría de los que nada saben, las palabras de Jesucristo.

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