«La casita blanca» de Cecilio Acosta (Poema)

LA CASITA BLANCA

CECILIO ACOSTA

POEMA/VENEZUELA

Luzcan tus tardes de zafir y grana;

rosal disfrutes de tu mango injerto;

goces, en medio a perfumado huerto,

las auras frescas de gentil mañana!

 

No insomnios turben tu tranquilo sueño;

no sombra empañe tus ensueños de oro,

de esos que suben hasta el alma coro,

o infiltran en la sien dulce beleño!

 

Palomas bajen a picar tu suelo,

que al lado esté de tu casita blanca,

y a pocos veas que su vuelo arranca

la turba inquieta hacia el azul del cielo!

 

Mires cual sitio de encantada Ninfa

tersa laguna cual a veces vemos,

y ánsares níveos de pintados remos

cortando lentos la argentada linfa!

 

Haya no lejos alfombrada loma,

que se alce apenas a la tierra llana,

y allí subas a ver cada mañana,

si el alba ríe, o cuando el sol asoma!

 

Haya manto de verde y de rocío

en el momento que los campos dora

la pura luz de la rosada aurora;

y en calle de naranjos que va al río

 

y se abre al pie de la felpuda falda,

césped encuentres para muelle alfombra,

follaje rico para fresca sombra;

y fruta en que el color es de oro y gualda.

 

A un lado esté la vega; el campo raso;

los ya formados sulcos por la reja;

el último que traza y detrás deja

la tarda yunta en perezoso paso;

 

y montado en el sauce culminante

el canario gentil ser rey presuma

y, ajustando la de oro regia pluma,

a vista de su imperio gloria cante!

 

La partida de caza vocinglear

la quinta deje al despuntar el día;

ágil salga y festiva la jauría,

atraviese del valle a la ladera,

 

recorra sin ser vista la cañada,

y tras de tramontar los altos cerros,

saltando observes los pintados perros,

entre alegres ladridos, la quebrada;

 

y después de subir agrio repecho,

de la cima en los altos miradores,

divisen los cansados cazadores

alzarse el humo del pajizo techo!

 

Al terminar el día, el afán duro

del campo cese, que el vigor enerva;

llegue buscando la feliz caterva

descanso en el hogar libre y seguro!

 

La parda luz de la tranquila tarde

apague de la noche al fin el velo;

a poco luzca en el remoto cielo

de las estrellas el vistoso alarde;

 

y mientras el aura entre las hojas suena,

haya para el placer bebida helada,

en barros de primor blanca cuajada

y en medio a bromas mil rústica cena!

 

Cerca esté del cortijo la vacada

que a las veces se sienta estar bramando,

y al tiempo del ordeño, en eco blando,

se queje la paloma en la hondonada;

 

Venga en totuma con su pie de plata

la blanca leche a rebosar la artesa,

que el aire luego con su soplo espesa,

temblar haciendo la movible nata!

 

Que el ave matinal tus pasos siga,

vuele confiada a tu graciosa mano,

y allí pique atrevida el rubio grano

que tú propia tomaste de la espiga!

 

Que tengas frutas que en sazón maduren,

y vayas con tu cesta a recogerlas;

que tengas fuentes que salpiquen perlas;

que tengas auras que al pasar murmuren!

 

Murmuren cantos bellos, celestiales,

que sirvan a borrar fieras congojas,

de esos que forman al temblar las hojas,

o el arroyo al mover de sus cristales!

 

Ante el altar que en sacras llamas arde,

por ti tu madre su oración eleve,

que grato Dios hasta su trono lleve;

y El mismo en urna misteriosa guarde!

 

No la mía separes de tu historia;

no mis deseos más te sean ignotos;

ni olvides nunca mis fervientes votos,

ni me apartes jamás de tu memoria!

 

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