«Bodas de sangre» de Federico García Lorca (Acto III, Cuadro II)

BODAS DE SANGRE

Federico García Lorca

Acto tercero, Cuadro II

Acto III

Cuadro II (último)

Habitación blanca con arcos y gruesos muros. A la derecha y a la izquierda, escaleras blancas. Gran arco al fondo y pared del mismo color. El suelo será también de un blanco reluciente. Esta habitación simple tendrá un sentido monumental de iglesia. No habrá ni un gris, ni una sombra, ni siquiera lo preciso para la perspectiva.

Dos muchachas vestidas de azul oscuro están devanando una madeja roja.

MUCHACHA 1.ª     

Madeja, madeja,     

¿qué quieres hacer?         

MUCHACHA 2.ª     

Jazmín de vestido, 

cristal de papel.      

Nacer a las cuatro, 

morir a las diez.      

Ser hilo de lana,     

cadena a tus pies   

y nudo que apriete 

amargo laurel.         

NIÑA 

 (Cantando.)

¿Fuiste a la boda? 

MUCHACHA 1.ª     

No.     

NIÑA 

¡Tampoco fui yo!     

¿Qué pasaría          

por los tallos de la viña?   

¿Qué pasaría          

por el ramo de la oliva?    

¿Qué pasó   

que nadie volvió?   

¿Fuiste a la boda? 

MUCHACHA 2.ª     

Hemos dicho que no.        

NIÑA 

 (Yéndose.)

¡Tampoco fui yo!     

MUCHACHA 2.ª     

Madeja, madeja,     

¿qué quieres cantar?        

MUCHACHA 1.ª     

Heridas de cera,     

dolor de arrayán.    

Dormir la mañana, 

de noche velar.       

NIÑA 

 (En la puerta.)

El hilo tropieza        

con el pedernal.      

Los montes azules 

lo dejan pasar.        

Corre, corre, corre, 

y al fin llegará          

a poner cuchillo      

y a quitar el pan.     

 (Se va.)

MUCHACHA 2.ª     

Madeja, madeja,     

¿qué quieres decir?           

MUCHACHA 1.ª     

Amante sin habla.  

Novio carmesí.        

Por la orilla muda   

tendidos los vi.        

 (Se detiene mirando la madeja.)

NIÑA 

 (Asomándose a la puerta.)

Corre, corre, corre, 

el hilo hasta aquí.   

Cubiertos de barro  

los siento venir.       

¡Cuerpos estirados,

paños de marfil!      

(Se va. Aparecen la MUJER y la SUEGRA de LEONARDO. Llegan angustiadas.)

MUCHACHA 1.ª     

¿Vienen ya?

SUEGRA     

 (Agria.)

No sabemos.           

MUCHACHA 2.ª     

¿Qué contáis de la boda?

MUCHACHA 1.ª     

Dime.

SUEGRA     

 (Seca.)

Nada.

MUJER         

Quiero volver para saberlo todo. 

SUEGRA     

 (Enérgica.)

Tú, a tu casa.          

Valiente y sola en tu casa.

A envejecer y a llorar.        

Pero la puerta cerrada.      

Nunca. Ni muerto ni vivo.  

Clavaremos las ventanas.

Y vengan lluvias y noches

sobre las hierbas amargas.          

MUJER         

¿Qué habrá pasado?

SUEGRA     

No importa.

Échate un velo en la cara.

Tus hijos son hijos tuyos   

nada más. Sobre la cama 

pon una cruz de ceniza    

donde estuvo su almohada.         

(Salen.)

MENDIGA    

 (A la puerta.)

Un pedazo de pan, muchachas.

NIÑA 

¡Vete!

(Las muchachas se agrupan.)

MENDIGA    

¿Por qué?

NIÑA 

Porque tú gimes: vete.

MUCHACHA 1.ª     

¡Niña!

MENDIGA    

¡Pude pedir tus ojos! Una nube  

de pájaros me sigue; ¿quieres uno?     

NIÑA 

¡Yo me quiero marchar!

MUCHACHA 2.ª     

 (A la MENDIGA.)

¡No le hagas caso!

MUCHACHA 1.ª     

¿Vienes por el camino del arroyo?         

MENDIGA    

Por allí vine.

MUCHACHA 1.ª     

 (Tímida.)

¿Puedo preguntarte?

MENDIGA    

Yo los vi; pronto llegan: dos torrentes    

quietos al fin entre las piedras grandes,

dos hombres en las patas del caballo.  

