«El señor Re-sostenido y la señorita Mi-bemol» de Julio Verne (Cuento)

EL SEÑOR RE-SOSTENIDO Y LA SEÑORITA MI-BEMOL

Julio Verne

CUENTO / FRANCIA

Capítulo I

Éramos unos treinta niños en la escuela de Kalfermatt, unos veinte chicos de entre seis y doce años, y unas diez niñas de entre cuatro y nueve años. Si tenéis el deseo de averiguar en qué sitio se encuentra exactamente este pueblo, os diré que, según mi Geografía (página 47), se halla en uno de los cantones católicos de Suiza, no lejos del lago de Constanza, al pie de las montañas del Appenzell.

 

—¡Eh, eh! ¡El de allá abajo, José Muller!

 

—¡Señor Valrugis! —respondí yo.

 

—¿Qué es lo que está usted escribiendo mientras explicamos la lección de Historia?

 

—Estoy tomando notas, señor.

 

—Bien.

 

La verdad es que yo estaba dibujando un hombre, mientras el maestro nos refería por milésima vez la historia de Guillermo Tell y del perverso Gessler; nadie la sabía como él. El único punto que le quedaba por elucidar era el relativo a la clase, reineta o camuesa, a la que pertenecía la manzana histórica que el héroe de Helvecia había colocado sobre la cabeza de su hijo, manzana tan discutida como la que nuestra madre Eva cogió del árbol de la ciencia del bien y del mal.

 

El pueblo de Kalfermatt se halla agradablemente situado en el fondo de una de esas depresiones que llaman van, abierta en el lado de la montaña al que no llegan los rayos del sol en el verano. La escuela, sombreada por espesas frondas, en la extremidad del pueblo, no tiene el desagradable aspecto de una oficina de instrucción primaria, sino que es, por el contrario, de alegre aspecto, bien situada, con un amplio patio, un cobertizo para los días de lluvia y un pequeño campanario, en el cual canta la campana como un pájaro en las ramas.

 

El señor Valrugis es quien se halla al frente de la escuela, a medias con su hermana Lisbeth, una viejecita más severa que él. Con los dos hay bastante para la enseñanza: lectura, escritura, cálculo, geografía, historia —historia y geografía de Suiza, por supuesto—. Tenemos clase todos los días, excepto los jueves y los domingos. Entramos a las ocho, cada uno con su cestito y los libros sujetos con una correa. En el cestito llevamos la comida del mediodía: pan, carne, queso, fruta y un pequeño frasquito de vino aguado. En los libros hay lo bastante para instruirse: cuentas, problemas, dictados. A las cuatro regresamos a casa, con el cestito vacío hasta la última miga.

 

—¡Señorita Betty Clére…!

 

—¿Señor Valrugis? —respondió la niña.

 

—Parece que no presta usted mucha atención a lo que estamos diciendo; ¿tendrá usted la bondad de decirnos hasta dónde llegamos?

 

—Al instante —dijo Betty balbuciente— en que Guillermo se niega a saludar al gorro…

 

—¡Error…! ¡Ya no estamos en el gorro, sino en la manzana, de cualquier clase que sea…!

 

La señorita Betty Clére, confusa y avergonzada, bajó los ojos, no sin antes haberme dirigido aquella tierna mirada que tanto me agradaba.

 

—Indudablemente —prosiguió, con un poco de ironía, el señor Valrugis—, si esta historia se cantase en lugar de ser recitada, experimentaría usted más placer por ella, dado el gusto que usted siente por las canciones…, ¡pero jamás se atreverá un músico a poner música a semejante asunto!

 

¿Tendría tal vez razón nuestro maestro de escuela? ¿Qué compositor habría de tener la pretensión de hacer vibrar tales cuerdas…? Y, sin embargo, ¿quién sabe si algún día, en un porvenir más o menos remoto…?

 

Pero el señor Valrugis continuó su explicación. Grandes y pequeños éramos todo oídos. Habríase oído silbar la flecha de Guillermo Tell a través de la clase…, por centésima vez desde las últimas vacaciones.

 

Capítulo II

 

Es cierto que el señor Valrugis no asigna al arte de la música más que un rango muy inferior. ¿Tiene razón…? Éramos nosotros demasiado jóvenes entonces para poder tener una opinión a este respecto. Figuraos, yo estoy entre los mayores y todavía no he llegado a los diez años. Muchos de nosotros, sin embargo, gustábamos de las canciones del país, de los viejos Heder de las veladas, y también de los himnos de las grandes fiestas y los salmos del antifonario cuando les acompaña el órgano de la iglesia de Kalfermatt. Entonces las vidrieras vibran, los niños lanzan sus voces de falsete, los incensarios se balancean, y parece como que los versículos, los motetes y los reponsos se alzan y vuelan en medio de vapores perfumados…

 

Yo no quiero alabarme, porque eso no está bien, y aun cuando yo hubiese sido uno de los primeros de la clase, no me toca a mí decirlo. Ahora, si me preguntáis por qué yo, José Muller hijo de Guillermo Muller y de Margarita Has, y en la actualidad, después de haber sucedido a mi padre, maestro de postas en Kalfermatt, se me había apodado re sostenido, y por qué Betty Clére, hija de Juan Clére y de Jenny Rose, tabernero en dicho pueblo, llevaba el sobrenombre de mi bemol, os contestaré: paciencia, muy pronto lo sabréis. No queráis andar más de prisa de lo que conviene, queridos niños. Lo que es cierto es que nuestras dos voces casaban admirablemente, en espera, sin duda, de que nosotros mismos nos hubiéramos casado el uno con la otra. Y ahora tengo ya una respetable edad, y al escribir esta historia sé, hijos míos, muchas más cosas de las que entonces sabía, hasta de música.

 

¡Sí! ¡El señor re sostenido se casó con la señorita mi bemol, y somos muy felices, y nuestros negocios han prosperado mucho, gracias a nuestro trabajo y a nuestra conducta…! Si un maestro de postas no sabe conducirse, ¿quién lo sabría…?

 

Hace, pues, cuarenta años nosotros cantábamos en la iglesia, porque debo deciros que las niñas cantaban, lo mismo que los niños, en la iglesia de Kalfermatt, sin que semejante costumbre llamase en manera alguna la atención. ¿Quién se ha inquietado nunca por averiguar el sexo al que pertenecen los serafines que han bajado del cielo?

 

Capítulo III

 

El coro de cantores de nuestro pueblo gozaba de gran reputación, gracias a su director, el organista Eglisak. ¡Qué maestro de solfeo y qué habilidad ponía en hacernos vocalizar! ¡De qué modo nos enseñaba el compás, el valor de las notas, la tonalidad, la modalidad, la composición de la escala! ¡Muy inteligente, muy inteligente era el digno Eglisak! Decíase que era un músico con talento, un contrapuntista sin rival, y que había hecho una fuga extraordinaria, una fuga en cuatro partes.

 

Como nosotros no sabíamos gran cosa acerca del particular, hubimos de preguntárselo un día.

 

—¿Una fuga? —respondió alzando la cabeza.

 

—¿Es un trozo de música? —dije yo.

 

—De música trascendente, hijo mío.

 

—Quisiéramos escucharla —saltó un italianito llamado Farina; dotado de una hermosa voz de contralto, y que subía…, subía… hasta el cielo.

 

—Sí —añadió un alemán, Alberto Hoct, cuya voz, en cambio, bajaba…, bajaba… hasta el fondo de la tierra.

 

—¡Vamos, señor Eglisak! —repitieron los otros chicos y chicas.

 

—No, hijos míos. Vosotros no conoceréis mi fuga hasta que esté terminada…

 

—¿Y cuándo lo estará? —pregunté yo.

 

—Nunca.

 

Nosotros nos miramos unos a otros y él se sonrió con su punta de ironía.

