«El tónico» de Levannys Figueroa (Cuento)

EL TÓNICO

Levannys Figueroa

Cuento / Venezuela

Es difícil negar que me acostumbré a la fama y sus beneficios. Después de los primeros seis meses de mi opera prima en esa pequeña editorial —la que fuera el inicio de muchas—, ya era consciente de las luces de los flashes, y me gustó. Tampoco niego que, a pesar de todo, la miseria y el miedo no han podido acabar con el infinito placer de ir a las firmas y compartir con los lectores. 

Sí, aún hoy, aunque lúgubre y atormentada, soy un ícono. Pero incluso la más luminosa estrella puede caer de pronto. Siempre supe que mi extraño don me haría llegar lejos si lo explotaba de la manera correcta; al principio, era muy romántica con respecto a mi carrera de escritora, pero mientras más conocía el medio, más cuenta me daba de que todo era un negocio. Debía buscar la mejor forma de venderme.

Mi estilo e imagen se valieron de la particularidad por la cual me incliné al mundo de las letras en primer lugar: una pseudoterapia autoimpuesta. Desde muy joven desarrollé un trastorno del sueño en el cual era atormentada por pesadillas casi a diario —bueno, “era” quizá no es la conjugación adecuada, pues aún lo soy, aunque de una forma un poco más directa que en breve relataré.

Es justo dejar claro que me valgo de mi subconsciente para ganarme la vida, y que, sin él, mi musa es muy tenue; de modo que siempre escudriño maneras de excitarlo hasta que me dé justo lo que necesito: horrores oníricos que luego pueda garabatear en papel. 

Pero, algunas veces, exprimir esos horrores te deja seco en demasía, porque extraes toda la energía creativa de ti mismo sin dejar nada más. Sin darme cuenta, en poco tiempo comencé a dormir sin soñar. Tal vez se debiera a que, gracias a la fama, gozo de un horario muy ajustado, y no cuento con los mismos hábitos de mis inicios. A lo mejor, en el momento antes de mi tragedia, me sentía demasiado bien, demasiado feliz y satisfecha conmigo misma como para tener alguna otra pesadilla…

Ahora bien, lo contraproducente de todo esto es que cuando uno vive del Diablo, debe buscarlo si este se aleja. 

Con el tiempo me vi tratando de encontrar la forma de hacerme volver a esos horribles escenarios subconscientes; y lo probé todo: drogas, propiciar mi propia inestabilidad, ponerme en situaciones de riesgo físico… Nada funcionó. Me quedé por completo en blanco, vacía; necesitaba recuperarme. A veces me sentaba por horas en medio de la oscuridad y el silencio, mientras esperaba algo, cualquier cosa que me aterrorizara: una sombra, un ruido…, la musa que me diera el pie de alguna oración, y que se negaba a volver.

Fue en esa época en la que inicié una serie de vagabundos a través de las calles atestadas de la ciudad, en busca de cualquier atisbo de inspiración. Mi dinero menguaba, y también la paciencia de la editorial, que esperaba un manuscrito más pronto que tarde. La desesperación deja huellas en los corazones avariciosos —creo haberme dicho eso, consciente de que estaba a escasas lunas de perder la razón en pos de una idea—. 

Una madrugada, cerca de las cinco menos cuarto, caminé por un sector intrincado de callejones desiertos. No hubo casi nada abierto a esa hora, pero como mencioné anteriormente, yo buscaba sentir miedo. Afuera hacía un bochorno agotador que me hizo sudar en exceso, pero no importaba; todo era bueno para alimentar a mi musa. Entonces la vi. Al final del último callejón estrecho se hallaba una tienda de recuerditos.

Se veía vieja y sucia, pero estaba iluminada por lucecitas colgantes, y me pareció encantadora. No es que yo deseara descubrir nada hermoso, pero no pude evitar acercarme. El techo era una estructura decadente cubierto con trozos de tela muy gruesa que comenzaban a apestar, y dentro, sentada en un elegante mecedor de madera —que distaba mucho del resto del lugar—, una anciana tejía un par de mitones. Ella no pareció sorprenderse por mi llegada; de hecho, me dio la impresión de que me esperaba. La mujer poseía el mismo tipo de encanto que su tienda: roída, aunque con algo de luz en la superficie. Pasados unos segundos de mi llegada, ella me dijo —con voz muy dulce—:

—Sé lo que buscas, muchacha, pero no vas a encontrarlo aquí. Mejor ve por donde viniste, y deja que las cosas sigan el curso que les corresponde.

