«Malaria», novela de Emiliano Olivares (Cap. 3)

MALARIA DE EMILIANO OLIVARES CENTENO (Cap. 3)

Venezuela

MALARIA

Capítulo 3: El último día feliz

Emiliano Olivares
Ilustración: Yesenia Centeno

CAPÍTULO 3: El último día feliz

Música (guitarra y voz): Connie Méndez, Hoy es tu día.

Hoy es tu día todito el día

Te lo venimos a celebrar

Mucha alegría muchos regalos

Queremos todos colaborar

Que se tu día todita entera

Una linda fiesta de primavera

Que el cielo mismo te la haya dado

Y que sea yo… el primer invitado.

10 de septiembre de 2022 (Domingo). University Village South, Gainesville, FL. 05:40 hrs.

Antonieta, la madre de Caroline, reprodujo el disco de vinilo de Connie Méndez, luego, se apresuró a entrar a la habitación de su hija para despertarla con un abrazo. Ella ya la esperaba con una sonrisa en el rostro.

  • Feliz cumpleaños mi niña bella y hermosa. Dios te bendiga y te proteja y te cuide.
  • ¡Gracias mami!
  • ¡Feliz cumpleaños! – Johannes entró a la habitación ya vestido con indumentaria deportiva.

–           Gracias pa’, ya me arreglo.

En pocos minutos, Caroline fue al baño, se bebió un vaso de agua, otro de jugo de piña y se fue a trotar con su padre alrededor del campus de la Universidad.

Una hora más tarde padre e hija regresaron de trotar, ella le hacía bromas pesadas porque ya no podía superarla.

  • ¿Con 50 te vas a retirar del deporte para siempre, te vas a convertir oficialmente en una morsa?

Él, exhausto, se limitaba a sonreír, lleno de orgullo. – Ya era tiempo, mi niña, ya era tiempo.

 

Al retornar, Antonieta los esperó con el desayuno servido en el pequeño patio posterior de su casa. Cuando se sentaron en la mesa, la madre (de herencia católica) bendijo los alimentos y pidió por el alivio del sufrimiento de los afectados por la llamada malaria radioactiva.

Durante una hora, Caroline discutió (en francés, para practicar el idioma) con su padre sobre geopolítica; a pesar de llegar a desacuerdos álgidos en torno a ciertos temas (especialmente por la reticencia de Johannes hacia los gobiernos de izquierda), siempre primó el respeto. Antonieta intervino de vez en cuando, de forma puntual.

 

En la tarde, a la sempai Caroline le tocó dirigir la clase especial de karate en el dojo de Hans. No era algo extraño para ella, pues ya tenía un par de años siendo la alumna más avanzada.

El dojo era una cabaña rectangular de unos 100 metros cuadrados, piso y columnas de madera y sin paredes. El ex marine hizo esa construcción en el patio de su casa en University College South, a pocas cuadras del hogar de los Andrews.

Las clases especiales de los domingos solían ser principalmente para correcciones técnicas de los katas, bunkai y kumité (combates). Pero durante el 15mo cumpleaños de Caroline, su maestro la sorprendió como nunca antes. Al final de la clase, la llamó al centro del salón y se colocó a medio metro al lado de ella. A continuación, se dirigió a los otros (siete) aprendices presentes:

–           Hoy haré el examen a Caroline para ver si está lista.

–           Sensei, ¿cuál examen? – preguntó una muy sorprendida Caroline.

–           Kuro obi, Primer Dan, ¿cuál más?

–           Sensei, pero me toca dentro de un añ…

–           ¡Yoi! – interrumpió Hans mientras levantó su mano derecha que sostenía un cinturón negro. Al instante, Caroline se puso completamente firme, con los puños cerrados por delante de sus muslos.