 

—Una fuga jamás se halla acabada —nos dijo—; pueden siempre añadirse partes nuevas.

 

Nosotros, pues, no habíamos escuchado la famosa fuga del profesor Eglisak; pero, en cambio, había puesto para nosotros música al himno a San Juan Bautista; vosotros ya sabéis que de este salmo en verso, Guido de Arezzo tomó las primeras sílabas para designar las notas de la escala:

 

 

 

Ut gueant laxis

Resonare fibris

Mira gestorum

Famuli tuorum

Solve polluti

Labii reatum

Sancte Joannes.

 

 

 

El Si no existía en la época de Guido de Arezzo; fue en 1026 cuando un tal Guido completó la gama con la adición de la nota sensible, y, a mi juicio, hizo bien.

 

En realidad, cuando nosotros cantábamos ese salmo, hubiera acudido la gente de lejos sólo para escucharnos. En cuanto al significado que tenían aquellas extrañas palabras, nadie lo sabía en la escuela, ni siquiera el señor Valrugis. Creíase que era latín, pero no estábamos muy seguros, y, sin embargo, parece que ese salmo será cantado en el día del Juicio final, y es probable que el Espíritu Santo, que habla todas las lenguas, lo traducirá al lenguaje edénico.

 

No por eso, sin embargo, dejaba de ser cierto que el señor Eglisak pasaba por ser un gran compositor; por desgracia, estaba aquejado de una enfermedad muy lamentable, y que tendía a aumentar progresivamente. Con la edad, su oído iba haciéndose duro; nosotros lo advertíamos perfectamente, pero él no quería reconocerlo. Por lo demás, y con objeto de no apenarle, gritábamos al dirigirle la palabra, y nuestros falsetes conseguían hacer vibrar su tímpano. Pero no se hallaba lejana la hora en que había de quedarse completamente sordo.

 

Sucedió esto en domingo, a la hora de las vísperas; acababa de terminarse el último salmo de Completas, y Eglisak continuaba en el órgano, abandonándose a los caprichos de su imaginación; tocaba y tocaba, sin que aquello llevara trazas de terminarse nunca, y nadie quería marcharse, ante el temor de apenarle. Pero he aquí que el entonador, cansado ya, se detiene; le falta al órgano la respiración…, Eglisak no se ha dado cuenta; los acordes, los arpegios fluyen de sus dedos; ni un solo sonido se escapa y, sin embargo, él, en su alma de artista, continúa oyendo… Todo el mundo comprende que acaba de ocurrirle una desgracia y nadie se atreve a llamarle la atención, a pesar de que el entonador ha bajado por la estrecha escalera de la tribuna…

 

Eglisak no cesa de tocar. Y toda la tarde siguió tocando, y toda la noche también, y todavía a la mañana siguiente sus dedos paseaban sobre el mudo teclado… Fue preciso sacarle de allí… El pobre hombre al fin se dio cuenta de lo que le sucedía: estaba sordo. Pero eso no le impediría terminar su fuga. No podría oírla, eso es todo.

 

Desde aquel día, los grandes órganos ya no resonaron más en la iglesia de Kalfermatt.

 

Capítulo IV

 

Transcurrieron seis meses. Llegó noviembre, sumamente frío. Un manto blanco cubrió la montaña e invadió las calles. Llegábamos a la escuela con la nariz encarnada y las mejillas amoratadas. Yo aguardaba a Betty al volver de la plaza. ¡Qué graciosa estaba con la capellina!

 

—¿Eres tú, José? —decía.

 

—Soy yo, Betty; el frío corta esta mañana; arrópate bien; abróchate la pelliza.

 

—Sí, José. ¿Y si diéramos una carrerita?

 

—Bueno. Dame tus libros, yo te los llevaré. Ten cuidado no te constipes; sería una lástima que fueras a perder tu hermosa voz.

 

—¡Y tú la tuya, José!

 

Sí que habría sido una lástima, en efecto. Y después de habernos soplado los dedos, marchábamos a todo correr para entrar en calor. Por fortuna, la escuela estaba calentita. La estufa daba lumbre; no se escatimaba la leña, de la que había bastante abundancia en el monte y el viento se encargaba de derribarla, no quedando más que el trabajo de recogerla. El señor Valrugis permanecía en su silla con el gorro encasquetado hasta los ojos, y nos contaba la historia de Guillermo Tell. Pensaba yo entonces que si Gesller no poseía más que un gorro, debía haberse acatarrado, ya que su gorro figuraba en la punta del palo, si es que aquellas cosas habían ocurrido en el invierno.

 

Y entonces se trabajaba bien: la lectura, la escritura, el cálculo, la recitación, el dictado, y el maestro estaba satisfecho. La música, no obstante, holgaba; no se había encontrado ninguna persona capaz de reemplazar al viejo Eglisak. Seguramente, olvidaríamos todo lo que habíamos aprendido. ¿Qué probabilidades había de que viniese un nuevo director a Kalfermatt? El órgano también comenzaba a necesitar reparaciones.

 

El señor cura no ocultaba su disgusto. ¡Cómo desentonaba el pobre señor, ahora que no le acompañaba el órgano, sobre todo en el prefacio de la misa! El tono iba bajando gradualmente, y cuando llegaba a supplici confessione dicentes, nadie podía discernir las notas. Algunos se sonreían, pero a mí me daba mucha pena y a Betty también.

 

El día de Todos Santos no había habido ninguna música bonita, ¡y la Navidad que se aproximaba con sus Gloria, sus Adeste fideles y sus Exultet…!

 

El señor cura había tratado de ensayar un medio; el de reemplazar el órgano por un serpentón. Con el serpentón, por lo menos, no desentonaría. La dificultad no estaba en procurarse aquel instrumento antediluviano. Había uno colgado en la pared de la sacristía, y que estaba durmiendo allí desde hacía muchos años. Mas ¿dónde encontrar el serpentista? En realidad, tal vez podría utilizarse el entonador del órgano, entonces sin ocupación.

 

—¿Tú sabes entonar? —le dijo un día el señor cura.

 

—Sí —respondió aquel valiente—, con el fuelle, pero no con mi boca.

 

—¿Qué importa? Haz un ensayo para ver…

 

—Ensayaré.

 

Y ensayó, sopló en el serpentón, pero el sonido que de él salió fue verdaderamente abominable. ¿Procedía aquello de él o procedía de la bestia de madera? Cuestión insoluble. Hubo, por consiguiente, que renunciar a ello, y lo probable era que la próxima Navidad fuera tan triste como había sido la fiesta de Todos Santos. Porque si faltaba el órgano, por faltar Eglisak, tampoco funcionarían los cantores, pues no teníamos quien nos diera lecciones, ni quien llevara el compás; por esto los kalfermattianos estaban verdaderamente desolados, cuando una tarde el pueblo se alzó en revolución.

 

Estábamos a 15 de diciembre. Hacía un frío seco, uno de esos fríos que las brisas llevan a lo lejos. Una voz en la cumbre de la montaña habría llegado hasta el pueblo, y un pistoletazo disparado en Kalfermatt se hubiera oído en Reischarden, y entre ambos hay una legua larga.

 

Era un sábado, y yo había ido a cenar a casa del señor Clére. Al día siguiente no había escuela. Cuando se ha trabajado durante toda la semana, ¿no es perfectamente lícito descansar el domingo? El propio Guillermo Tell tiene el derecho de reposar, porque debe hallarse fatigado tras ocho días pasados sobre el banquillo del señor Valrugis.

 

La casa del posadero estaba situada en la plazuela, en el rincón de la izquierda, casi enfrente de la iglesia, cuya veleta se oía girar al extremo de su puntiagudo campanario. Había una media docena de clientes en casa de los Clére, y se había convenido que Betty y yo cantásemos aquella tarde un lindo nocturno de Salviati.