Pero una brisa casi espectral atravesó la tiendita, y eso avivó mi curiosidad. La repentina aireada levantó una cortina oscura en el fondo de la tienda, y me dejó ver algo dentro. Tuve el presentimiento de que un evento terrible estaba por suceder, y me invadió un extraño miedo de voltear a los lados —me aterraba lo que pudiera llegar a ver—. Tenía lo que había ido a buscar, y no me gustó. 

La anciana me miró con tristeza y recelo, pero no tuvo más remedio que levantar la cortina y tomar lo que había. Para sujetar el objetivo de mi fascinación sacó unos mitones muy gruesos de una gaveta destartalada y se los puso con lentitud. Resultaba evidente que no quería tocarlo. Aquella bagatela era —o es, porque aún existe— un frasco pequeño, de unos cuatro centímetros y medio de alto, de cristal transparente muy simple. La tapa es una esfera dorada de metal pesado, y su contenido, un líquido rojo brillante muy espeso.

Yo no supe lo que era en ese momento, pero su sola imagen palpitaba ante mí del mismo modo que un corazón latente, lleno de rebosante vida y posibilidades. De forma deliberada observé con fijeza a la anciana para comprobar su reacción. Ella parecía asustada, pero la tristeza que reflejaba era aún más intensa. La mujer, que de algún modo conocía ya mis ansias de poseer el frasco, lo deslizó con delicadeza ante mí, con un movimiento de un pequeño bastoncito de madera, sin tocar el objeto con sus manos.

—¿Qué es? —le pregunté, ansiosa, casi jadeante.

—Un cumplidor de deseos, por así decirlo. Es un tónico. Viene de un lugar muy caliente y lejano, y ha viajado mucho, para encontrar su… compañero, por darle algún nombre. 

—¿Y cuánto cuesta? —le increpé, ajena al recelo con el que ella miraba la botellita, que parecía vibrar antes nosotras. 

—Oh, no tiene un costo material, muchacha. Si quieres llevártelo, es tuyo, pero debes entender una cosa: si te lo llevas, no podrás venderlo, regalarlo, devolverlo… Ni siquiera romperlo. Él te pertenecerá de la misma forma en que tú a él, y nadie podrá hacer nada al respecto. 

Y eso era lo que más deseaba. Es difícil de explicar, pero con el tiempo, llegué a la conclusión de que, de alguna forma, el frasco me eligió. Podría llegar a parecer inverosímil, pero era solo el principio de lo que es capaz de hacer ese objeto. Una vez que pude bloquear cada centímetro de sentido común que albergaba mi cuerpo, le pregunté a la anciana cómo funcionaba el tónico:

—Es terriblemente fácil, me temo: solo tienes que visualizar con mucha claridad qué es lo que quieres; pero debe ser algo que de verdad desees, algo sin lo que no creas poder vivir, o no funcionará. Una vez que establezcas esa imagen, ingiere tres gotas del tónico, y él hará efecto. Después de conceder tu petición debes pagar la deuda, por supuesto. 

—Pensé que había dicho que el frasco no poseía valor monetario —le espeté.

—No es a mí a quien le deberás pagar, niña, sino a él.

Cualquiera en mi lugar hubiese huido, se hubiese ido a casa. Yo logré lo que esperaba: me sentía asustada y llena de curiosidad, pero claro, siempre quería más. La anciana me observaba con aquella mirada lánguida y triste, pero el objeto se apoderó de mí como nada lo había hasta entonces. Yo deseaba tenerlo, sostenerlo entre mis manos, sentir su tacto inusual y cálido… Desde ese día me perdí dentro de mi megalomanía y codicia. 

