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“Lección poética” de Leandro Fernández de Moratín

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Lección poética, sátira de Leandro Fernández de Moratín

España

LECCIÓN POÉTICA

Leandro Fernández de Moratín

Apenas, Fabio, lo que dices creo,

y leyendo tu carta cada día

más me confunde cuanto más la leo.

 

¿Piensas que esto que llaman poesía,

cuyos primores se encarecen tanto,

es cosa de juguete o fruslería?

 

¿O que puede adquirirse el numen santo

del dios de Delo, a modo de escalada,

o por combinación o por encanto?

 

Si en las escuelas no aprendiste nada,

si en poder de aquel dómine pedante

tu banda siempre fue la desgraciada,

 

¿por qué seguir procuras adelante?

Un arado, una azada, un escardillo,

para quien eres tú, fuera bastante.

 

De cólera te pones amarillo;

las verdades te amargan, ya lo advierto:

no quieres consultor franco y sencillo.

 

Pues hablemos en paz, que es desacierto

desengañar al que error desea,

vaya por donde va, derecho o tuerto.

 

Dígote, en fin, que es admirable idea

en tu edad cana acariciar las musas

y trepar a la fuente pegasea.

 

Pues si el aceite y la labor no excusas,

y prosigues intrépido y constante,

en ti sus gracias lloverán infusas.

 

Los conceptillos te andarán delante,

versos arrojarás a borbotones,

tendrás en el tintero el consonante.

 

¡Qué romances harás y qué canciones!

¡Y qué asuntos tan lindos me prometo

que para tus opúsculos dispones!

 

¡Qué gracioso ha de estar y qué discreto,

un soneto al bostezo de Belisa,

al resbalón de Inés otro soneto!

 

Una dama tendrás, cosa es precisa;

bellísima ha de ser, no tiene quite,

y llamarásla Filis o Marfisa.

 

Dila, que es nieve, cuando más te irrite;

nieve que todo el corazón te abrasa,

y el fuego de tu amor no la derrite.

 

Y si tal vez en el afecto escasa,

pronuncia con desdén sonoro hielo;

breve disgusto que incomoda y pasa,

 

dirás, que el encendido Mongibelo

de tu pecho, entre llamas y cenizas,

corusca crepitante y llega al cielo.

 

Si tu pasión amante solemnizas,

no olvides redes, lazos y prisiones,

en donde voluntario te esclavizas.

 

Pues si el cabello a celebrar te pones,

más que los rayos de titán hermoso,

¡qué mérito hallarás, qué perfecciones!

 

Dila, que el alma, ajena de reposo,

nada golfos de luz ardiente y pura,

en crespa tempestad del oro ondoso.

 

Llama a su frente espléndida llanura,

corvo luto sus cejas, o süaves

arcos, que flecha te clavaron dura.

 

Cuando las luces del Olimpo alabes,

apura, por tu vida, en el asunto

las travesuras métricas que sabes.

 

Di que su cielo, del cenit trasunto,

dos soles ostentó, por darte enojos,

que si se ponen quedarás difunto.

 

Y al aumentar tu vida sus despojos,

se lava el corazón, y el agua arroja

por los tersos balcones de los ojos.

 

Y tu amor, que en el llanto se remoja,

en él se anea, y sufre inusitados

males muriendo, y líquida congoja.

 

Di, que es pensil su bulto de mezclados

clavel y azahar, y abeja revolante

tú, que libas sus cálices pintados.

 

La boca celestial, que enciende amante

relámpagos de risa carmesíes,

alto asunto al poeta que la cante,

 

hará a que en su alabanza desvaríes,

llamándola de amor ponzoña breve,

o madreperla hermosa de rubíes.

 

Al pecho, inquieta desazón de nieve,

blanco, porque Cupido el blanco puso

en él, y en blanco te dejó el aleve.

 

Y di que venga un literato al uso,

con su Luzán y el viejo estagirita,

llamándote ridículo y confuso.

 

Que yo sabré con férula erudita

hacerle que enmudezca arrepentido,

por sectario de escuela tan maldita.

 

Así también hubiéramos vencido

el venusto rigor de esa tirana,

tigre de rosa y alhelí vestido.

 

Mas quiero suponer que la inhumana

rasgó tus ovillejos y canciones,

y todas las tiró por la ventana.