 

Se había terminado la cena y retirado el servicio, se alinearon las sillas e íbamos a comenzar, cuando un sonido lejano llegó a nuestros oídos.

 

—¿Qué es eso? —dijo uno.

 

—Diríase que viene de la iglesia —respondió otro.

 

—¡Pero si es el órgano…!

 

—¡Cómo! ¿Iba a tocar solo el órgano?

 

Los sonidos, sin embargo, continuaban propagándose con toda claridad; tan pronto crescendo como diminuendo se hinchaban de vez en cuando como si hubiesen salido de la gran bombarda del instrumento.

 

Abriose la puerta de la posada, a pesar del frío. La vieja iglesia estaba sombría, sin que ningún resplandor pasase a través de las vidrieras de la nave. Era el viento, indudablemente, el que se deslizaba por algún agujero del techo o de las paredes. Nos habíamos equivocado, e íbamos a reanudar nuestra velada cuando el fenómeno se reprodujo, con tal intensidad que no era posible el error.

 

—¡Pero están tocando en la iglesia! —exclamó Juan Clére.

 

—Es el diablo, seguramente —dijo Jenny.

 

—¿Acaso el diablo sabe tocar el órgano? —replicó el posadero.

 

—¿Y por qué no? —pensaba yo.

 

Betty me cogió de la mano.

 

¿El diablo? —dijo.

 

A todo esto, las puertas que daban a la plaza fueron abriéndose poco a poco, y algunas personas se asomaban a las ventanas preguntando lo que ocurría. Alguien que estaba en la posada dijo:

 

—Habrá encontrado el señor cura un organista y le habrá mandado venir.

 

¿Cómo era que no se nos había ocurrido esta explicación tan sencilla…?

 

Precisamente, en este momento apareció el propio señor cura en el umbral de la casa rectoral.

 

—¿Qué pasa? —preguntó.

 

—Están tocando el órgano, señor cura —le dijo el posadero.

 

—¡Bueno! Será Eglisak que habrá vuelto a ponerse al teclado.

 

El ser sordo no impide, en efecto, el dejar correr los dedos sobre las teclas, y era posible que el anciano maestro hubiese tenido el capricho de subir a la tribuna con el entonador. Era menester verlo; pero el pórtico estaba cerrado.

 

—José —me dijo el señor cura , ve a ver a casa de Eglisak.

 

Eché a correr hacia allí llevando de la mano a Betty, que no había querido separarse de mí.

 

Cinco minutos después estábamos de regreso.

 

—¿Y bien? —me preguntó el señor cura.

 

El maestro está en su casa contesté, falto de aliento.

 

Era, efectivamente, cierto; su sirvienta me había asegurado que estaba durmiendo en su cama, como un lirón, y que toda la trompetería del órgano no hubiera podido despertarle.

 

—Entonces, ¿quién es el que está allí? —murmuró la señora Clére, algo intranquila.

 

—Ahora lo veremos —dijo el señor cura abrochándose el abrigo.

 

El órgano continuaba dejándose oír. Era como una tempestad de sonidos lo que de él brotaba. La plaza estaba como barrida por un huracán de música. Hubiérase dicho que la iglesia no era más que un inmenso tubo de órgano.

 

Ya dije que el pórtico estaba cerrado, pero al dar la vuelta se vio que la puertecilla situada enfrente precisamente de la taberna Clére estaba entreabierta. Por allí era por donde había debido penetrar el intruso. El señor cura primero y tras él el sacristán, que acababa de unírsele, entraron en la iglesia. Al pasar mojaron sus dedos en la pila del agua bendita y se santiguaron; todos los que seguían hicieron lo mismo.

 

De pronto, el órgano se calló; el trozo ejecutado por el misterioso organista se detuvo sobre un acorde de cuarta y sexta, que se perdió bajo la oscura bóveda.

 

¿Era la entrada de toda aquella gente lo que había cortado la inspiración del artista desconocido…? Eso era lo único que podía pensarse. En aquel momento, la nave, poco antes rebosante de armonías, había vuelto a caer en el silencio; y digo el silencio porque todos nosotros estábamos mudos entre los pilares, con una sensación análoga a la que se experimenta cuando tras un vivo relámpago se espera el estallido del trueno.

 

Aquello duró un instante; era preciso saber a qué atenerse. El sacristán y dos o tres individuos de los más valientes se dirigieron hacia la escalera de caracol que sube hasta la tribuna en el fondo de la nave. Subieron los peldaños, pero una vez llegados a la tribuna, no encontraron a nadie. La tapa del teclado estaba echada; el fuelle, medio hinchado aún a causa del aire que no podía tener salida, permanecía inmóvil, con su palanca alzada.

 

Probablemente, aprovechándose del tumulto y de la oscuridad, el intruso había podido bajar la escalera, desaparecer por la puertecilla y escapar a través del pueblo.

 

¡No importaba! El sacristán creyó que tal vez, por prudencia, sería conveniente exorcizar, mas el señor cura se opuso a ello, y con razón, porque no la había para proceder a tales exorcismos.

 

Capítulo V

 

Al día siguiente, el pueblo de Kalfermatt contaba con un habitante más, y hasta con dos; pudo vérseles paseándose por la plaza, ir y venir a lo largo de la Calle Mayor y llegar hasta la escuela, y, finalmente, volverse a la posada de Clére, donde tomaron una habitación con dos camas, para un tiempo cuya duración no indicaron.

 

—Puede ser para un día, para una semana, para un mes, para un año —había dicho el más importante de aquellos dos personajes, según me contó Betty cuando se unió conmigo en la plaza, como todos los días.

 

—¿Sería ése el organista de ayer? —pregunté yo.

 

—¡Caramba! Bien pudiera ser eso, José.

 

—¿Con su entonador…?

 

—El más gordo, sin duda —respondió Betty.

 

—¿Y cómo son?

 

—Como todo el mundo.

 

Como todo el mundo, es evidente, toda vez que tenían una cabeza sobre los hombros, brazos adheridos al torso y pies al extremo de las piernas. Pero puede poseerse todo eso, y, sin embargo, no parecerse a nadie. Y esto, efectivamente, fue lo que yo hube de reconocer cuando, hacia las once de la mañana, vi, por fin, a aquellos dos extranjeros tan extraños.

 

Marchaban uno tras otro.

 

Uno de ellos, de treinta y cinco a cuarenta años, delgado, pálido, enjuto, largo, vestido con una gran levita amarillenta, las piernas dobladas, que terminaban en dos pies estrechos, puntiagudos, tocado con una ancha gorra con pluma. ¡Vaya una figura la que tenía aquel individuo! Ojos plegados, pequeños, pero penetrantes, con una brasa en el fondo de sus pupilas, dientes blancos y agudos, nariz afilada, boca cerrada y barbilla prominente. ¡Y qué manos! ¡Dedos largos, largos… de esos dedos que sobre un teclado pueden abarcar una octava y media!

 

El otro era su antítesis: grueso, ancho de espaldas y sobre sus robustos hombros una cabezota de toro, semblante congestionado, barriga en clave de fa, y representando unos treinta años.

 

Nadie conocía a aquellos individuos. Era la primera vez que venían al país. Seguramente no eran suizos, sino más bien gentes del Este, de más allá de las montañas, del lado de Hungría. Y así era, en realidad, según supimos más tarde.

 

Después de haber pagado una suma adelantada en la posada Clére, habían almorzado con gran apetito, sin escatimar las cosas buenas. Luego se pusieron a pasear uno tras otro; el flaco mirando a un lado y a otro, canturreando, los dedos en incesante movimiento y, con un gesto singular, iba golpeándose la nuca con la mano y repitiendo:

 

—¡La natural…! ¡La natural…! ¡Bien!

 

El gordo se balanceaba sobre sus piernas, fumando una pipa en forma de saxofón, de donde se escapaban torrentes de humo blanquecino.