Atravesé las calles con el frasco en mis manos, mientras una fina capa de sudor muy frío recorría mi espalda. Jamás hasta ese momento me hallé tan asustada, ni siquiera al despertar de una pesadilla. Pero aquel miedo irracional no me impidió seguir mi camino; me movía igual que un autómata: solo daba un paso después del otro, y así sucesivamente, hasta llegar a mi hogar. 

Como de costumbre, en casa no había nadie que me esperara. La fama te otorga admiradores, pero no compra amigos verdaderos, y eso lo aprendí muy pronto. Mi amigo más cercano era Barker, mi editor. Ese hombre, que guio mis pasos durante todos mis años en el mundo literario, se había plantado en mi vida al igual que el símil de un padre subtitulo. Yo le tenía afecto, y él a mí, pero no era un sujeto asiduo a relevar sus más profundos sentimientos. 

La noche en la que llegué a casa me sentí ebria; me invadió una extraña sensación de poder, una electricidad que hacía bailar todos mis nervios. ¿Cómo podía la anciana asegurar que iba a arrepentirme de mi adquisición? Me senté en mi mesa favorita, frente al ventanal que daba al jardín de los lirios, e inhalé la brisa fría que azotaba aquella parte de la ciudad —a diferencia de los recovecos más pobres—. Inmediatamente después, destapé el frasco. 

Su olor era una mezcla entre azufre y almizcle, y me hizo picar la nariz. De pronto, toda la casa quedó impregnada por el tufo, y una nube roja apareció e inundó todo el lugar. Caí en un estado de trance que se volvió cada vez más y más denso, y enmudeció mis movimientos conscientes e hizo emerger algo más primitivo. La anciana dijo que debía tener muy claro mi deseo, pero en ese momento no necesité imaginar nada: lo estaba viviendo; el miedo era palpable, y por extraño que parezca, eso hizo crecer mi emoción. Observé a una yo muy radiante tras escribir centenares de libros exitosos. Contaba con la admiración de Barker y otros miles de personas. 

Una vez que me sentí envuelta por algo que no imaginé, sino que se presentó frente a mí con el aspecto de un espejo tornasolado, bebí del tónico, el cual resultó aún más caliente al contacto con mi lengua. Lo que sucedió después fue que, de alguna forma, atravesé esa imagen que tenía delante de mí; franqueé mi propio subconsciente. 

Me sabía en dos lugares al mismo tiempo: en casa, frente a mi laptop, mientras escribía con desenfreno, y en la editorial, recibiendo elogios por un trabajo muy bien hecho. La más célebre y extraña de las bilocaciones. Mi reciente novela era casi un ensayo sobre la decadencia moral del siglo XXI, y los críticos parecieron bastante más que impresionados por lo que llamaron “la nueva era de la razón”. Era mi sueño cumplido, o algo similar. 

A la mañana siguiente me despertó Barker. El hombre estaba lívido de la impresión mientras me zarandeaba de un lado al otro, y me preguntaba si me encontraba bien. Utilizaba palabras como “en extremo lánguida” y “famélica”. Yo no sabía de qué diantres hablaba mi amigo, pues me sentía de maravilla. Según lo que me contó, tuvo que pedirle la llave de mi casa a Betsy, la arrendadora, pues yo no abría la puerta por más que él y otro grupo de personas llamaban. 

—¡Estoy bien! ¡Muy bien, amigo mío! —le dije—. Quizá haya resuelto mi bloqueo y tenga un manuscrito listo para la semana entrante… 

—¡Laorel! —me gritó—. En el momento en el que llegué, estabas boca abajo en el suelo de la salita, temblando de pies a cabeza. ¿Qué fue lo que ingeriste esta vez? ¿Debo llevarte al hospital? Te aseguro que la editorial no soportará un escándalo de esta magnitud. 

Barker era un hombre de carácter afable, y su forma de decirme aquello llamó mi atención. Era verdad que estaba temblando, y me veía un poco más pálida, además de que, al parecer, sin darme cuenta había perdido dos kilos. El ritmo de vida de alguien que busca la inspiración me pasaba factura, pero yo no lo había notado siquiera. 

—Bark, está bien. Te prometo que me cuidaré, pero debes ver esto. ¡Creo que será un superventas!