 

No importa, así va bien. Luego compones

diez o doce lloronas elegías,

llenándola de oprobios y baldones.

 

No te puedo prestar ningunas mías;

pero tres me dará cierto poeta,

largas, eternas, y sin arte, y frías.

 

Dirás que tanto la pasión te aprieta,

que mueres infeliz y desdeñado.

¡Inexorable amor! ¡Fatal saeta!

 

El cuerpo dejarás al verde prado,

el alma al cielo de tu dama hermosa

y serás en su olvido sepultado.

 

Y en lugar de escribir: «Aquí reposa

Fabio, que se murió de mal de amores;

culpa de una muchacha melindrosa»,

 

detendrás a las ninfas y pastores,

para que una razón prolija lean

de todas tus angustias y dolores.

 

Bien que los sabios, si adquirir desean

fama y nombre inmortal, no solamente

en un sujeto su labor emplean.

 

Olvida, amigo, esa pasión doliente;

hartas quejas oyó, que murmuraba

con lengua de cristal, pícara fuente.

 

No siempre el alma ha de gemir esclava;

déjate ya de celos y rigores,

y el grave empeño que elegiste acaba.

 

Que ya te ofrecen mil aparadores,

transformadas las salas en bodega,

espíritus, aceites y licores.

 

Suena algazara: cada cual despega

un frasco y otro, la embriagada gente

empieza a improvisar… ¿Y quién se niega?

 

¿Qué vale componer divinamente,

con largo estudio, en retirada estancia,

si delirar no sabes de repente?

 

Cruzan las copas, y entre la abundancia

de los brindis alegres de Lieo,

se espera de tu musa la elegancia.

 

Mira a Camilo, desgreñado y feo,

ronca la voz, la ropa desceñida,

lleno de vino y de furor pimpleo,

 

cómo anima el festín, y la avenida

de coplas suyas con estruendo suena,

de todos los oyentes aplaudida.

 

La quintilla acabó; los vasos llena

fiel asistente de licor precioso;

vuelve a beber y a desatar la vena.

 

Bomba, bomba, repite el bullicioso

concurso, y cuatro décimas vomita

con pie forzado el bacanal furioso.

 

¿Y qué, tú callarás? ¿Nada te excita

a mostrar de tu numen la aflüencia,

cuando la turba improvisante grita?

 

¿Temes? Vano temor. La competencia

no te desmaye, y las profundas tazas

desocupa y escurre con frecuencia.

 

Ya te miro suspenso, ya adelgazas

el ingenio, y buscando consonante,

en hallarle adecuado te embarazas.

 

¿A qué fin? Con medir en un instante,

aunque no digan nada, cuatro versos

mezclados entre sí, será bastante.

 

¿Juzgas acaso que saldrán diversos

de los que dieron a Camilo fama,

o más duros tal vez, o más perversos?

 

No porque alguno Píndaro le llama,

oyendo su incesante tarabilla,

pienses que numen superior le inflama.

 

Los muchachos le siguen en cuadrilla,

pues su musa pedestre y juguetona

es entretenimiento de la villa.

 

Si arrebatarle quieres la corona

y hacer que calle, escucha mis ideas

y estimarás al doble tu persona.

 

Chocarrero y bufón quiero que seas,

cantor de cascabel y de botarga:

verás qué aplauso en Avapiés granjeas.

 

Con tal autoridad, luego descarga

retruécanos, equívocos, bajezas,

y en ellas mezclarás sátira amarga.

 

Refranes usarás y sutilezas

en tus versillos, bufonadas frías,

y mil profanaciones y torpezas.

 

Y esta compilación de boberías

al público darás, de tomo en tomo,

que ansioso comprará lo que le envías,

 

porque el ingenio más agreste y romo

con obras de esta especie se recrea,

como tú con las gracias de Jeromo.

 

Mas si tu orgullo obscurecer desea

al lírico famoso venusino,

con quien un preceptista me marea,

 

aparta de sus huellas el camino,

huye su estilo atado de pedante,

que inimitable llaman y divino.

 

Canta en idioma enfático-crispante

de las deidades chismes celebrados,

sin perdonar la barba del tonante.

 

Pinta en Fenicia los alegres prados,

la niña de Agenor y sus doncellas,

los nítidos cabellos destrenzados,

 

que, dando flores al abril sus huellas,

la orilla, que de líquido circunda

Argento Doris, van pisando bellas.