 

Yo les contemplaba con los ojos muy abiertos, cuando el más alto me llamó, haciéndome señas para que me acercara.

 

La verdad sea dicha, yo tenía un poco de miedo, pero, al fin, me arriesgué y él me dijo con una voz como la de falsete de un niño de coro:

 

—¿La casa del cura, pequeño?

 

—¿La casa del… el presbiterio?

 

—Sí. ¿Quieres llevarme?

 

Pensaba yo que el señor cura me regañaría por haberle llevado aquellas personas: sobre todo el alto, cuya mirada me fascinaba. Habría querido negarme, pero me fue imposible, y heme aquí encaminándome hacia la casa rectoral.

 

Nos separarían unos cincuenta pasos de ella, cuando yo le enseñé la puerta y huí a todo correr, en tanto que la aldaba marcaba tres corcheas, seguidas de una negra.

 

Varios camaradas me aguardaban en la plaza y el señor Valrugis con ellos, quien me interrogó. Yo referí todo lo que había pasado; los compañeros me miraban…; ¡Ya veis, él me había hablado!

 

Pero cuanto yo pude decir no nos hizo adelantar un paso en la averiguación de lo que aquellos dos individuos vendrían a hacer en Kalfermatt. ¿Por qué habían querido hablar con el señor cura? ¿Qué habría ocurrido entre ellos?

 

Todo quedó explicado aquella tarde.

 

Aquel tipo extraño —el más alto— se llamaba Effarane; era húngaro, y a la vez artista afinador y constructor de órganos, organero, como suele decirse, y que se encargaba de hacer reparaciones, yendo de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo ganándose de ese modo la vida.

 

Él, según fácilmente se adivina, fue quien, la víspera, habiendo penetrado por la puertecilla lateral con el otro, su ayudante y entonador, había despertado los ecos de la vieja iglesia, desencadenando tempestades de armonía. Pero, según él, el instrumento, defectuoso en algunas partes, exigía ciertas reparaciones, y él se ofrecía a hacerlas a muy bajo precio. Varios certificados daban fe de sus aptitudes para este género de trabajos.

 

—¡Hágalo, hágalo! —había respondido el señor cura, que se había apresurado a aceptar la oferta que el personaje hiciera. Y había añadido:

 

—¡Bendito sea Dios, que nos envía un organero de vuestro saber y valer, y mil veces bendito si, además, nos enviase un organista…!

 

—¿De modo que el pobre Eglisak…? —preguntó el maestro Effarane.

 

—Sordo como una tapia. ¿Le conoce usted?

 

—¿Quién no conoce al hombre de la fuga?

 

—Pues hace ya seis meses que ni toca en la iglesia, ni enseña en la escuela. Así es que tuvimos que tener misa sin música el día de Todos Santos, y me temo que algo análogo va a ocurrirnos para el de Navidad.

 

—Tranquilícese, señor cura —respondió el maestro Effarane—; en unos quince días pueden terminarse las reparaciones, y si usted quiere, el día de Navidad yo tocaré el órgano…

 

Y al decir esto agitaba sus dedos interminables.

 

El cura agradeció sus ofrecimientos al artista, y le preguntó lo que pensaba acerca del órgano de Kalfermatt.

 

—Es bueno —respondió el maestro Effarane—, pero incompleto.

 

—¿Pues qué le falta? ¿No tiene, por ventura, veinticuatro registros, sin olvidar el registro de la voz humana?

 

—¡Oh, lo que le falta, señor cura, es, precisamente, un registro que yo he inventado, y con el que trato de dotar a estos instrumentos!

 

—¿Cuál?

 

—El registro de las voces infantiles —repuso el singular personaje, enderezando su alta figura—. Sí, yo he imaginado este perfeccionamiento. Será el ideal, y entonces mi nombre sobrepujará los nombres de los Fabri, de los Kleng, de los Erhart Smid, de los André, y de los Castendrofer, de los Krebs, de los Müller, de los Agrícola, de los Kranz, de los Antegnati, de los Costanzo, de los Graziadei, de los Serassi, de los Tronci, de los Nanchinini, de los Callido, de los Sébastien Érard, de los Abbey, de los Cavaillé Coll…

 

Citaba tantos nombres que el buen cura debió creer que no habría terminado hasta la hora de vísperas.

 

Y el organero añadió sacudiendo su cabellera:

 

—Si yo consigo esto para el órgano de Kalfermatt, ningún otro podrá compararse con él, ni el de San Alejandro en Bérgamo, ni el de San Pablo en Londres, ni el de Friburgo, ni el de Amsterdam, ni el de Frankfurt, ni el de Nuestra Señora de París, ni el de la Magdalena, ni el de San Dionisio, ni el de Beauvais…

 

Y decía todas esas cosas con aire inspirado, con movimientos que describían curvas caprichosas.

 

Seguramente hubiera inspirado miedo a cualquiera que no fuese un cura, quien, con unas cuantas palabras en latín, podía reducir el diablo a la nada.

 

Por fortuna, se dejó oír entonces la campana que tocaba a vísperas, y cogiendo su gorra, cuya pluma alisó con la mano, el maestro Effarane saludó con una profunda reverencia y fue a unirse con su entonador en medio de la plaza. Esto no fue obstáculo para que la anciana ama del cura creyese sentir, cuando se marchó, cierto olorcillo a azufre.

 

Pero la verdad es que la estufa estaba encendida.

 

Capítulo VI

 

Claramente se comprende que desde aquel día no se trató de otra cosa que del grave acontecimiento que preocupaba al pueblo; aquel gran artista, inventor genial a la vez, que se llamaba Effarane, se ufanaba de enriquecer nuestro órgano con un registro de voces infantiles. Y entonces, en la próxima Navidad, tras los pastores, los magos, acompañados por las trompetas, los bordones y las flautas, se oirían las voces frescas y cristalinas, los ángeles, mariposeando en torno del Niño Jesús y su divina Madre la Virgen María.

 

Los trabajos de reparación habían dado comienzo al día siguiente; el maestro Effarane y su ayudante habían puesto manos a la obra. Durante los recreos, yo y algunos otros escolares acudíamos a verles. Se nos dejaba subir a la tribuna a condición de no estorbar ni impedir las operaciones. Todo el instrumento estaba descompuesto, reducido al estado rudimentario. Un órgano no es más que una flauta de pan adaptada a un secreto, con un fuelle y un registro, es decir, una regla móvil que rige la entrada del viento. El nuestro era un magnífico modelo que tenía veinticuatro juegos principales, cuatro teclados de cincuenta y cuatro teclas, y asimismo una tecla de pedales para bajos fundamentales de dos octavas. ¡Cuán inmenso nos parecía aquel bosque de tubos con lengüetas o bocas de madera o de estaño! ¡Se perdería uno en aquel laberinto inextricable! ¡Cuando pienso que había tubos de dieciséis pies de madera y tubos de treinta y dos pies de estaño! ¡Con aquellos tubos habría podido forrar la escuela entera, y al señor Valrugis al mismo tiempo!

 

Contemplábamos nosotros todo aquello con una estupefacción muy parecida al espanto.

 

—Enrique —decía Hoet, arriesgando una miradita por debajo—, parece una máquina de vapor…

 

—No, más bien una batería —replicaba Farina; cañones que van a disparar balas de música…

 

Por mi parte, yo no encontraba comparaciones, pero cuando pensaba en las borrascas que el doble fuelle podía enviar a través de toda aquella enorme tubería, me acometía un temblor que me duraba horas enteras.