Comenzó así el examen. Primero, una larga comprobación del vocabulario. Poco después, Johannes y Antonieta aparecieron en los márgenes del dojo con smartphone en mano para captar en video el evento. Luego, Caroline debió ejecutar los 24 katas correspondientes desde el blanco hasta el negro de la organización Shito Ryu – Buddo Sosei Kai. Por último, tocaban los bunkai, pero…

–           La prueba final, debes vencerme.

Caroline, una quinceañera de 1,60 m de estatura y 50 Kg de peso, se enfrentó a Hans, su sensei de 1,98 m y 110 Kg de puro músculo.

 

Antonieta, angustiada, le susurró en el oído a su marido:

Si estuviésemos en mi Colombia querida, esto sería una fiesta formal, con vestidos, lista de invitados, el baile del vals, mucha comida, miche… cómo hace la gente normal, pues, ¡pero es que tú y tu hija están mal de la cabeza! ¡Ay Diosito, ay Diosito…!

Tras 10 minutos de intenso combate, Caroline se había llevado unos cuantos golpes en el abdomen por parte de su maestro que la dejarían adolorida durante un par de días. Sin embargo, para todos fue muy evidente que la sempai ya estaba lista porque también pudo conectar numerosas veces a Hans.

–           Hacía tiempo que no me divertía así… ¡Yamé, yoi!

Todos los presentes aplaudieron, aunque Antonieta no sabía si reír o llorar. Caroline recibió llena de júbilo el certificado más el cinturón negro que tanto deseaba. Desde ese momento ella oficialmente se convirtió en Primer Dan, a partir de entonces pasó a ser sensei. La quinceañera lloraba de alegría, saltaba, los abrazaba a todos, no podía contenerse.

            Johannes, muy sereno le dijo en voz baja a su esposa:

  • ¿Ves? No había mejor regalo. Estos son sus mejores amigos. Esta es su actividad favorita. Aquí está toda la gente que le importa. Entiendo tu nostalgia, pero una fiesta es lo típico de la gente común. Y tú sabes que tu hija es realmente extraordinaria. Nuestra hija es única.

Pero Antonieta apenas podía contener las lágrimas, si bien, estaba muy feliz por su hija… es que el tiempo ha pasado tan rápido.

Pronto, todos los presentes armaron una fiestecilla. Johannes pidió un delivery de pizza y una torta. Tras cantar cumpleaños, cada uno de los alumnos le dejó un obsequio a Caroline, entre ellos, el regalo de Bruno —el sobrino de 16 años de Hans— le llamó mucho la atención, no por ser un libro de supervivencia en condiciones extremas escrito por Bear Grills, sino por la extensa carta que venía escondida con el presente.

  • Léela en tu casa, por favor – le dijo en voz baja Bruno a Caroline.

A su tío Hans no le hizo mucha gracia el gesto. En cambio, Johannes le picó el ojo a su hija, quien no podía creer que su propio padre estaba bromeando con ella porque tenía un posible pretendiente.

El último regalo fue el de Hans. El papel de regalo rojo brillante cubría un objeto alargado y delgado.

  • ¿Qué es esto, una escoba? No, no, no. No me toca barrer el dojo hoy, es mi cumpleaños, ya te pusiste de malas, maestro. – Dijo Caroline mientras recibió el obsequio con cara (fingida) de decepción.

Hans, inexpresivo, esperó a que su discípula terminara de abrir el envoltorio.

  • Sí, sí es lo que crees.

Los ojos de Caroline se iluminaron una vez más y saltó a abrazar a su maestro, quien trataba de quitársela de encima.

  • No es para tanto, estás sudada, hueles a gorila, ya, ya…

Los shoshinshas más pequeños no entendían por qué una espada de bambú generaba semejante reacción. En cambio, los más avanzados sabían su verdadero significado: el inicio de la formación de Caroline en el arte del manejo de las katanas japonesas.

  • ¡Este día no podía ser más perfecto! – exclamó Caroline.

 

Algunas horas después, Caroline despertó en el sofá de la sala de su casa junto a sus padres, quienes dormían profundamente. Los contempló, sonrió y caminó de puntillas hasta su habitación. Allí, encendió la lámpara de cabecera para comenzar a leer la carta de Bruno.