Muertos en la hermosura de la noche.  

 (Con delectación.)

Muertos, sí, muertos.

MUCHACHA 1.ª     

¡Calla, vieja, calla!

MENDIGA    

Flores rotas los ojos, y sus dientes        

dos puñados de nieve endurecida.        

Los dos cayeron, y la novia vuelve        

teñida en sangre falda y cabellera.        

Cubiertos con dos mantas ellos vienen

sobre los hombros de los mozos altos.  

Así fue; nada más. Era lo justo.  

Sobre la flor del oro, sucia arena.          

(Se va. Las muchachas inclinan la cabeza y rítmicamente van saliendo.)

MUCHACHA 1.ª     

Sucia arena.

MUCHACHA 2.ª     

Sobre la flor del oro.          

NIÑA 

Sobre la flor del oro

traen a los novios del arroyo.       

Morenito el uno, morenito el otro.

¡Qué ruiseñor de sombra vuela y gime  

sobre la flor del oro!           

(Se va. Queda la escena sola. Aparece la MADRE con una VECINA. La VECINA viene llorando.)

MADRE.-  Calla.

VECINA.-  No puedo.

MADRE.-  Calla, he dicho.  (En la puerta.) ¿No hay nadie aquí?  (Se lleva las manos a la frente.)  Debía contestarme mi hijo. Pero mi hijo es ya un brazado de flores secas. Mi hijo es ya una voz oscura detrás de los montes.   (Con rabia, a la VECINA.)  ¿Te quieres callar? No quiero llantos en esta casa. Vuestras lágrimas son lágrimas de los ojos nada más, y las mías vendrán cuando yo esté sola, de las plantas de los pies, de mis raíces, y serán más ardientes que la sangre.

VECINA.-  Vente a mi casa; no te quedes aquí.

MADRE.-  Aquí. Aquí quiero estar. Y tranquila. Ya todos están muertos. A medianoche dormiré, dormiré sin que ya me aterren la escopeta o el cuchillo. Otras madres se asomarán a las ventanas, azotadas por la lluvia, para ver el rostro de sus hijos. Yo, no. Yo haré con mi sueño una fría paloma de marfil que lleve camelias de escarcha sobre el camposanto. Pero no; camposanto no, camposanto no; lecho de tierra, cama que los cobija y que los mece por el cielo.

(Entra una mujer de negro que se dirige a la derecha y allí se arrodilla. A la VECINA.)

Quítate las manos de la cara. Hemos de pasar días terribles. No quiero ver a nadie. La tierra y yo. Mi llanto y yo. Y estas cuatro paredes. ¡Ay! ¡Ay! (Se sienta transida.)

VECINA.-  Ten caridad de ti misma.

MADRE.-   (Echándose el pelo hacia atrás.) He de estar serena.  (Se sienta.) Porque vendrán las vecinas y no quiero que me vean tan pobre. ¡Tan pobre! Una mujer que no tiene un hijo siquiera que poderse llevar a los labios.

(Aparece la NOVIA. Viene sin azahar y con un manto negro.)

VECINA.-   (Viendo a la NOVIA, con rabia.) ¿Dónde vas?

NOVIA.-  Aquí vengo.

MADRE.-   (A la VECINA.) ¿Quién es?

VECINA.-  ¿No la reconoces?

MADRE.-  Por eso pregunto quién es. Porque tengo que no reconocerla, para no clavarla mis dientes en el cuello. ¡Víbora!   (Se dirige hacia la NOVIA con ademán fulminante; se detiene. A la VECINA.)  ¿La ves? Está ahí, y está llorando, y yo quieta, sin arrancarle los ojos. No me entiendo. ¿Será que yo no quería a mi hijo? Pero, ¿y su honra? ¿Dónde está su honra?

(Golpea a la NOVIA. Ésta cae al suelo.)

VECINA.-  ¡Por Dios!  (Trata de separarlas.)

NOVIA.-   (A la VECINA.) Déjala; he venido para que me mate y que me lleven con ellos.  (A la MADRE.)  Pero no con las manos; con garfios de alambre, con una hoz, y con fuerza, hasta que se rompa en mis huesos. ¡Déjala! Que quiero que sepa que yo soy limpia, que estaré loca, pero que me pueden enterrar sin que ningún hombre se haya mirado en la blancura de mis pechos.

MADRE.-  Calla, calla; ¿qué me importa eso a mí?

