«Diálogo» de Doris Lessing (Cuento)

DORIS LESSING

CUENTO/ REINO UNIDO

El edificio al que se dirigía, daba igual cuánto se demorara en las tiendas, puestos, casas viejas de las aceras, allí estaba, erguido, estrecho y cristalino, seis pisos por encima de este desorden de edificios bajos que probablemente pronto derrumbarían por poco rentables. El nuevo edificio, rentable, cuya planta ocupaba, en el solar de una esquina, el espacio de tres casas pequeñas, dos lavanderías y una tienda de comestibles, contenía la vida de ciento sesenta personas, cuarenta familias de cuatro miembros, una por piso. En este edificio se respiraba un ambiente hermético e impersonal, puesto que cada vez que el ascensor se detenía aparecían cuatro puertas negras idénticas, dispuestas exactamente igual que las cuatro puertas de los nueve pisos restantes, y cada una de ellas exigía intimidad.

 

Pero mientras tanto, ella estaba en una esquina observando a una mujer mayor con un vestido estampado que compraba patatas en un puesto. El hombre que vendía las verduras dijo: “¿Y cómo está hoy del reumatismo, Ada?”, y Ada respondió (puesto que no se trataba de su reumatismo): “No muy mal, Fred, pero tiene que guardar cama de todos modos”. Fred comentó: “Atacará a mi anciana mujer entre los hombros si no anda con cuidado”. Siguieron hablando del reumatismo como si se tratara de una bestia salvaje que hincase las garras y los dientes en sus cuerpos pero a la que pudiera engatusarse con calor y un poco de comida adecuada, hasta que por fin pudo verlo con claridad, un animal que parecía un tigre, agazapado tras las coles de Bruselas, listo para saltar. Enfrente había una tienda de música que inundaba toda la calle con fragmentos de ópera, pero la calle no escuchaba. Justo delante de la tienda, una pareja de jóvenes con suéter y vaqueros, ambos con esbeltos y vulnerables cuellos y el cabello despeinado, oscuro uno, rubio el otro, estaban enzarzados en una ferviente conversación.

 

Un autobús se aproximó despacio a la parada; media docena de personas se apearon; un hombre pasó por delante y preguntó: “¿Qué es lo que le hace gracia?”. Le guiñó un ojo, y ella se dio cuenta de que en su rostro tenía dibujada una sonrisa.

 

El bienestar, obra del pequeño ajetreo familiar de la calle, la colmó. Y por eso, claro está, había pasado un buen rato, una hora ya, merodeando al pie del alto edificio. Esta irrefrenable grata naturaleza de la carne, que sentía en los latidos de su sangre como si estuviese dando la bienvenida a las aceras, a la gente, al conjunto ligero de nubes a través del pálido azul del cielo, la confrontó o, mejor dicho, la puso a prueba, haciendo un uso deliberado de la otra cara de la escena: el hombre detrás del prolijo orden de los coloridos vegetales tenía un rostro estúpido y un aspecto cruel; el futuro de los adolescentes que permanecían a la puerta de la tienda de música contra la ráfaga de gente que se apretujaba podía ahora vislumbrarse con gran facilidad por las posturas severamente agresivas, aunque sin embargo tristes, de hombros y caderas; Ada, desde cualquier punto de vista, era espantosa, repulsiva, con su deslavazada piel amarillenta y el olor a sudor agrio. Etcétera, etcétera. Oh, sí, et caetera, en esta línea, indefinidamente, si ella elegía verlo así. Escuálida, fea, patética… ¿Y qué?, insistía su sangre, porque incluso ahora estaba sonriendo, mientras guardaba la otra visión, mordaz como el conocimiento. Podía sentir la sonrisa en su rostro. Por eso, la gente que pasaba le hacía bromas, comentarios, se detenía a hablarle, la invitaba a un café, coqueteaba, le explicaba las historias de su vida. Cumplía cuarenta este año, y su serenidad era un merecido logro reciente. Palabra equivocada. No la había estado buscando; pero era como si años de emociones harto violentas hubieran, de un modo u otro, cobrado forma, o se hubieran transformado en una alegría que brotaba de su interior con independencia de las reacciones pasajeras —dolor, decepción, pérdida—, ya que era más fuerte que todas ellas. Bueno, ¿iba a perdurar? ¿Por qué debería? Bien podría desvanecerse otra vez, sin explicación alguna, tal y como había aparecido. Posiblemente fuera una etapa de su vida, se había adentrado en ella, la había encontrado provista de alegría y bienestar, y la cruzaría y accedería de nuevo a otra, todavía desconocida e inimaginable. Sin duda, nunca había imaginado esta que… ¿era un regalo de la naturaleza? ¿El azar? ¿Un exceso?… En la entrada de una librería había una cesta llena de libros ajados, y ella posó su mano sobre las blandas cubiertas y los amó. Al instante observó la palabra “amor”, que la palma de su mano, al sentir placer por el tacto, había escogido, y se dijo a sí misma: Ahora ya basta, es hora de que me vaya.