Querida Caroline:

Escribirte es realmente intimidante, no solo eres la persona más inteligente que he conocido en mi vida, también eres la más fuerte, la más disciplinada y, por supuesto, la más hermosa…

  • Tanta adulación no merece un segundo más de mi descanso – se dijo para sí misma Caroline.

Apagó la luz y se dispuso a dormir. Pero al cabo de un par de minutos, la curiosidad le ganó. Volvió a abrir la carta para continuar de leerla hasta el final.

 

Mi último día realmente feliz.

 

La memoria de su cumpleaños número quince hizo brotar un par de lágrimas en los ojos de Caroline. Pero no hay tiempo para distracciones, pues durante las cinco horas que lleva pedaleando en su bicicleta, su casco de realidad aumentada no deja de mostrarle señales de alerta en forma de triángulos rojos.

La ciclista con traje de astronauta está siendo seguida por una manada de perros salvajes.

10 de septiembre de 2025. 11:19 hrs. El Manteco, N: 7°20'61"; W: 62°33'30".

La localidad del estado Bolívar conocida como El Manteco aparece resaltada por el casco AR de Caroline como un holograma de color gris. Antes de llegar al pueblo, ella solo se consiguió una carretera maltrecha rodeada en ambos márgenes por extensiones inmensas de Tierra amarilla erosionada, sin vegetación, con señales de excavaciones mineras por doquier.

El panorama dentro del caserío no es muy diferente. Todas las calles y las casas parcialmente demolidas están cubiertas de polvo y barro seco. En la mayoría de las paredes que quedan en pie, hay manchas de sangre vieja y marcas de balas. También se ven algunos vehículos desvalijados, así como huesos de personas regados en algunas esquinas.

Entonces Caroline recuerda brevemente las noticias sobre las masacres constantes perpetradas por guerrilleros y los «pranes» (jefes de las cárceles venezolanas) en su lucha eterna por el control de las minas de oro.

 

Esto ya era un infierno antes de la Malaria radioactiva.

 

Caroline se detiene en el centro del pueblo, justo en donde su casco le indica que debe girar hacia la izquierda para seguir su rumbo hacia el sur. Entre las pocas edificaciones intactas, le llama la atención un local; probablemente, era un frigorífico.

Será un buen sitio para descansar, pero…

Los perros salvajes han alcanzado a Caroline. Se trata de antiguos canes domésticos de raza mestiza cuyos instintos primitivos de organización en jaurías han resurgido para poder sobrevivir.

Caroline desenvaina sus dos espadas, sube al techo de un auto [Malibu Classic] abandonado. Observa a los perros acercarse lentamente, formando un círculo alrededor de ella, ladrando.

La escena parece en cámara lenta hasta que sorprendentemente los perros se paralizan, levantan la cabeza un segundo y se alejan espantados entre las casas. El casco AR de Caroline revela a la verdadera amenaza en forma de una silueta roja, identificada como:

Panthera onca, 310 – 320 Kg. Hembra.

Distancia aproximada 92 m.

Un jaguar tan grande como el vehículo sobre el cual está Caroline viene por la calle principal con cierta lentitud y sus ojos rojos fijos en la muchacha. Los asombrosos músculos del felino de pelaje terso amarillo y marrón delatan que ya está listo para arremeter.

En ese instante, una aterrada Caroline maldice su propia estupidez por haber dejado la ametralladora en la represa.

¡En qué coño estaba pensando?

Solo le queda su pistola 9 mm.

Cuando el jaguar arranca a correr, Caroline clava sus espadas en el techo del auto, saca su pistola, destraba el seguro, se arrodilla, apunta con sus dos manos y descarga todas las balas en la cabeza del depredador que tarda solo tres segundos en llegar hasta ella.

El jaguar salta sobre Caroline, quien sale disparada cual barajita dando vueltas por el aire un par de metros hasta chocar aparatosamente contra una pared.