Lo llevé hasta la mesa de mi computadora, donde había dejado mi maravillosa historia. Pero al observarla con detenimiento, Barker solo pareció mucho más horrorizado que antes. Ahora era él el que temblaba. Sus manos trémulas se posaron en mis hombres, y con un gesto de la cabeza, me pidió que mirara lo que yo misma le había pedido leer. En el archivo en el que yo creía haber iniciado el nuevo gran libro de la década, solo había hileras e hileras de un texto incomprensible. 

Caí en una silla mullida, mientras tiritaba aún más que antes. El castañeo de mis dientes me hacía doler la mandíbula, y el temblor me adormecía el cuerpo. Barker se arrodilló frente a mí al verme tan descompuesta, y me acarició la cabeza con sus manos frías. Yo pude haberme visto desquiciada, pero él se notaba mucho más miserable. Aturdido, me miró y dijo:

—Devolveremos el contrato con la editorial, y el adelanto también. Deben saber que no te encuentras en estado de escribir ni siquiera tu propio nombre. Descansa esta noche. Mañana iremos ambos y hablaremos con los directivos. Yo te poyaré en lo que necesites. 

No lo merecía, estaba segura. Él era la máxima representación de la benevolencia, y yo: apenas un trozo de persona. Lo escuché cerrar la puerta tras de sí, y me dirigí directamente al gran ventanal, donde la noche anterior había dejado el frasco rojo. Ahora parecía mucho más vivo, más palpitante… Era consciente de haberlo hecho todo bien. ¿Por qué no funcionó?

Exaltada, me puse un abrigo sobre los hombros y salí como alma que lleva el diablo hacia los barrios pobres. Necesitaba encontrar a la anciana y preguntarle por qué mi deseo no se había cumplido. Cuando llegué, la tienda estaba cerrada, pero pude hallar a la vieja sentada en la parte posterior, mientras tejía un atrapasueños color turquesa. 

—No te esperaba tan pronto, muchacha —dijo ella en forma severa—. Supongo que nada salió como lo planeabas, ¿eh?

—No. Yo… Mi deseo no se cumplió. 

—Muy bien, ¿y qué fue lo que deseaste? Porque, por tu aspecto, veo que ya ha empezado a cobrar tu deuda. 

—No, no sucedió nada. Yo le pedí inspiración; volver a tener pesadillas para escribir nuevas historias. Anoche creí haber escrito una gran novela, pero resultó ser solo una pila de garabatos inservibles. 

—Ay, pequeña escoria avariciosa —dijo la anciana con desprecio—; ¿viste algo anoche?, mientras escribías, quiero decir, ¿viste algo?

Su tono, que el día anterior había sido triste y desolado, se convirtió en una máscara macabra y colmada de odio. Pero sus palabras me hicieron recordar las imágenes de la noche en la que me llevé el tónico: aquellas donde era una celebridad de la literatura, elogiada por miles. Comprendí que, de alguna manera, el frasco me dio lo que le pedí, aunque de una forma retorcida. 

—Creí que una mujer de cultura como tú lo entendería bien —espetó la mujer—. Funciona igual que el genio de una botella. Debes tener cuidado con lo que pides; sé lo más específica posible. 

—Pero es que yo no logré pedir nada. Una vez que destapé el frasco, la imagen se presentó sola. 

—No necesitas emitir sonido para pedir; ni siquiera pensar. El deseo ya estaba en tu subconsciente de forma indeleble. Si una petición es así de fuerte, solo es necesario sentir. A la mayoría le cuesta demasiado tiempo llevarlo a cabo, pero tú… en una sola noche conseguiste lo que buscabas. Te aconsejaría que no lo uses más, puesto que ya tienes muy mal aspecto, pero ni siquiera la droga más antigua es tan poderosa. Estoy segura de que ya lo descubriste. Acabará contigo en semanas, aunque tu propia avaricia lo hubiese hecho de cualquier forma… 

No pude escucharla más. Su discurso se convirtió de a poco en un grito mientras me alejaba lo más rápido que podía. La noche en la que la conocí pude sentir el gran poder del contenido de aquel frasco, y me invadió como una ola. Sin dejar cabida a la duda, yo sabía que estaba mal, que aquella era mi puerta privada al infierno, pero desde el mismo momento en que lo vi, no pude pensar en cualquier otra cosa. 