 

Al motor de la máquina rotunda,

que enamorado pace entre el armento

la hierba, de que opaca selva abunda.

 

La ninfa al verle, ajena de espavento,

orna los cuernos y la espalda preme;

sin recelar lascivo tradimento.

 

Ya los recibe el mar; la virgen treme,

y al juvenco los álgidos undosos

piélagos, hace duro amor que reme.

 

Ella, los astros ambos lacrimosos,

reciprocando aspectos cintilantes,

prorrumpe en ululatos dolorosos,

 

curas quejas entorno redundantes,

de flébiles ancilas repetidas,

los antros duplicaron circunstantes.

 

Mas Creta ofrece playas extendidas,

prónuba al dulce amplexo apetecido

pudicias inermes ya vencidas.

 

Huye gozoso Amor, y agradecido

Jove, fecunda sobole promete

que imperio ha de regir muy extendido.

 

Apolo, antojadizo mozalbete,

asunto digno de tu canto sea,

cuando tras Dafne intrépido arremete.

 

La locura también faetontea

celebrarás, y el piélago combusto,

que en flagrantes incendios centellea.

 

Y muera de livor el Zoilo adusto,

al notar de estas obras los primores,

la dicción bella, el delicado gusto.

 

Al ver llamar estrellas a las flores,

líquido plectro a la risueña fuente,

y a los jilgueros prados voladores.

 

Vegetal esmeralda floreciente

al fresco valle, y al undoso río

sierpe sonora de cristal luciente.

 

Pero si has de llamarte alumno mío,

despreciando de Laso la cultura,

con ceño magistral y agrio desvío,

 

habla erizada jerigonza oscura,

y en gálica sintaxis mezcla voces

de añeja y desusada catadura,

 

copiando de las obras que conoces,

aquella molestísima reata

de frases y metáforas feroces.

 

Con ella se confunde y desbarata

la hispana lengua, rica y elegante,

y a Benengeli el más cerril maltrata.

 

Cualquiera escritorcillo petulante

licencia tiene, sin saber el nuestro,

de inventar un idioma a su talante

 

que él solo entiende; y ensartando diestro

sílabas, ya es autor y gran poeta,

y de alumnos estúpidos maestro.

 

Mas ya te llama el son de la trompeta,

de nuestros cides los heroicos hechos,

tanta nación a su valor sujeta.

 

Rompe, amigo, los vínculos estrechos,

las duras reglas atropella osado,

vencidos sus estorbos y deshechos.

 

Y el numen lleno de furor sagrado

«canto, dirás, el héroe furibundo,

a dominar imperios enseñado,

 

que dando ley al báratro profundo

su fuerte brazo, sujetó invencible

la dilatada redondez del mundo.»

 

Principio tan altísono y horrible,

proposición tan hueca y espantosa,

que deje de agradar es imposible.

 

No como aquel que dijo: Canta, diosa,

la cólera de Aquiles de Peleo,

a infinitos aquivos dolorosa.

 

Porque el estilo inflado y giganteo,

dejando a los lectores atronados,

causa mudo estupor, llena el deseo.

 

Dos caminos te ofrezco, practicados

ya por algunos admirablemente;

escoge, que los dos son extremados.

 

Sigue la historia religiosamente,

y conociendo a la verdad por guía,

cosa no has de decir que ella no cuente.

 

No finjas, no, que es grande picardía;

refiere sin doblez lo que ha pasado,

con nimiedad escrupulosa y pía.

 

Y en todo cuanto escribas ten cuidado

de no olvidar las fechas y las datas,

que así lo debe hacer un hombre honrado.

 

Si el canto frigidísimo rematas,

despediraste del lector prudente

que te sufrió, con expresiones gratas,

 

para que de tu libro se contente

y aguarde el fin del lánguido suceso,

de canto en canto, el mísero paciente.

 

Mas no imagines, Fabio, que por eso

te aplaudirán tus versos desdichados;

crítica sufrirán, zurra y proceso.

 

Dirán que los asuntos, adornados

con episodios y ficción divina,

se ven de tu epopeya desterrados.

 

Que es una historia insípida y mezquina,

sin interés, sin fábula, sin arte;

que el menos entendido la abomina.

