“En busca del Niño Jesús” de Emilia Lee (Cuento)

EN BUSCA DEL NIÑO JESÚS

Emilia Lee

CUENTO/VENEZUELA

Esa mañana Juan José se levantó decidido a fugarse de la escuela, aprovechando el momento de la confusión y la algarabía en el patio tras sonar el timbre del recreo escolar; y así lo hizo.

Se acercaba diciembre y el sol iluminaba el pueblo, sus fachadas y sus calles con ese particular color oro viejo de la estación que anuncia la llegada del solsticio invernal, dándole al lugar una apariencia mágica como la de una postal, la misma magia que año tras año le hacía fantasear a Juan José con la inquietante incertidumbre por saber – y mas ahora que contaba sus primeros 8 años- ¿En dónde está el Niño Jesús?

Una vez jubilado de la escuela se dirigió a la calle Real donde la otrora casa más bella del pueblo, la del doctor Venancio Ayala, que aún se mantenía en pie; era adornada por Doña Rita y sus hijas Ana Cecilia y María Rosa como tradicionalmente lo hacían para la pascua de navidad y que a pesar de estar cayéndose a pedazos su fachada, sin mano nueva de pintura en años y sus frisos descascarillados; ellas colgaban animadas en las ventanas y el portón restos de guilindajos descoloridos, querubines sin alas y bambalinas roídas de ratón

– ¿Adónde vas porai muchacho, si apenas es media mañana?; lo emplazó Doña Rita

 

– ¿No fuiste a la escuela hoy? Dile a tu abuela que mañana le llevo la ropa para planchar.

Juan José apuró el paso, para eludir justificaciones, no sin antes embelesarse con la luz del sol envejecido reflejándose en la cabellera al viento de la menor de las hijas, María Rosa, quien con una mirada cómplice le sonrió

 

–Es que ando en busca del Niño Jesús, mi señora

 

–Ja, ja, ja, estallaron en risa las niñas, mientras cuchicheaban entre ellas y la madre las veía con cara de reproche

 

– ¿Cómo que en busca del Niño Jesús mijo, si diciembre recién entra y falta bastante para el veinticuatro?

 

– Dicen las malas lenguas que esa es su manía año tras año por estas fechas mamá; dijeron a la par Ana Cecilia y María Rosa; las únicas niñas del pueblo que no asistían a la escuela porque eran educadas por maestros privados.

 

– Nadie entiende por qué lo busca, si el niño está ahí acostadito en su pesebre esperando por la medianoche del veinticuatro para traernos los regalos, pero al parecer, él no lo ve; comentó Ana Cecilia

 

– ¡Ah!, cosas de muchachos, y ustedes dos vayan pa’ dentro a buscar más bambalinas.

 

Juan José siguió su camino calle abajo hasta donde la bodega del señor Juvencio Pulgar; atrás en el patio de la casa, su mujer remojaba en una palangana todas las imágenes del Nacimiento que armarían el fin de semana cuando llegaran sus nietos de Caracas

 

– ¿Hola Juan José, que te trae por aquí?

 

– Ando en busca del Niño Jesús, mi señora

 

– ¡Mira tú, pues! llegas en buen momento, si estás sin oficio, ayúdame un rato a terminar de lavar a los Reyes Magos, la mula y el buey, que si lo haces bien dejo que bañes al Niño Jesús a quien tengo guardado en una caja aparte adentro de la casa.

 

Juan José se turbó, excusándose con una cortés mentira cruzando la calle en dirección a la iglesia.

En el ala izquierda del templo se escuchaba el clavicordio triste y destemplado del señor Agustín, un viejo italiano que llegó al pueblo en los tiempos de la emigración europea por la Segunda Guerra Mundial, trayendo consigo no más equipaje que su clavicordio; desde la misma fecha, previa audición del Párroco del pueblo, éste consintió en que tocara en los oficios de la iglesia los fines de semana, encargándose además de la música para la navidad. En esta oportunidad ensayaba los acostumbrados acordes para los villancicos que preparaba para acompañarse con el coro de la iglesia

 

Ciao bambino che ti porta qui

 

– Hola señor Agustín ando en busca del Niño Jesús

 

il bambino Jesús sta nel cielo, vedono a cantare un po’ con me

 

– Ahora no mi señor, mi abuela me espera

 

Mientras se retiraba caminando entre los bancos de la iglesia y se persignaba debidamente ante cada santo -como lo enseñó su abuela-, asomó las narices en la casa parroquial; ahí terminaba de armar el Nacimiento la Hermana Alejandrina y justo cuando esta colocaba al Niño en el pesebre, le saludó:

 

– Buen día Hermana

 

La Hermana tomada por sorpresa de su abstracción, procedió con una pulcra inmediatez a tapar con una tela blanca la imagen del Niño, al mismo momento que le decía:

– No seas mal educado Juan José, no puedes entrar aquí sin anunciarte

 

– Es que ando en busca del Niño Jesús, Hermana, ¡Ud. disculpe!

 

– No puedes verle aún; espéralo en tu casa en la Nochebuena

 

– Disculpe una vez más, pero, ¿Puedo preguntarle algo?