Caroline grita de dolor, empapando el interior del casco con su aliento desesperado. El jaguar logró conectar un zarpazo en el muslo derecho, causándole tres cortes que traspasaron su traje protector.

 

¡PLOFT¡

 

El jaguar cae a un metro de ella. Resulta que Caroline aprovechó cuando el jaguar abrió su boca para morderla y clavó sus dos espadas en el paladar del felino, atravesando su cráneo desde adentro. Además, el jaguar «apenas» pudo tocarla porque Caroline les atinó a los ojos mientras se acercaba, es decir, el depredador la golpeó a ciegas.

Pero no hay tiempo que perder. La sangre brota abundantemente de la pierna herida de la chica. En consecuencia -sin levantarse del suelo- se apresura a buscar unas tiras de goma dentro de su mochila para aplicarse un torniquete ella misma.

A continuación, Caroline se arrastra hasta el jaguar. El dolor no le permite ponerse en pie. Cuando ya está a su lado, observa con asombro como las balas incrustadas en el cuero del felino parecen garrapatas. Asimismo, de la boca del depredador sobresalen las empuñaduras de sus katanas.

Con gran esfuerzo Caroline recupera sus espadas. Utiliza una de ellas a modo de bastón, se levanta y camina torpemente unos metros para recoger su pistola. Mira en todas direcciones para cerciorarse de no haber más amenazas.

–           Función, traje: modo de emergencia.

Entonces, Caroline marca en la pantalla de su casco el antiguo frigorífico en donde desea refugiarse. Son 41 metros de distancia. Antes de avanzar, Caroline se prepara una inyección con mepivacaína (anestésico local) y se la coloca directamente en el músculo cercano a la herida. Después, se aplica un spray grisáceo antiséptico que también funciona como coagulante.

Cada paso es una tortura. Casi se desmaya dos veces, pero su traje soltaba un gas especial con nicotina y Shizandra para mantenerla despierta.

Finalmente, Caroline llega al local. Su objetivo es encerrarse en la cava-cuarto para poder desinfectar y suturar adecuadamente la herida en su cuádriceps. Si bien, antes de meterse allí, arroja una esfera de aluminio del tamaño de una pelota de golf, extraída de uno de los bolsillos de su traje.

–           Función, traje: panel de control.

Caroline busca en el holograma de su muñeca izquierda el ítem «UV – US balls» para activar la esfera. Una vez accionada, la pelota se abre diametralmente expulsando una intensa luz ultravioleta que ilumina el interior de la cava. Simultáneamente, el casco AR se oscurece inmediatamente para proteger la visión de la portadora.

La esfera igualmente emite un ultrasonido de baja frecuencia capaz de ahuyentar cualquier insecto, incluyendo a los Anopheles tsinumoc.

Caroline entra a la cava-cuarto. Solo desactiva la esfera cuando ya han transcurrido 30 segundos desde que cerró la puerta hermética.

Enciende las luces ubicadas en las hombreras de su traje. Entonces, se percata de los numerosos trozos de envoltorios plásticos esparcidos por el piso del recinto, los cuales, ¿solían ser utilizados para empacar cárnicos?… No, los restos de vegetales secos evidencian otro rubro muy diferente: marihuana.

 

Caroline se desviste; queda en ropa interior deportiva. Las luces del traje iluminan parte del suelo metálico de la cava, cuyas dimensiones son 5 metros de largo por 3 y medio de ancho y 2 de alto. Ella se encuentra un poco mareada porque el nivel de ultrasonido necesario para espantar a los zancudos es bastante perjudicial para los seres humanos. Es más, su nariz está sangrando. Pero ese es el menor de sus problemas.

Ella busca un kit de primeros auxilios dentro de su bolso. Aplica un gel desinfectante especial, causante de un ardor insoportable (aun cuando ya se ha inyectado analgésico). Luego, con una pinza pequeña se pone a extraer los restos del kevlar de su traje cortados por el jaguar (ahora incrustados en el músculo).