 

El maestro Effarane trabajaba en medio de aquel desorden sin verse nunca embarazado. En realidad el órgano de Kalfermatt se hallaba en bastante buen estado, y no exigía más que reparaciones poco importantes más que otra cosa una detenida limpieza del polvo acumulado durante muchos años. Lo que ofrecería más dificultades sería el ajuste del registro de voces infantiles. Este aparato se encontraba allí, en una caja, una serie de flautas de cristal, que debían producir sonidos deliciosos. El maestro Effarane, tan hábil organero como maravilloso organista, esperaba triunfar allí donde tantos otros habían fracasado hasta entonces. Sin embargo, yo me daba clara cuenta de ello, no dejaba de marchar a tientas, ensayando ora de un lado, ora de otro, y cuando la cosa no le resultaba a su gusto, lanzaba gritos como un loro rabioso, apurado por su dueña.

 

¡Brrr…! Esos gritos hacían pasar temblores por todo mi cuerpecillo, y al escucharlos sentía que mis cabellos se erizaban eléctricamente sobre mi cabeza.

 

Insisto sobre este punto, que todo lo que yo veía me impresionaba al extremo. El interior de la vasta caja del órgano, aquel enorme animal destripado, cuyos órganos estaban por allí dispersos, me atormentaba hasta la obsesión. Soñaba con ello por la noche, y de día mi mente y mi imaginación volvían incesantemente sobre ello. Principalmente la caja de las voces infantiles, a la que no me hubiese atrevido a tocar, me hacía el efecto de una jaula llena de niños, que el maestro Effarane educaba para hacerlos cantar bajo sus dedos de organista.

 

—¿Qué tienes, José? —me preguntaba Betty.

 

—No lo sé —respondía yo.

 

—¿Será porque vas con demasiada frecuencia al órgano?

 

—Sí…, tal vez.

 

—No vayas más, José.

 

—No iré, Betty.

 

Y volvía aquel mismo día a pesar mío. Me acometía el deseo de perderme en medio de aquel bosque de tubos, de deslizarme por los rincones más oscuros, de seguir tras el maestro Effarane, cuyo martillo yo sentía golpear en el fondo del órgano. Guardábame, y mucho, de decir nada de esto en mi casa; mi padre y mi madre me habrían creído loco.

 

Capítulo VII

 

Ocho días antes de Navidad estábamos en la clase de la mañana, las niñas a un lado y los chicos al otro. El señor Valrugis se pavoneaba desde su cátedra; la anciana hermana, en un rincón, hacía labor de aguja; y ya Guillermo Tell acababa de insultar el sombrero de Gessler, cuando la puerta se abrió.

 

Era el señor cura quien entraba.

 

Todo el mundo se levantó en señal de respeto, pero tras el señor cura apareció el maestro Effarane.

 

Todas las miradas se inclinaron al suelo ante la mirada penetrante del organero. ¿Qué venía a hacer a la escuela y por qué le acompañaba el señor cura?

 

Creí advertir que se fijaba en mí más particularmente; sin duda me reconocía, y yo comencé a encontrarme inquieto.

 

El señor Valrugis, a todo esto, había bajado de su cátedra, y, deteniéndose ante el señor cura, dijo:

 

—¿A quién debo el honor…?

 

—Señor maestro, he querido presentarle al maestro Effarane, que ha deseado visitar a los escolares.

 

—¿Y por qué…?

 

—Me ha preguntado si existía una escuela de música en Kalfermatt, señor Valrugis, y le he contestado afirmativamente, añadiendo que era excelente en el tiempo en que la dirigía el pobre Eglisak; entonces, el maestro Effarane ha manifestado deseos de conocerla, y por eso le he traído esta mañana a su clase, rogándole que le excuséis.

 

El señor Valrugis no tenía por qué recibir ni aceptar excusas; lo que hacía el señor cura estaba perfectamente hecho. Guillermo Tell esperaría por aquella vez.

 

Y entonces, a un gesto del señor Valrugis todo el mundo tomó asiento; el señor cura en un sillón, que yo fui a buscar, y el maestro Effarane sobre un ángulo de la mesa de las niñas, que habían retrocedido vivamente para dejarle sitio.

 

La más próxima era Betty, y yo vi claramente que la pobre niña se asustaba de las largas manos y de los largos dedos que describían cerca de ella arpegios aéreos.

 

El maestro Effarane tomó la palabra y con su voz penetrante dijo:

 

—¿Son éstos los niños de la escuela de música?

 

—No todos forman parte de ella —contestó el señor Valrugis.

 

—¿Cuántos?

 

—Dieciséis.

 

—¿Niños y niñas?

 

—Sí —dijo el señor cura—, niños y niñas, y como a esta edad todos tienen la misma voz…

 

—Error —replicó vivamente Effarane—, y el oído de un experto no se equivocaría.

 

¿Que si quedamos nosotros sorprendidos de esta respuesta? Precisamente la voz de Betty y la mía tenían un timbre tan semejante que no era posible distinguir entre ella y yo cuando hablábamos, aun cuando más adelante hubieran de diferenciarse, como es natural.

 

En todo caso, no había que discutir con un personaje como el maestro Effarane, y todo el mundo se dio por enterado.

 

—Haga adelantar a los niños que pertenezcan a la escuela —dijo alzando el brazo, como la batuta de un director de orquesta.

 

Ocho chicos, entre los que me encontraba yo, y ocho niñas, entre las que se hallaba Betty, fueron a colocarse en dos filas frente a frente, y entonces el maestro Effarane nos examinó con más cuidado del que nunca había puesto en ello el señor Eglisak. Hubo que abrir la boca, sacar la lengua, aspirar y espirar ampliamente, mostrarle hasta el fondo de la garganta las cuerdas vocales, que él parecía querer coger con los dedos. Creí que iba a pulsarlas, como las cuerdas de los violines o los violonchelos. A fe mía, ni unos ni otros estábamos tranquilos.

 

El señor cura, el señor Valrugis y su hermana estaban allí, asombrados, y sin atreverse a pronunciar una palabra.

 

—¡Atención! —dijo el maestro Effarane—, la clave de do mayor, solfeando. He aquí el diapasón.

 

¿El diapasón? Esperaba que él sacase de su bolsillo un instrumentito de dos ramas, semejante al del bueno de Eglisak, y cuyas vibraciones daban el la oficial de Kalfermatt lo mismo que el de cualquier otra parte.

 

Pero tuvimos otra sorpresa.

 

El maestro Effarane acababa de bajar la cabeza, y con su pulgar medio cerrado se dio un golpecito sobre la base del cráneo.

 

¡Oh, maravilla! Su vértebra superior produjo un sonido metálico, y ese sonido era precisamente el la, con sus ochocientas setenta vibraciones normales.

 

El maestro Effarane tenía en sí mismo el diapasón natural. Y entonces, dándonos el do, una tercera menor por encima, mientras que su dedo índice temblequeaba en el extremo de su brazo,

 

—¡Atención! —repitió.

 

Y henos allí solfeando la clave de do, ascendente primero y descendente después.

 

—¡Malo…! ¡Malo! —exclamó el maestro Effarane cuando se hubo extinguido la última nota. Oigo dieciséis voces diferentes y no debía oír más que una.

 

Mi opinión es que él se mostraba demasiado exigente, porque nosotros teníamos costumbre de cantar juntos con gran precisión y compás, lo que siempre nos había valido muchas felicitaciones por parte de todos.

 

El maestro Effarane sacudía la cabeza y lanzaba a derecha e izquierda miradas de descontento. Parecíame que sus orejas, dotadas de cierta movilidad, se tendían como las de los perros, los gatos y otros cuadrúpedos.

 

—¡Volvamos a empezar! —dijo—. Uno tras otro ahora. Cada uno de vosotros debe tener una nota personal, una nota fisiológica, por decirlo así, y la única que deberá dar siempre en un coro.

 

¡Una sola nota… fisiológica! ¿Qué es lo que significaba esa palabreja …? Pues bien, yo habría querido saber cuál era la suya, la de aquel original, y también la del señor cura, que poseía una linda colección, y todas, no obstante, más falsas las unas que las otras.