 

Pero yo sé un ardid para salvarte,

dejándolos a todos aturdidos;

oye, que el nuevo plan voy a explicarte.

 

Después que entre centellas y estampidos

feroz descargues tempestad sonora,

y anuncies hechos ciertos o fingidos;

 

exagera el volcán que te devora,

que ceñirse del alma no consiente,

e invoca a una deidad tu protectora.

 

Luego amontonarás confusamente

cuanto pueda hacinar tu fantasía,

en concebir delirios eminente.

 

Botánica, blasón, cosmogonía,

náutica, bellas artes, oratoria,

y toda la gentil mitología;

 

sacra, profana, universal historia,

y en esto, amigo, no andarás escaso,

fatigando al lector vista y memoria.

 

Batallas pintarás a cada paso,

entre despechadísimos guerreros

que jamás de la vida hicieron caso.

 

Mandobles ha de haber y golpes fieros,

tripas colgando, sesos palpitantes,

y muchos derrengados caballeros.

 

Desaforadas mazas de gigantes,

deshechas puentes, armas encantadas,

amazonas bellísimas, errantes.

 

A espuertas verterás, a carretadas,

descripciones de todo lo criado,

inútiles, continuas y pesadas.

 

¡Oh!, cómo espero que mi alumno amado

ha de lucir el singular talento,

Febo, que a tu pesar ha cultivado.

 

¡Cuánta aventura, y cuánto encantamento!

¡Cuántos enamorados campeones!

¡Cuánto jardín y alcázar opulento!

 

Pondrás los episodios a millones;

y el héroe miserable no parece,

que no le encontraran ni con hurones.

 

Pero, ¿cómo ha de ser? Si le acontece

que un mago en una nube le arrebata,

y con él por los aires desparece.

 

En un valle oscurísimo remata

el viejo endemoniado su carrera,

y al huésped a cumplidos le maltrata.

 

Baja a una gruta inhabitable y fiera,

sepulcro de los tiempos que han pasado,

y le entretiene allí, quiera o no quiera.

 

¡Cuánta vasija y unto preparado

tiene! ¡Cuánto ingrediente venenoso!

Que al triste que lo ve deja admirado.

 

Allí le enseña en un artificioso

cristal, la descendencia dilatada,

que el nombre suyo ha de ilustrar famoso.

 

Y mira una ficción muy adecuada;

pues aunque algún censor la culparía,

de impertinente, absurda y dislocada,

 

siempre logras con esta fechoría

el linaje ensalzar de tu Mecenas,

que no te faltará, por vida mía.

 

Y si tales patrañas son ajenas

de su alcurnia, ¿qué importa? Si conviene,

con Héctor el troyano le encadenas:

 

porque un poeta facultades tiene

sin límite ni cotos, escribiendo

todo cuanto a la pluma se le viene.

 

Pero ya me parece que estoy viendo

sobre un carro de fuego remontados,

los dos amigos que la van corriendo.

 

¡Válame Dios!, y qué regocijados,

gentes, ciudades, reinos populosos

examinan, y climas ignorados.

 

De Libia los desiertos arenosos,

el hondo mar que hinchado se alborota,

montes nevados, prados olorosos.

 

De la septentrional playa remota,

al cabo que dobló Vasco de Gama,

el sabio Tragasmón registra y nota.

 

Vuelve después donde la ardiente llama

del sol se oculta, al expirar el día,

dándole Tetis hospedaje y cama.

 

Y en su precipitada correría,

al huésped volador hace patente

cuanto de Europa el ancho mar desvía.

 

Muda el auriga hacia el rosado oriente

el rumbo, y a los reinos de la aurora

los lleva el carro de propo ardiente…

 

Pero de un criticón me acuerdo ahora,

grave, tenaz, ridículo, pedante,

que vierte hiel su lengua detractora.

 

¡Cómo salta de cólera al instante

con estas invenciones! ¡Cuál blasfema!

Si se llega a irritar, no hay quien le aguante.

 

No quiere que haya encantos, ¡linda tema!

Ni vestiglos, ni estatuas habladoras,

y el libro en que lo halló desgarra y quema.

 

Si al héroe por acaso le enamoras

de una beldad que yace encastillada,

guardándola un dragón a todas horas;

 

y el caballero de una cuchillada

al escamoso culebrón degüella,

mi crítico infernal luego se enfada.