Por último, toma un pequeño dispositivo parecido a una engrapadora diseñado para colocar puntos de sutura; 10, 18 y 12, respectivamente, en cada corte del zarpazo.

No fue peor debido a la protección del traje, la pantera podría haberme arrancado la pierna. Pude haber muerto el mismo día de mi cumpleaños. ¡Qué irónico!

Caroline se desploma sobre el piso, respira aliviada. Sin embargo, al cabo de unos minutos sus pulsaciones aumentan, la respiración se le hace entrecortada y siente un peso monumental en su pecho.

Estoy entrando en shock postraumático.

Para calmarse, se inyecta en una nalga una dosis concentrada de benzodiacepinas de absorción rápida extraída del kit médico.

 

Caroline se queda dormida.

 

            Una señal de alarma se enciende en el casco AR al mismo tiempo que se oye un rugido estruendoso afuera de la cava-cuarto.

            Los sonidos despiertan a una confundida Caroline, quien todavía no distingue bien si está soñando. En realidad, no quiere despertarse porque estaba soñando con Bruno y todavía tiene vívidas las imágenes de sus primeros besos en un cine de Gainesville.

            Mientras se incorpora, recuerda brevemente que también soñó (memorias) de sus padres y de Hans.

¡URROAARGH!

            El rugido (del monstruo de afuera) se escucha muy claro dentro de la cava, a pesar de ser hermética. Por ello, Caroline comienza a vestirse con su traje protector especial. Pero no se apresura, pues está meditando sobre sus propias acciones.

El casco muestra:

11 de septiembre de 2025. 00:02 hrs.

     El Manteco, N: 7°20’59»; W: 62°33’26».

     Batería baja.

            Caroline enciende la luz azul (bitácora) de su indumentaria inteligente para grabar sus reflexiones.

            Este es un recordatorio para Caroline Antonieta Andrews Granadillo:

No puedo seguir de esta manera, sino voy a morir. Con total seguridad, moriré si no modifico mi conducta soberbia. Debo entender que no debo volver a exponerme de esa manera.

Gritar a unos caníbales que no tienen conciencia no es inteligente. Vengarme de ellos porque mataron a mi maestro no tiene sentido. Yo soy quien debe conseguir la cura, yo voy a encontrar al paciente cero y voy a fabricar una cura. Yo puedo salvarlos a ellos para que las vidas de mis padres, la de Bruno, la de Kai-Jin y la de mi sensei Hans, no se hayan perdido para nada.

Dejar la ametralladora en la represa fue un suicidio, enfrentarme a un montón de caníbales solo con dos katanas, también. El jaguar casi me manda al otro mundo. ¿Acaso deseo morir, me estoy volviendo loca, estoy buscando la muerte intencionalmente? Pedalear más de cinco horas seguidas totalmente al descubierto con una bicicleta que no sé bien de dónde salió… no demuestra mucho sentido común.

Si cumplí 18 años, no es relevante para la misión.

[Se le quiebra la voz]

Lo verdaderamente importante es sobrevivir, porque si sobrevivo podré honrarlos, si sobrevivo sus muertes no serán en vano. Todo pued…

¡POWN!

            Un golpe hace vibrar toda la cava-cuarto, una convaleciente Caroline es incapaz de mantener el equilibrio, pero se levanta rápidamente y apaga las luces de su traje.

  • Función, casco: visión infrarroja.

¡POWN!

            La puerta de la cava-cuarto es arrancada.

            Caroline, horrorizada, contempla como dos manos casi tan grandes como ella misma separan la apertura y el techo del recinto. Los pedazos de metal parecen papel periódico entre los dedos del monstruo que viene a matarla.

            El casco AR de Caroline le muestra a un caníbal de casi tres metros de estatura y aproximadamente 350 Kg de peso. Sus ojos sangrantes destilan una furia inconmensurable. Sus músculos y venas abundantes evidencian una presión arterial ultra elevada, inviable para cualquier vertebrado, pero de alguna manera ese bicho ruge, patea y camina.