 

Comenzamos, no sin vivas aprensiones —¿no llegaría a maltratarnos aquel hombre terrible?— y no sin alguna curiosidad por saber cuál era nuestra nota personal, aquella que nosotros tendríamos que cultivar en nuestro gaznate, como una planta en su tiesto.

 

Hoct fue quien debutó, y después de haber ensayado las diversas notas de la escala, el sol le fue reconocido; vamos, pequeña como fisiológico, por el maestro Effarane, como su nota más precisa, la más vibrante de las que su laringe podía emitir.

 

Después de Hoct le tocó el turno a Farina, que se vio condenado al la natural a perpetuidad.

 

Siguieron luego mis otros camaradas, sujetándose a aquel minucioso examen, y su nota favorita recibió la estampilla oficial del maestro Effarane.

 

Me adelanté entonces.

 

—¡Ah, eres tú, pequeño! —dijo el organista.

 

Y cogiéndome la cabeza, la volvía y la revolvía, hasta el punto de hacerme temer que fuera a separármela del tronco.

 

—Veamos tu nota —dijo al fin.

 

Emití las diversas notas de la escala de do subiendo y bajando. El maestro Effarane no pareció nada satisfecho, y me mandó volver a empezar… Aquello no iba bien… No iba bien. Estaba sumamente mortificado. Siendo yo uno de los mejores del coro, ¿estaría desprovisto de una nota individual?

 

—¡Vamos! —exclamó el maestro Effarane—. La escala cromática. Tal vez descubra ahí tu nota.

 

Y mi voz, procediendo por intervalos de semitonos, subió la octava.

 

—¡Bien…! ¡Bien! —hizo el organista—. Ya tengo tu nota, y tú sosténla durante todo el compás.

 

—¿Y cuál es? —pregunté tembloroso.

 

—Es el re sostenido.

 

Y yo solfeaba sobre aquel re sostenido con todo mi aliento.

 

El señor cura y el señor Valrugis se dignaron hacer un signo de satisfacción.

 

—Las niñas ahora —ordenó el maestro Effarane.

 

Y yo pensaba:

 

¡Si Betty pudiese tener también el re sostenido! No me extrañaría, ya que nuestras voces casaban tan bien.

 

Las muchachas fueron examinadas una tras otra. Ésta tuvo el si natural y aquélla el mi natural. Cuando le tocó cantar a Betty Clére fue a colocarse en pie, muy intimidada, ante el maestro Effarane.

 

—Vamos, pequeña.

 

Le ocurrió a Betty lo mismo que le había acontecido a su amigo José Muller; hubo que recurrir a la escala cromática para hallar su nota, y, finalmente, acabó por atribuírsele el mi bemol.

 

Al principio quedé disgustado, pero reflexionando sobre ello, hube de aplaudir. Betty tenía el mi bemol y yo el re sostenido. Ahora bien, ¿no son ambos idénticos? Me puse, en vista de ello, a batir palmas.

 

—¿Qué te ocurre, pequeño? —me preguntó el organista, que frunció las cejas.

 

—Que estoy muy contento, señor, porque Betty y yo tenemos la misma nota… me atreví a contestar.

 

—¿La misma? —gritó el maestro Effarane.

 

Y se enderezó con un movimiento tan brusco, que su brazo tocó el techo.

 

—¡La misma nota! —prosiguió—. ¡Ah, conque tú crees que un re sostenido y un mi bemol son una misma cosa! ¡Eres un imbécil, y te mereces unas orejas de asno…! ¿Es que vuestro Eglisak os ha enseñado semejantes estupideces? ¿Y tolera usted esto, señor cura…? ¿Y usted también, maestro…? ¿Y hasta usted misma, anciana señorita…?

 

La hermana del señor Valrugis buscaba un tintero para tirárselo a la cabeza. Pero él continuaba abandonándose a todo el estallido de su cólera.

 

—¿No sabes, pues, tú, desdichado majadero, lo que es una coma, ese octavo de tono que diferencia el re sostenido del mi bemol, el la sostenido del si bemol y otros? ¡Ah, por lo visto es que nadie aquí es capaz de apreciar octavos de tono! ¿Es que no hay más que tímpanos estropeados, endurecidos, en las orejas de Kalfermatt?

 

Nadie se atrevía ni a respirar. Los cristales de las ventanas oscilaban bajo la aguda voz del maestro Effarane. Yo estaba desolado por haber sido quien provocara aquella escena, sin dejar de experimentar tristeza, porque entre la voz de Betty y la mía hubiese semejante diferencia, aunque no fuera más que la de un octavo de tono. El señor cura me miraba con los ojos irritados… El señor Valrugis me lanzaba unas miradas…

 

Pero el organista se calmó de pronto, y dijo:

 

—¡Atención, y cada uno a su puesto en la escala!

 

Nosotros comprendimos lo que aquello significaba, y cada uno fue a colocarse según su nota personal; Betty en cuarto lugar en su calidad de mi bemol, y yo tras ella, inmediatamente detrás de ella, en mi calidad de re sostenido. Podía decirse que figurábamos una flauta de pan, o mejor, los tubos de un órgano, con la única nota que cada uno de ellos pudiera dar.

 

—¡La escala cromática —exclamó el maestro Effarane—, y bien, porque si no…!

 

No se lo hizo decir dos veces. Comenzó nuestro camarada encargado del do y fue siguiendo; Betty dio su mi bemol y luego yo mi re sostenido, cuya diferencia parecían apreciar los oídos del organista. Después de haber subido, volvimos a bajar durante tres veces seguidas.

 

El maestro Effarane pareció bastante satisfecho.

 

—¡Bien por los niños! —dijo—. Llegaré a hacer de vosotros un teclado viviente.

 

Y el señor cura movió la cabeza con aire de duda.

 

—¿Por qué no? —respondió el maestro Effarane—. Se ha fabricado un piano con gatos, con gatos escogidos según el maullido que daban al pellizcarles el rabo por medio de un mecanismo. ¡Un piano de gatos! ¡Un piano de gatos! repetía.

 

Nosotros nos echamos a reír, sin estar muy seguros de si el maestro Effarane hablaba en serio o en broma. Pero más adelante supe que había dicho la verdad al hablar de aquel piano de gatos que maullaban al ser pellizcados en el rabo por un mecanismo; ¡Dios mío, qué no serán capaces de inventar los hombres!

 

Entonces, cogiendo su gorra, el maestro Effarane saludó, giró sobre sus talones y salió de la escuela diciendo:

 

—No olvidéis vuestra nota, sobre todo, tú, señor re sostenido, y tú así mismo, señorita mi bemol.

 

Y se nos quedó el apodo desde entonces.

 

Capítulo VIII

 

Tal fue la visita del maestro Effarane a la escuela de Kalfermatt, y que hubo de dejarme a mí vivamente impresionado. Se me antojaba que un re sostenido vibraba incesantemente en el fondo de mi garganta.

 

Los trabajos de reparación del órgano iban avanzando. Dentro de ocho días nos encontraríamos en la Navidad. Todo el tiempo que yo tenía libre lo pasaba en la tribuna; aquello era más fuerte que yo. Hasta ayudaba lo mejor que podía al organero y a su entonador, de quien no era posible sacar una sola palabra. Actualmente, los registros se hallaban en buen estado, los fuelles prestos a funcionar, y la caja, casi nueva, reluciendo sus cobres en la penumbra de la nave. Sí, estaría dispuesto para el día de la fiesta, excepto, tal vez, en lo que concernía al famoso aparato de las voces infantiles.

 

Por esta parte, en efecto, el trabajo flaqueaba, con gran despecho del maestro Effarane. Ensayaba y volvía a ensayar, pero las cosas no resultaban a su gusto. De ahí un disgusto que se traducía en violentos estallidos de cólera. Tomábala él con el órgano, con los fuelles, con el entonador y con aquel pobre re sostenido, que ya no podía más. A veces yo creía que iba a romperlo y destrozarlo todo, y escapaba de allí… ¿Qué diría la población kalfermattiana si veía defraudadas sus esperanzas, si no se celebraba aquel año la Gran Fiesta con toda la pompa y todo el esplendor debidos?