 

Ni hay que decirle, que la tal doncella

es hermana del sabio Malambruno,

el cual su doncellez así atropella,

 

que a dura cárcel, soledad y ayuno,

por un chisme no más la ha reducido

sin que sepa sus lástimas ninguno.

 

No señor, nada basta; enfurecido,

contra el mísero autor se despepita,

y en nada el inocente le ha ofendidos.

 

¡Abundancia infeliz! ¡Vena maldita!

Dice en horrenda voz, que impetuosa

como turbio raudal se precipita.

 

El gusto y la razón, en verso, en prosa,

la invención rectifiquen; que sin esto,

jamás se acertará ninguna cosa.

 

Mi patria llora el ejemplar funesto;

su teatro en errores sepultado,

a la verdad y a la belleza opuesto,

 

muestra lo que produce el estragado

talento, que sin luz se descamina,

de la docta elección abandonado.

 

Nuevo rumbo siguió, nueva doctrina,

la hispana musa, y desdeñó arrogante

la humilde sencillez griega y latinas

 

dio a la comedia estilo retumbante,

figurado, sutil, o tenebroso;

de la debida propiedad distante.

 

Halló en la escena el vulgo clamoroso

pintadas y aplaudidas las acciones

a que le inclina su vivir vicioso.

 

Y en vez de dar un freno a sus pasiones,

en la enseñanza de verdades puras,

mezcladas entre honestas invenciones,

 

oye solo mentiras y locuras,

celebra y paga enormes desaciertos,

y de juicio y moral se queda a oscuras.

 

¡Qué es ver saltar entre hacinados muertos,

hecha la escena campo de batalla,

a un paladín, enderezando tuertos!

 

¡Qué es ver, cubierta de loriga y malla,

blandir el asta a una mujer guerrera,

y hacer estragos en la infiel canalla!

 

A cada instante hay duelos y quimeras,

sueños terribles que se ven cumplidos,

fatídico puñal, fantasma fiera,

 

desfloradas princesas, aturdidos

enamorados, ronda, galanteo,

jardín, escala y celos repetidos.

 

Esclava fiel, astuta en el empleo

de enredar una trama delincuente,

y conducir amantes al careo.

 

Allí se ven salir confusamente

damas, emperadores, cardenales,

y algún bufón pesado e insolente.

 

Y aunque son a su estado desiguales;

con todos trata, le celebran todos,

y se mezcla en asuntos principales.

 

Allí se ven nuestros abuelos godos,

sus costumbres, su heroica bizarría,

desfiguradas de diversos modos.

 

Todo arrogancia y falsa valentía

todos jaques, ninguno caballero,

como mi patria los miró algún día.

 

No es más que un mentecato pendenciero

el gran Cortés, y el hijo de Jimena

un baladrón de charpas y jifero.

 

Cinco siglos y más, y una docena

de acciones junta el numen ignorante,

que a tanto delirar se desenfrena.

 

Ya veis los muros de Florencia o Gante:

ya el son del pito los transforma al punto

en los desiertos que corona Atlante.

 

Luego aparece amontonado y junto,

así lo quiere mágico embolismo,

Dublin y Atenas, Menfis y Sagunto.

 

Pero ¿qué mucho? Si en el drama mismo

se ven patentes las eternas penas,

y el ignorado centro del abismo.

 

Las llamas, pinchos, garfios y cadenas;

repitiéndose mísero lamento

por las estancias de dolores llenas.

 

¡Oh! ¡Qué abominación! Dice el sangriento

censor injusto, y dando manotadas,

se levanta furioso del asiento.

 

Estas críticas, Fabio, son dictadas

por envidia y no más, si bien lo miras,

y no deben de ti ser escuchadas.

 

Las que repasas sin cesar y admiras

insignes obras, a pesar de ingratos,

te llevarán al término a que aspiras.

 

Más te prometo. Los alegres ratos

que te visite el apolíneo coro,

no los has de vender nada baratos.

 

Pues aunque el tema popular no ignoro,

de que Cintio corona los poetas

de verde lauro, y no de perlas y oro,

 

las más descabelladas e indiscretas

farsas, te llenarán de patacones

los desollados cofres y gavetas.