            Caroline está acorralada. Para colmo de males, su movilidad no es muy buena, por consiguiente, las chances de escabullirse son casi cero. Una vez más, ella se lamenta por haber dejado la ametralladora. De todas maneras, desenvaina las espadas.

  • ¡Si voy a morir, voy a morir peleando, maldito! – grita Caroline (en realidad, ninguna de sus palabras se escucha por fuera de su casco hermético).

Sin embargo, cuando el monstruo está a punto de tomarla con sus gigantescas manos, Caroline vislumbra una esperanza.

El caníbal está desnudo.

El instinto de Caroline le hace cambiar la empuñadura de su mano derecha para usar su katana a modo de lanza. Acto seguido, la habilidosa muchacha clava esa espada en uno de los enormes testículos del caníbal.

El monstruo cae arrodillado, gritando. Comienza a lanzar manotazos desesperadamente hasta que uno de los embates alcanza a Caroline por el casco y la hace rebotar contra la pared de la cava. Afortunadamente, su mochila amortigua el brutal impacto. Pero el casco (aún sin romperse) está fracturado. Además, varios de los puntos de la herida en el muslo derecho de Caroline se abren.

El monstruo se retuerce de dolor. El piso de la cava queda cubierto de un charco de sangre negra. Mientras el caníbal intenta quitarse la espada de su testículo izquierdo, Caroline aprovecha la distracción del enemigo para impulsarse y enterrar su otra espada en el ojo derecho del caníbal.

El esfuerzo del salto produjo una nueva hemorragia en la pierna de Caroline, por esta razón, cae llorando a causa del dolor en su cuádriceps. Frente a ella, el caníbal permanece sentado sobre sus tobillos, inmóvil, en silencio, con media espada clavada en su ojo derecho y una mirada vacía en su ojo izquierdo.

El tiempo parece detenerse. Transcurren 10, 15, 20 segundos, un minuto…

Caroline consigue levantarse. Nota su boca completamente seca.

  • Función, traje: hidratación. – Caroline bebe abundantemente a través de una pajilla una solución rica en hidrolitos proveída por su traje inteligente. Ella está muy deshidratada a causa de sus hemorragias, de paso, nunca había llorado tanto en su vida.

Termina de sacar la espada clavada en el testículo del caníbal; la limpia con la propia piel del monstruo antes de colocarla en una de las vainas que lleva en su espalda.

Cuando agarra la empuñadura de la espada clavada en el ojo derecho del caníbal, Caroline siente como una mano gigantesca la toma por el tronco para luego hacerla volar hacia afuera de la cava.

 

Aterriza en la calle.

 

Al abrir los ojos, Caroline tiene la cara apoyada contra el asfalto… Su casco se ha quebrado por completo. Siente las astillas de fibra de carbono clavadas en sus mejillas.

Ya no tiene fuerzas para moverse. El dolor de su pierna parece infinito.

Resignada, Caroline solo desea el fin de todo su sufrimiento.

 

El caníbal indestructible se acerca con pasos lentos, pesados, hasta donde ella yace para asestarle el golpe de gracia. Él mismo se ha quitado la espada del ojo, no obstante, la sangre negra abundante en su rostro se ha coagulado muy rápidamente.

Caroline pasa del terror y del dolor a una sensación extraña de alivio mientras espera lo inevitable.

 

Sea como sea, es el final. Es mejor morir como una guerrera a morir infectada por los malditos Anopheles.

 

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Continuará…

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Síntesis biográfica de Emiliano Olivares

19 de abril de 1984

Estudios en Biología Marina en la Universidad de Oriente Núcleo Nueva Esparta. Productor audiovisual y documentalista. Miembro desde el año 2013 del circuito de artesanos (especialista en taparo) de la Fundación Empresas Polar. Actualmente trabaja como acuicultor y redactor de artículos científicos y literarios para internet.

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