 

No debe olvidarse que el coro de niños no debía cantar aquella Navidad, por encontrarse desorganizado, y que habría de contentarse con el órgano.

 

En resumen, llegó el día solemne. Durante las últimas veinticuatro horas, el maestro Effarane, cada vez más y más disgustado, se había entregado a tales furores que era cosa de temer por su razón. ¿Habría de verse precisado a renunciar a aquellas voces infantiles? Yo lo ignoraba, porque era tal el espanto que me infundía, que no me atrevía a poner los pies en la tribuna, ni aun en la misma iglesia.

 

En la noche de Navidad se tenía la costumbre de que los niños se acostasen al crepúsculo, con objeto de que durmieran hasta el momento del Oficio, y de este modo pudieran estar despiertos durante la Misa del Gallo. Así pues, aquella tarde, después de la escuela, conduje hasta su puerta a la pequeña mi bemol; ya me había acostumbrado a llamarla así.

 

—No faltarás a la Misa —le dije.

 

—No, José, y no te olvides de mí.

 

—¡No te preocupes!

 

Me dirigí a mi casa, donde ya me esperaban.

 

—Vas a acostarte —me dijo mi madre.

 

—Sí —dije—, pero no tengo ganas de dormir.

 

—¡No importa!

 

—Sin embargo…

 

—Haz lo que te dice tu madre —replicó mi padre—, y ya te despertaremos cuando sea hora de levantarte.

 

Obedecí, abracé a mis padres y subí a mi alcobita. Mis vestidos nuevos estaban allí, colocados sobre el respaldo de una silla, y mis zapatos limpios cerca de la puerta. No tendría, pues, que hacer otra cosa que ponérmelos de prisa después de haberme lavado la cara y manos.

 

En un instante me deslicé entre las sábanas y apague la luz, pero quedó en la habitación una semiclaridad causa de la nieve que cubría los tejados próximos.

 

Inútil decir que no estaba ya en edad de dejar el zapatito en el balcón, con la esperanza de hallar en él un regalo de Navidad. Y entonces me asaltó el recuerdo de que aquél era el buen tiempo, y que ya no volvería. La última vez, haría tres o cuatro años, mi querida mi bemol había encontrado una crucecita de plata en su zapatilla… ¡No lo digáis a nadie, pero fui yo quien la puso!

 

Después, todas esas cosas se borraron de mi espíritu pensaba en el maestro Effarane ya medio en sueños; le veía sentado cerca de mí, con su larga levita, sus larga, manos, su alargada figura… En vano me tapaba la cabeza con la ropa y cerraba los ojos; yo continuaba viéndolo y sentía sus dedos correr a lo largo de mi camita…

 

Por fin, después de haber estado dando vueltas y más vueltas, acabé por dormirme.

 

¿Cuánto tiempo duró mi sueño? Lo ignoro. Pero de repente me vi despertado bruscamente, sintiendo que una mano se había posado sobre mis espaldas.

 

—¡Vamos, re sostenido! —me dijo una voz que reconocí en el acto.

 

Era la voz del maestro Effarane.

 

—¡Vamos, hombre, vamos…, que ya es hora…! ¿Quieres llegar tarde a la Misa?

 

Yo oía sin comprender.

 

—¿Será menester que te saque de la cama, como se saca el pan del horno?

 

Las ropas fueron retiradas vivamente y abrí los que quedaron deslumbrados por el resplandor de un farol, colgado al extremo de una mano…

 

¡Qué espanto tan tremendo me acometió…! ¡Era realmente el maestro Effarane quien me estaba hablando!

 

—Vamos, re sostenido, vístete.

 

—¿Vestirme?

 

—A menos que quieras ir a la iglesia en camisa. ¿Es que no has oído la campana?

 

La campana, en efecto, tocaba a vuelo.

 

—¿Vamos, quieres vestirte o no?

 

Inconscientemente, pero en un minuto, me encontré vestido. Es verdad que el maestro Effarane me había ayudado, y lo que él hacía lo hacía de prisa.

 

—Ven —dijo recogiendo su linterna.

 

—Pero mi padre…, mi madre…

 

—Ya están en la iglesia —observé yo.

 

Mucho me sorprendió que no me hubiesen aguardado; al fin bajamos. Se abre la puerta de casa, se cierra de nuevo y henos aquí en la calle.

 

¡Qué frío tan seco! La plaza está completamente blanca y el cielo salpicado de estrellas; en el fondo se destaca la iglesia con su campanario, cuyo remate parece iluminado por una estrella.

 

Seguí en pos del maestro Effarane. Pero en lugar de dirigirse hacia la iglesia, empieza a andar por las calles de acá para allá. Se detiene ante las casas, cuyas puertas se abren sin que tenga necesidad de llamar. Mis camaradas salen de ellas vestidos con sus trajecitos nuevos; Hoct, Farina, todos los que formaban parte del coro. Luego les toca a las muchachas, y en primer lugar a mi, pequeña mi bemol; la cojo de la mano.

 

—Tengo miedo —me dice.

 

Yo no me atreví a contestarle, «¡También yo!», por temor de espantarla más. Al fin, estábamos todos completos, todos los que tenían su nota personal, la escala cromática entera.

 

¿Pero cuál es el proyecto del organista…? ¿Será que; a falta de su aparato de voces infantiles, querrá forma un registro con los niños de la escuela de música?

 

Quiérase o no, es forzoso obedecer a aquel fantástico personaje, como los músicos obedecen a su director de orquesta, cuando empuña la batuta. La puerta lateral de la iglesia está allí, y nosotros la franqueamos de dos en dos. No hay nadie todavía en el templo, que está frío y oscuro, silencioso. ¡Y él que me había dicho que mi padre y mi madre me aguardaban…! Yo le pregunté, sí, me atreví a interrogarle.

 

—Cállate, re sostenido —me respondió—, y ayuda a subir a la pequeña mi bemol.

 

Esto fue lo que hice. Henos aquí a todos metidos en la escalera de caracol y llegados a la tribuna. De pronto, ésta se ilumina; el teclado del órgano está abierto, el entonador en su puesto. ¡Diríase que era él quien se había tragado todo el viento de los fuelles, parecía tan enorme!

 

A un signo del maestro Effarane, nos colocamos en orden. Tiende el brazo, la caja del órgano se abre y se vuelve luego a cerrar tras nosotros…

 

Los dieciséis nos hallamos encerrados en los tubos del registro mayor, cada uno separadamente, pero cerca unos de otros. Betty se halla en el cuarto, en su calidad de mi bemol, y yo en el quinto, como re sostenido. Había, por consiguiente, adivinado el pensamiento del maestro Effarane. No había posibilidad de abrigar dudas. No habiendo podido ajustar su aparato, ha compuesto el registro de voces infantiles con los propios niños de la escuela, y cuando el viento llegue a nosotros por la boca de los tubos, cada uno dará su nota. ¡No son gatos, soy yo, es Betty, son todos mis camaradas los que vamos a ser accionados por las teclas del órgano!

 

—Betty, ¿estás ahí? —dije yo.

 

—Sí, José.

 

—No tengas miedo, estoy a tu lado.

 

—¡Silencio! gritó la voz del maestro Effarane.

 

Y todo el mundo se calló.

 

Capítulo IX

 

La iglesia, sin embargo, está ya casi llena. A través de la hendidura en forma de silbato de mi tubo, yo puedo ver a la muchedumbre de fieles extenderse por la nave, ahora brillantemente iluminada. ¡Y aquellas familias, que no saben que dieciséis de sus hijos están encerrados en este órgano! Percibía yo distintamente el ruido de los pasos sobre el piso de la iglesia, el choque de las sillas, con esa sonoridad peculiar de las iglesias. Los fieles ocupaban su sitio para la Misa del Gallo, y la campana continuaba sonando.