Ya en casa decidí que, si no iba a ser capaz de transferir la posesión de mi frasco a nadie más y por ningún medio, iba a ocultarlo para siempre. Lo envolví en una manta y lo guardé en una caja bajo mi cama. Después de eso, descubrí que contaba con la suficiente inspiración para trabajar por algunos meses. Me senté de nuevo frente al ventanal, y comencé a escribir. De alguna manera me sentí mucho más tranquila, y mi escritura era fluida y motivada. 

No sé en qué momento me quedé dormida, pero comencé a soñar de nuevo. En mi sueño, Barker se desparramaba frente a un autobús en una cuadra cercana a mi casa, y no sobrevivió al impacto. El pobre hombre quedó esparcido tan largo como era, y con un rictus de horror; el conductor le cerró los ojos que aún lo miraban.

Me levanté de un sobresalto que me evitó desde hacía meses. Mis pesadillas habían vuelto. Estaba rebosante de felicidad por haberlas recuperado, aunque me encontraba un poco exangüe. Minutos después di saltos frente a la computadora, y me aseguré de que esta vez sí había escrito algo no solo comprensible, sino, además, de muy buen gusto. Como no podía esperar más, llamé a Barker con premura, pero no respondió. Desesperada por contar mi noticia, llamé esta vez a la editorial, y, un minuto entero más tarde, me respondió una recepcionista con voz apagada: 

—Señorita Laorel, los directivos se han encargado de arreglar los servicios fúnebres. Lamento mucho lo sucedido. Me informan que dentro de media hora alguien va a recogerla para llevarla al funeral. 

—¡Amanda, Amanda! Espera, ¿quieres? ¿De qué estás hablando? ¿El funeral de quién?

La recepcionista dudó unos segundos, pero después me pidió que esperara mientras se comunicaba con uno de los directivos de la editorial. Comenzaba a ponerme realmente tensa en el instante en el que Mario Alcázar, el segundo gerente, me habló en un sincero tono de disculpa:

—De verdad lo siento, señorita Medina. Sé lo unidos que eran usted y el señor Barker. Yo en persona iré a buscarla para llevarla al servicio funerario. 

Nadie me dijo con exactitud lo que pasó. Nadie supo más que darme sus sinceras condolencias. Ninguna persona me habló siquiera de qué le había sucedido a Barker, ni quién lo encontró; pero de alguna forma yo lo sabía; mi editor había muerto del mismo modo en el que yo lo había soñado. Era una verdadera pesadilla, de esas en las que te levantas con alaridos que desgarran tu garganta y lágrimas en los ojos, esas en las que, al despertar, corres a la cama de tus padres y les pides dormir con ellos. Yo no tenía padres, solo a Barker. 

No esperé a que Alcázar fuera por mí, ni fui al funeral. Me esfumé como una exhalación, y llevé el frasco conmigo. Al encontrarme tan alterada no lo noté, pero estaba mucho más caliente y rojo que antes. Mi intención era ir a la tienda de la anciana y pedir algún tipo de explicación. Sabía que pedirle una abolición del “contrato” que me unía al tónico era una pérdida de tiempo, pero al menos, esperaba respuestas. 

—Ya veo —dijo ella, de nuevo con esa expresión lánguida en el rostro—. Pobre hombre. El tónico está… programado para cumplir tus deseos. Tú, en tu apetencia de notoriedad, de manera inconsciente pides a gritos obtener el medio para alcanzarla; en tu caso, sueños oscuros. ¿Y qué podría ser más útil para lograrlo que arrebatarte a la única persona con la que en realidad cuentas? Es una jugada inteligente, si me lo preguntas: sabiéndote la culpable de la muerte de un amigo, no creo que vuelvan a escasear tus pesadillas. 

—Pero ¡¿cómo puede un tónico causar algo semejante?! Se supone que es una especie de alucinógeno, no un… —No pude seguir. Comencé a llorar de la misma forma en la que lo había hecho cuando, siendo muy niña, murieron mis padres. Jamás me sentí tan sola. 