NOVIA.-  ¡Porque yo me fui con el otro, me fui!  (Con angustia.) Tú también te hubieras ido. Yo era una mujer quemada, llena de llagas por dentro y por fuera, y tu hijo era un poquito de agua de la que yo esperaba hijos, tierra, salud; pero el otro era un río oscuro, lleno de ramas, que acercaba a mí el rumor de sus juncos y su cantar entre dientes. Y yo corría con tu hijo que era como un niñito de agua, frío, y el otro me mandaba cientos de pájaros que me impedían el andar y que dejaban escarcha sobre mis heridas de pobre mujer marchita, de muchacha acariciada por el fuego. Yo no quería, ¡óyelo bien!; yo no quería, ¡óyelo bien!, yo no quería. ¡Tu hijo era mi fin y yo no lo he engañado, pero el brazo del otro me arrastró como un golpe de mar, como la cabezada de un mulo, y me hubiera arrastrado siempre, siempre, siempre, aunque hubiera sido vieja y todos los hijos de tu hijo me hubiesen agarrado de los cabellos!

(Entra una vecina.)

MADRE.-  Ella no tiene la culpa, ¡ni yo!  (Sarcástica.) ¿Quién la tiene, pues? ¡Floja, delicada, mujer de mal dormir es quien tira una corona de azahar para buscar un pedazo de cama calentado por otra mujer!

NOVIA.-  ¡Calla, calla! Véngate de mí; ¡aquí estoy! Mira que mi cuello es blando; te costará menos trabajo que segar una dalia de tu huerto. Pero ¡eso no! Honrada, honrada como una niña recién nacida. Y fuerte para demostrártelo. Enciende la lumbre. Vamos a meter las manos; tú, por tu hijo; yo, por mi cuerpo. La retirarás antes tú.

(Entra otra vecina.)

MADRE.-  Pero ¿qué me importa a mí tu honradez? ¿Qué me importa tu muerte? ¿Qué me importa a mí nada de nada? Benditos sean los trigos, porque mis hijos están debajo de ellos; bendita sea la lluvia, porque moja la cara de los muertos. Bendito sea Dios, que nos tiende juntos para descansar.

(Entra otra vecina.)

NOVIA.-  Déjame llorar contigo.

MADRE.-  Llora. Pero en la puerta.

(Entra la NIÑA. La NOVIA queda en la puerta. La MADRE, en el centro de la escena.)

MUJER         

 (Entrando y dirigiéndose a la izquierda.)

Era hermoso jinete,

y ahora montón de nieve. 

Corría ferias y montes       

y brazos de mujeres.         

Ahora, musgo de noche   

le corona la frente. 

MADRE        

Girasol de tu madre,          

espejo de la tierra.  

Que te pongan al pecho   

cruz de amargas adelfas; 

sábana que te cubra          

de reluciente seda, 

y el agua forme un llanto  

entre tus manos quietas.  

MUJER         

¡Ay, qué cuatro muchachos         

llegan con hombros cansados!    

NOVIA          

¡Ay, qué cuatro galanes    

traen a la muerte por el aire!        

MADRE        

Vecinas.

NIÑA 

 (En la puerta.)

Ya los traen.

MADRE        

Es lo mismo.

La cruz, la cruz.      

MUJERES   

Dulces clavos,         

dulce cruz,   

dulce nombre          

de Jesús.     

NOVIA          

Que la cruz ampare a muertos y vivos. 

MADRE        

Vecinas: con un cuchillo,  

con un cuchillito,    

en un día señalado, entre las dos y las tres,    

se mataron los dos hombres del amor.  

Con un cuchillo,     

con un cuchillito     

que apenas cabe en la mano,     

pero que penetra fino        

por las carnes asombradas          

y que se para en el sitio    

donde tiembla enmarañada         

la oscura raíz del grito.      

NOVIA          

Y esto es un cuchillo,        

un cuchillito 

que apenas cabe en la mano;     

pez sin escamas ni río,      

para que un día señalado, entre las dos y las tres,     

con este cuchillo    

se queden dos hombres duros    

con los labios amarillos.    

MADRE        

Y apenas cabe en la mano,         

pero que penetra frío         

por las carnes asombradas          

y allí se para, en el sitio    

donde tiembla enmarañada         

la oscura raíz del grito.      

(Las vecinas, arrodilladas en el suelo, lloran.)

(Telón) Fin.

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