 

—¿Estás ahí? —pregunté de nuevo a Betty.

 

—Sí, José —me contestó una vocecita temblorosa.

 

—¡No tengas miedo…! ¡No tengas miedo, Betty…! Estamos aquí sólo mientras dure el Oficio… Luego se nos dejará en libertad.

 

En realidad, yo no lo creía así. Jamás dejaría el maestro Effarane en libertad a aquellos pájaros enjaulados, y su potencia diabólica se las arreglaría para tenernos encerrados allí durante mucho tiempo…, ¡para siempre tal vez!

 

Por fin suena la campanilla. El señor cura y sus dos asistentes llegan ante las gradas del altar. La ceremonia va a dar comienzo.

 

Pero ¿cómo era que nuestros padres no se habían inquietado por nosotros? Yo veía a mi padre y a mi madre en sus respectivos sitios, completamente tranquilos.

 

Tranquilos así mismo estaban el señor y la señora Clére, tranquilas, por fin, también las familias de nuestros camaradas; aquello era inexplicable.

 

En todas estas cosas me hallaba reflexionando, cuando un torbellino pasó a través de la caja del órgano.

 

Todos los tubos se estremecieron como un bosque ante el huracán. El fuelle funcionaba a plenos pulmones.

 

El maestro Effarane acababa de debutar en espera del Introito. Los grandes registros, incluso los pedales producían ruidos como de tormenta. Aquello terminó con un formidable acorde final. El señor cura entona el Introito: Dominus dixit ad me: Filius meus es tu. Y luego el Gloria, que el maestro Effarane acompaña con el registro estrepitoso de la trompetería.

 

Yo estaba pendiente, espantado, del momento en que las borrascas de los fuelles se introdujeran en nuestros tubos; pero el organista nos reservaba, sin duda, para la mitad de la Misa.

 

Después de la Oración, viene la Epístola, después de la Epístola, el Gradual, terminado con dos soberbios Aleluyas y el acompañamiento del registro.

 

Y entonces, el órgano enmudece durante un cierto lapso de tiempo, mientras dura el Evangelio y la Plática, en la que el señor cura felicita al organista por haber devuelto a la iglesia de Kalfermatt sus voces apagadas…

 

¡Ah! ¡Si hubiera podido gritar, expedir mi re sostenido por la abertura del tubo…!

 

Llegamos al Ofertorio con estas palabras: Loetentur coeli, et exultet terca ante faciem Domini quoniam venit, admirable preludio del maestro Effarane con el juego del flautado, unido a los dobletes. Hay que reconocer que es magnífico. Bajo esta armonía de un encanto inexpresable, los cielos están llenos de alegría, y parece que los coros celestiales cantan la gloria del Niño divino.

 

Esto dura cinco minutos, que me parecen cinco siglos, ya que presentía que el turno de las voces infantiles iba a llegar en el momento de la Elevación, que es aquel para el que reservan los grandes artistas las más sublimes inspiraciones de su genio…

 

Yo estaba, en verdad, más muerto que vivo; parecíame que jamás podría salir una nota por mi garganta, desecada con el espanto. Pero no contaba con el soplo irresistible que me impulsaría cuando la tecla que me correspondía fuese oprimida por el dedo del organista.

 

Llegó, por fin, el temido momento de la Elevación. La campanilla dejó oír su agudo tintineo. Un silencio de recogimiento general reinó en el templo; las frentes se humillaron, en tanto que los dos asistentes alzaban la casulla del celebrante…

 

Pues bien, aun cuando yo sea un niño piadoso, en este momento no me encuentro recogido; no pienso más que en la tempestad que va a desencadenarse bajo mis pies. Y entonces, a media voz, para no ser oído sino sólo por ella:

 

—¿Betty? —dije.

 

—¿Qué quieres, José?

 

—¡Ten cuidado ahora va a tocarnos a nosotros!

 

¡Ah, Jesús, María! —exclamó la pobrecilla.

 

No me he equivocado. Se percibe un ruido seco. Es el ruido de la regla móvil, que distribuye la entrada del viento en el registro de las voces infantiles. Una melodía suave y penetrante vuela bajo las bóvedas de la iglesia, en el instante de realizarse el divino misterio. Oigo el sol de Hoct, el la de Farina y luego el mi bemol de mi querida vecinita, y en seguida un soplo hincha mi pecho llevando el re sostenido a través de mis labios. Aun cuando uno quisiera callar, no le sería posible. Yo no soy más que un instrumento en manos del organista; la tecla que él posee en su teclado es como una válvula de mi corazón que se entreabre…

 

¡Ah, qué desgarrador es esto…! ¡No, si esto continúa así, lo que saldrá de nosotros no serán notas, serán gritos, gritos de dolor…! ¡Y cómo pintar la tortura que experimento cuando el maestro Effarane pisa con mano terrible un acorde de séptima, en el que ocupaba yo segundo lugar: do natural, re sostenido, fa sostenido, natural… !

 

Y como el implacable artista lo prolonga interminablemente, me da un síncope, me siento morir y pierdo el conocimiento…

 

Lo cual es causa de que aquella famosa séptima, no teniendo un re sostenido, no pueda resolverse según las reglas de la armonía…

 

Capítulo X

 

—Y bien, ¿qué haces? —me dice mi padre.

 

—¡Yo…! ¡Yo…!

 

—Vamos, despierta, que es la hora de ir a la iglesia.

 

—¿La hora…?

 

—Sí, anda, si no quieres perder la Misa, y ya lo sabes, si no hay Misa, no hay cena de Navidad.

 

¿Dónde estaba…? ¿Qué había pasado? ¿Es que todo no había sido más que un sueño… el encierro en los tubos del órgano, el fragmento de la Elevación, mi corazón haciéndose pedazos…? Sí, hijos míos, desde el momento en que me había quedado dormido hasta aquel en el que mi padre acababa de despertarme, había soñado todo aquello, gracias a mi imaginación, demasiado sobreexcitada.

 

—¿El maestro Effarane? —pregunté.

 

—El maestro Effarane está ya en la iglesia —respondió mi padre—; tu madre está también allí; vamos, ¿acabarás de levantarte y vestirte?

 

Me vestí, como si estuviera borracho, sin dejar de oír aquella séptima torturadora e interminable…

 

Llegué a la iglesia. Vi a todo el mundo en su sitio habitual; mi madre, el señor y la señora Clére, mi querida Betty, bien abrigada, pues hacía bastante frío. La campana todavía sonaba detrás del tornavoz del campanario, y pude oír los últimos repiques.

 

El señor cura, revestido con sus ornamentos de las grandes festividades, llegó ante el altar, esperando que el órgano hiciese sonar una marcha triunfal.

 

¡Qué sorpresa! En lugar de lanzar los majestuosos acordes que deben preceder al Introito, el órgano se callaba… ¡Nada, ni una sola nota!

 

Sube el sacristán a la tribuna… El maestro Effarane no estaba allí. Se le buscó en vano. Había desaparecido el organista y con él el entonador. Furioso, sin duda, por no haber podido instalar su registro de voces infantiles, se había escapado sin reclamar lo que se le adeudaba, y desde entonces no volvió a vérsele en Kalfermatt.

 

No quedé yo pesaroso por ello, lo confieso; queridos niños, porque en compañía de aquel estrambótico personaje yo habría acabado seguramente por volverme loco.

 

Y si se hubiera vuelto loco, el señor re sostenido no habría podido casarse, diez años más tarde, con la señorita mi bemol; matrimonio éste bendecido por el cielo. Lo que prueba que, a pesar de la diferencia de un octavo de tono de una “coma”, según decía el maestro Effarane, se puede ser feliz y dichoso en un hogar.

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