– Depende de si tengo la respuesta, replicó ella

 

– ¿Es el Niño Jesús ese que usted oculta debajo del manto blanco?

 

– ¡No!, él no está aquí, no ha nacido todavía; confirmó la religiosa con indiscutible veracidad.

 

De Juan José se apoderó entonces un desconcierto jamás sentido, y en su perplejidad se quedó mirando un rato el crucifijo de plata que colgaba sobre el pecho de la Hermana, como esperando la respuesta verosímil que lo trajera de vuelta del limbo en el que lo dejó la última frase tajante de la monja, cosa que no ocurrió; pero una vez que aquella, al sentirse observada largamente por él, lo mandara para su casa; Juan José volvió en sí y dándose media vuelta salió del lugar. Ya en la calle, en el preciso instante en que sonaban las once campanadas y media de la iglesia, fue sorprendido por un viento inusitado y muy fuerte que lo atrapó por un instante y que él sintió eterno, haciéndolo girar dentro de un torbellino, dejándolo lleno de tierra y hojas de los pies a la cabeza; sacudido el polvo del rostro y las ropas, retomó el camino a casa, ésta vez caminando por el medio de la calle, entre los carros y bicicletas que transitaban por su lado, sonando las cornetas llamando su atención, para que se apartara de la calzada, pero él nada escuchó; luego del revolcón del torbellino lo inundó una sensación de repentina madurez que lo mantenía deslumbrado, entretenido; vagando por las calles y rincones del pueblo sin sensación del tiempo ni espacio.

En las ventanas de la casa del doctor Venancio Ayala ya titilaban bajo el inclemente sol las luces intermitentes de navidad recién colgadas y detrás de una de ellas, la niña María Rosa le aguardaba sonriéndole una vez más; haciendo que la fachada de la antigua casa recobrara el esplendor de otras épocas.

 

En el patio del señor Juvencio Pulgar, su mujer, colocaba las imágenes del Nacimiento ya lavadas sobre una mesa para que se secaran al sol, entre las cuales no se encontraba la del niño Jesús; en la iglesia el clavicordio del señor Agustín ya no se escuchaba tan triste, acompañado de las voces del coro ensayando los villancicos y el timbre de la escuela abría las puertas de par en par exactamente a las doce del mediodía, dejando salir a la muchachera hambrienta corriendo para sus casas.

 

De pronto Juan José sintió aclaradas todas sus incertidumbres, tan claras como las tripas, que muertas de hambre, se le retorcían en la panza; y aligerando los pasos llegó a casa dónde lo esperaba su abuela

 

– Juan José, ¡Por fin llegas! ¿Por dónde andabas distraído y perdiendo el tiempo?

 

– Estaba en busca del Niño Jesús, abuela

 

– ¡Bah! muchacho tonto, ya tienes 8 años, déjate de pendejadas

–Tienes razón, abuela, no lo encontré por ningún lado; y es que no tengo por qué buscarlo.

Afuera el viento fuerte que momentos atrás lo había arrollado aún rondaba por las calles del pueblo sacudiendo el polvo y las telarañas del lugar; azotando también a las nubes que comenzaban a correr hasta desaparecer mientras el Sol se acercaba al cénit y el calor apretaba. Una humedad prodrómica anunciaba la llegada de una tormenta y casi inmediatamente unos latigazos metálicos -que golpeaban el cielo retumbando en los oídos- espantaron al gato y a las gallinas en el patio; la abuela se levantó de la mesa para darle una última mirada a la olla en el fogón y le dijo:

 

– ¿Ves lo que pasa por la curiosidad y la buscadera?

 

– Si, abuela

Los truenos siguieron retumbando en el horizonte y sobre el techo de zinc, una lluvia de escasísimas gotas empezó a caer alborotando aún más el calor

 

– Viene una tormenta seca, replicó la abuela

 

– Entra pa’ dentro ¡Ya!, Juan José y cierra bien la puerta y las ventanas, cuando la tormenta es seca, se pelean El Diablo y La Sayona, y no quiero escuchar sus gritos

 

– Si, abuela

 

– ¡Ah! Y busca el catecismo que está en el baúl, ya hablé con el Padre Pan y el lunes comienzas la catequesis para la Primera Comunión de mayo.

Juan José se dirigió entonces al cuarto arrastrando una silla para alcanzar el viejo baúl que la abuela tenía encima del escaparate, una vez abierto éste y mientras buscaba entre telas, fotos, papeles y documentos el viejo catecismo familiar, con el cual habían recibido la Primera Comunión anteriores generaciones; encontró un bojotico primorosamente envuelto en una manta blanca, y teniendo la certeza de cuál era su contenido guardado con tanto recelo, se sintió tentado a abrirlo, más el latido desbocado de su corazón -que encegueció su visión por la emoción tras el tesoro hallado- no lo dejó. En ese instante desde la cocina una vez más gritó su abuela:

 

– ¡Juan José! saca también del baúl la mantita blanca de tapar al Niño Jesús para plancharla porque pronto llegará la Nochebuena!

Él tan solo atinó a decir

–Si, abuela

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