—Cuando te lo entregué te expliqué que era un cumplidor de deseos. Lo que hay dentro de ese frasco no es un tónico cualquiera, como ya has notado. Alberga algo mucho más especial; quién sabe lo que realmente es, pero allí dentro habita algo vivo; algo que se alimenta de la energía de los soñadores y buscadores de inspiración, como tú: una persona poco conforme que busca en lo sobrenatural más poder, más inteligencia, ¡más! Ahora tu amigo está muerto, y no hay nada que puedas hacer para remediarlo. 

—¿Hay algo que pueda hacer para que no dañe a otros? —pregunté, mientras sostenía el nudo que bloqueaba mi garganta. 

—¡Ah! ¿Es que existe alguien más que te importe?

En realidad, además de Barker, yo no tenía a nadie, pero pensé en las buenas personas de la editorial, y en lo poco que se merecían aquel destino. La anciana me miró un momento, y luego suspiró, al comprender mi congoja.

—Mi niña —dijo, ahora con un aire resignado y maternal—, la única forma de detenerlo es dejar que te consuma por completo. Una vez que te destruya volverá aquí, donde ha estado siempre, donde lo he tenido yo, y donde lo tuvo mi madre y la madre de esta; donde espero, esta vez, ser capaz de guardarlo de personas ambiciosas. Yo te acompañaré, si quieres. 

De camino a casa la anciana me contó cómo su familia había guardado el tónico por generaciones, después de que apareciera en su tienda de forma misteriosa. Me dijo que, una vez cada década, llegaba alguien ansioso por poseer algo: dinero, poder, un amante…, cualquier cosa que el tónico pudiese conceder, y que todas las historias terminaban siempre iguales. Todas aquellas personas murieron en formas insospechadas después de obtener su deseo, y perdieron todo lo que sí tenían en su intento por alcanzarlo, para que luego, el frasco regresara a la tienda, al mismo rincón donde había escogido alojarse. 

—Desde que administro la tienda de mi familia he tenido una pesadilla cada noche, al igual que tú las has tenido durante toda tu vida. Sin embargo, yo no puedo pedir deseos; soy inmune a ese lado de su magia. Solo existo para guardarlo, y en la hora de mi muerte, será el turno de mi hija… Ahora, niña, párate en el medio, allí, y sostén el tónico. 

Hice lo que me dijo. A esas alturas ya no me quedaban fuerzas, ni físicas ni mentales. Todas mis estructuras se rompieron a causa de un deseo muy simple: obtener algo de inspiración. Quizá esa musa pudo haber llegado a mí si la hubiese dejado tomar un tiempo para vacacionar. Tal vez me hubiese encontrado en la tina, mientras pensaba en el aroma de los lirios del jardín. Pero ya era muy tarde para eso. 

Me paré en medio de la salita con el tónico en las manos, mientras pensaba todo aquello, y sentí cómo la magia actuaba en función de mi nuevo deseo. Yo no contaba con la energía suficiente, y mi vida se iba de hito en hito. El tónico necesitaba alimentarse con energía, y a mí no me quedaba nada que darle, así que mi deseo quedó incompleto. Aun así, sin fuerzas, pude notar cómo mi ser se acababa con rapidez igual que una pila de carne que se hace motas de polvo. 

Me volví cada vez más ligera, más traslúcida, y pude oler un tenue aroma a lirios. Mi último pensamiento humano se quedó con Barker, y su forma tan particular de protegerme de mí misma y de mis deseos, aunque no pudo ser capaz de luchar contra el último. La humildad jamás había estado de mi lado, ni yo la buscaría. Solo sentí una profunda pena por mi amigo. 

Cuando todo terminó me supe aún consiente, en alguna parte de un cuerpo que aún era el mío, pero mucho más anciano. Los espejos no son muy justos con la arrogancia, y al ver lo que ahora era, me invadió la terrible verdad: el tónico se llevó muchos años de mi vida, y me otorgó la apariencia física que debía posee mi corazón. Una suerte de Dorian Grey. Ahora solo los fantasmas de viejas glorias me brindan elogios; ellos, y una sombra oscura que se posa en mi cama cada noche. Quizá sea la muerte, pero no creo tener tanta suerte. 

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