«El caso de Luis, un ahogado en Playa Parguito» de Juan Ortiz (Cuento)

EL CASO DE LUIS, UN AHOGADO EN PLAYA PARGUITO

JUAN ORTIZ

CUENTO / VENEZUELA

—Está tenso y triste, después de todo, fue desesperante para él. Nadie espera irse así, el ahogamiento es una de las muertes más frustrantes, más agobiantes —dijo, en tono melancólico y consolador, Pedro, el forense de turno, a los pasantes, mientras analizaban el caso de Luis, cuyo cadáver acababa de ingresar a la morgue horas atrás.

 

—¿Por qué se refiere a él como si estuviese presente; digo, como si escuchara, o sintiera? —preguntó María, una de las estudiantes.

—Te explico, María —replicó Pedro, luego de leer su carnet—. La conciencia del ser no abandona de todo el cuerpo, así por así, luego de la muerte. En este caso, este joven que aquí ven, morado por el frío, pálido, tenso y triste, porque Luis está triste, convivió con su «estuche físico» durante 30 años. Es un matrimonio, ¿saben? Cada célula responde al alma o la esencia del ser y viceversa, hay una conexión que la ciencia no ha podido determinar aún. Lo cierto es que, a pesar de ser yo un hombre estudiado al que ustedes vienen para aprender en esta práctica, he descubierto, en mis 20 años de ejercicio forense, que hay cosas que van más allá de los libros, de la carne descompuesta, de los organos para ser pesados, de las heridas expuestas y de las enfermedades por descubrir. Estos seres a los que recibimos para ser estudiados y «componerlos», en cierta manera, siguen aquí, nos escuchan; están, de hecho, más desnudos que nunca. El tratarlos requiere más que un bisturí, pinzas, taladros y cizallas; requiere tacto, empatía.

 

—¿A qué se refiere con esto exactamente? ¿Dice usted que los cadáveres nos escuchan? Discúlpeme, profesor, pero eso es irracional —dijo María, consternada.

—Descuida, María; yo, 20 años atrás, antes de recibirme, pensaba como tú. Uno cree muchas cosas y viene con ideas preconcebidas cuando es pasante. Vamos a la praxis, ¿les parece? —respondió Pedro, para luego acercarse al cadáver de Luis, que se hallaba tieso, con las manos llevadas al pecho, los dedos contraidos en puños inmovibles, los pies estirados y sus dedos igualmente retraídos.

La boca de Luis estaba abierta, al igual que sus ojos, blancos por la sal; la expresión era de espanto, de no querer irse. Era normal, él solo quería, como todos, nadar en Playa Parguito, pero el mar de fondo le jugó una mala pasada.

—Luis, ya pasó todo —dijo Pedro, muy cerca, junto al oído del cadáver; todos le miraban extrañados—. Tu familia estaba muy preocupada porque no aparecías —prosiguió—; fueron dos días de extensa búsqueda y angustia. Y aunque esperaban hallarte con vida, el solo hecho de encontrarte ha sido un alivio.

 

Justo luego de decir eso, la mandíbula del cadáver se relajó, permitiendo que se cerrara suavemente la boca; los párpados, por su parte, cayeron tenues, cambiando con ello la mueca de espanto, y pasando a un estado de tranquilidad y calma. Apenas eso pasó, una de las chicas pegó un grito y salió corriendo. «Déjenla, esto no lo enseñan en la universidad», dijo Pedro, y prosiguió. Los demás permanecían atónitos; María no sabía qué decir.

—Se cumplió tu ciclo, Luis —continuó Pedro, tomando suavemente las manos del cadáver—, sé que quizá no fue el final esperado, pero así se dio, y el Creador aguarda por ti. Ya estás en casa, se acabó la oscuridad.

Mientras hablaba, lo que antes eran unos puños recios y duros, se destensaron, y Pedro aprovechó entonces de llevarlos de a poco a la posición de descanso… uno primero, luego otro. Las caras de asombro persistían entre los pasantes.

 

—Sabes, hablé con tu esposa, te ama mucho, y agradece el haberte encontrado —prosiguió, mientras tomaba, esta vez, las piernas de Luis—. Si bien harás una enorme falta, dice que vivirás en tu hijo, y que Dios dispondrá el día del reencuentro para todos.

Después de aquello, las piernas dejaron de ser barrotes, igualmente, los dedos pasaron de estar engarrotados, a relajarse. En tan solo 10 minutos, lo que parecía un cuerpo sufrido, tenso, pasó a ser un cadáver totalmente calmo, como alguien dormido.

 

Los chicos no salían del asombro.

—Ahora sí, muchachos, hemos llegado a la hora de la autopsia, pero, primero, permítanme algo más —dijo Pedro, para luego acercarse al oído de Luis a hablar en voz muy baja—. Hermano, ya sé que estás mucho mejor, si puedes, vete un momento mientras acomodo todo para que tu gente pueda despedirte, y regresas en una hora. Seré lo más respetuoso, honraré tu cuerpo y tu existencia.

Bastó que Pedro dijera eso para que dos lágrimas brotaran del ojo izquierdo de Luis y el cadáver entrara en una relajación más elevada, casi absoluta.

—Comencemos, ¿vale? ¿Tiene alguna pregunta, María? —dijo Pedro, sin recibir respuesta, mientras observaba los rostros cubiertos de lágrimas de aquellos que llegaron de la mano de la ciencia y retomaron por instantes ese oficio milenario de ser humanos.

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