 

Sí, Fabio, las obrillas que dispones

las hemos de vender todas al peso;

y algo me tocará por mis lecciones.

 

Tu vena redundante hasta el exceso,

que no conoce reglas ni camino,

es lo que se requiere para eso.

 

Suelta toda la presa del molino,

haz comedias sin número, te ruego,

y vaya en cada frase un desatino.

 

Escribe dos, y luego siete, y luego

imprime quince, y trama diez y nueve,

y a tu musa venal no desasosiego.

 

Harás que horrendos fabulones lleve

cada comedia y casos prodigiosos;

que así el humano corazón se mueve.

 

Salga el carro del sol, y los fogosos

Flegón y Etonte; salga Citerea

mayando en estribillos enfadosos.

 

Diversa acción cada jornada sea,

con su galán, su dama y un criado,

que en dislates insípidos se emplea.

 

Echa vanos escrúpulos a un lado,

llena de anacronismos y mentiras

el suceso que nadie habrá ignorado.

 

Y si a agradar al auditorio aspiras,

y que sonando alegres risotadas,

él te celebre, cuando tú deliras,

 

del apuro arrojen a las estacadas

moros de paja, si el asalto ordenas,

y en ellos el gracioso dé lanzadas.

 

Si del todo la pluma desenfrenas,

date a la magia, forja encantamientos

y salgan los diablillos a docenas.

 

Aquí un palacio vuele por los vientos,

allí un vejete se transforme en rana:

todo asombro ha de ser, todo portentos.

 

De la historia oriental, griega y romana

copiarás los varones celebrados,

que el pueblo admitirá de buena gana.

 

Héctor, Ciro, Catón, y los soldados

fuertes de Aníbal, con su jefe adusto,

todos los pintarás enamorados.

 

Verás qué diversión, verás qué gusto,

cuando lloren de Fátima el desvío

Tarif, o Muza, o Alcamán robusto.

 

Que ciegos de amoroso desvarío,

la llaman en octavas y tercetos:

mi bien, mi vida, encanto dulce mío.

 

Tus galanes serán todos discretos,

y la dama, no menos bachillera,

metáforas derrame y epítetos.

 

¡Qué gracia, verla hablar como si fuera

un doctor in utroque! Ciertamente

que esto es un pasmo, es una borrachera.

 

Ni busques lo moral y lo decente

para tus dramas, ni tras ello sudes;

que allí todo se pasa y se consiente,

 

todo se desfigura: no lo dudes;

allí es heroicidad la altanería,

y las debilidades son virtudes.

 

Y lo que Poncio alguna vez decía,

de que el pudor se ofende y el recato…

Pero, ¡qué!, si es aquella su manía.

 

Mil lances ha de haber por un retrato,

una banda, una joya, un ramillete;

con lo de infiel, traidor, aleve, ingrato.

 

La dama ha de esconder en su retrete

a dos o tres galanes rondadores,

preciado cada cual de matasiete.

 

Riñen, y salta por los corredores

el uno de ellos al jardín vecino;

y encuentra allí peligros no menores.

 

El padre oyendo cuchilladas vino,

y aunque es un tanto cuanto malicioso;

traga el enredo que Chichón previno.

 

Pero un primo frenético y celoso

lo vuelve a trabucar, de tal manera,

que el viejo está de cólera furioso.

 

Salen todos los yernos allí fuera:

la dama escoge el suyo, y la segunda

se casa de rondón con un cualquiera.

 

¡Oh, vena sin igual, rara y fecunda,

la que tales primores recopila,

y en lances tan recónditos abunda!

 

Esto debes hacer, esto se estila;

y váyase Terencio a los orates,

con Baquis, Menedemo y Antifila.

 

Que por él, y otros pocos botarates,

cobra la osada juventud espanto;

y se malogran furibundos vates.

 

Tú, dichoso mortal, prepara en tanto

para ser celebérrimo poeta,

el numen y las sílabas al canto.

 

La cítara sonante, la trompeta,

y la cómica máscara bufona,

llena de variedad y chanzoneta,

 

te alzarán a la cumbre de Helicona,

donde cercado de las nueve hermanas

luces despide el hijo de Latona.

 

Mas cuando con sus manos soberanas

de laurel te corone, ten sabido,

Fabio, a quien debes el honor que ganas,

y agradécelo a mí, que te he instruido.

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