 

Dirigió la mirada al puesto de verduras y entró en el edificio, aprehendiendo con fuerza los colores de las hortalizas en su corazón (palabra que, de pronto, censuró, a pesar de que era el lugar en que lo sentía). El ascensor era un cubículo marrón muy iluminado y reluciente, y subía rápido. En vez de combatir los vaivenes de su estómago, se sometió a las náuseas y llegó al rellano mareada; y debido a esta descoordinación buscada de sus nervios, el resplandor crema y negro que rodeaba el pequeño espacio le produjo claustrofobia. Llamó deprisa a la puerta treinta y nueve. Bill estaba a un lado cuando entró, recibió el beso que le dio en la mejilla, que sintió húmeda al contacto con sus labios. Cerró la puerta de inmediato detrás de ella para poder apoyarse, usando el picaporte de sostén. Todavía mareada por el ascensor, logró, y de inmediato, identificarse un instante con él, que estaba atolondrado junto a la puerta.

 

Pero volvió a ser ella misma (ella misma inspeccionada y rechazada) al momento; y mientras él seguía apoyado en la puerta, ella fue a sentarse a su lugar habitual, un sofá que parecía el banquillo de un tribunal, cubierto con una manta roja. El piso tenía dos habitaciones, una muy pequeña y siempre a oscuras por las largas cortinas negro azulado permanentemente cerradas, de modo que la estrecha cama con los libros apilados a un lado era una sombra opresiva que resaltaba el pequeño resplandor amarillo de la lámpara de la mesilla de noche. Esta habitación le había llevado a sentir (él pasaba la mayor parte del tiempo allí), al principio, pánico ante la claustrofobia y, después, la necesidad de escaparse o encender la luz, abrir las paredes al cielo. ¿Cuánto podía aguantar la amabilidad de su sangre allí dentro? No mucho, pensó, pero nunca lo sabría, porque nada podría llevarla a hacer el experimento. En cuanto a él, esta segunda habitación en la que estaban sentados en su lugar habitual, ella expectante sobre la manta roja, él en su silla cara, que tenía aspecto quirúrgico, toda de cuero negro y cromo y que se inclinaba en todas direcciones con su peso, era la habitación la que lo desafiaba, por su franqueza. Necesitaba la oscuridad enclaustrada del dormitorio. Era amplia, alta, tenía paredes de un blanco ligero, una alfombra negra despejada, el sofá rojo oscuro, su silla con aspecto de máquina, más libros. Pero una de las paredes era prácticamente una ventana: una ventana que iba desde la altura de la rodilla hasta el techo, y las miserias de esta parte de Londres se veían como desde un avión; el edificio era tan alto, o lo parecía, porque lo que había al lado era uniformemente bajo. Aquí, alrededor de esta habitación (en la que, si estuviera sola, su ánimo siempre se sentiría a gusto), los vientos se aferraban y temblaban y desgarraban. El estar junto a esas ventanas, erguida mirando el cielo, el viento, las nubes, el sol, para ella era un alivio. Para él, un espanto. Por eso no se había acercado ni una sola vez a las ventanas; habría destruido el momento de igualdad basado en su vértigo en común; el de ella por el ascensor, el de él por su enfermedad. Aunque no acercarse implicaba otro peligro que él debía de conocer. ¿Por qué ella se había reprimido de disfrutar de lo que él sabía que disfrutaba? ¿Pensaba demasiado en él?

 

Se apartó de la luz. Ahora, tal vez consciente de que ella lo estaba mirando, giró la silla de modo que quedó de cara al cielo. No, no tenía un buen día, aunque al principio ella había pensado que su palidez se debía al jersey azul oscuro, que aislaba el cuello estrecho y alto y destacaba la cabeza. Era una cabeza grande, que parecía más grande por el cabello corto rojizo que envolvía la parte posterior del cráneo como una piel, que dejaba al descubierto las grandes cejas claras, los pronunciados pómulos, la barbilla, una cara en la que cada rasgo luchaba por dominar, donde los ojos verdes llenos de calma equilibraban una boca diseñada, aparentemente, solo para expresar las diversas modalidades de tormento. Una simple mirada de un extraño (o de ella antes de que la conociera mejor) lo habría vencido, un hombre corpulento, fuerte, sano, seguro. Ahora, sin embargo, ella conocía los síntomas, podía, después de dar un vistazo a una habitación, decir: Sí, tú y tú y tú… Por las veces que ella había sido él, accedido a su ser. Pero ellos, al mirarla, nunca la reconocerían como una de los suyos, porque el hecho de convertirse en él unos pocos segundos o breves lapsos de tiempo, no la había marcado, no podía, sus nervios estaban asentados con demasiada firmeza en la normalidad. (¿Normalidad?) Pero ella era una criatura distinta a ellos, de otra especie, casi. ¿Debían envidiarla? Así lo creía ella. Pero si ella no pensara que ellos eran envidiables, ¿por qué había acudido allí? ¿Por qué había dejado atrás deliberadamente la felicidad (palabra a la que se aferraba con actitud desafiante, a pesar de ellos) que sentía en las calles? ¿Acaso pensaba que el dolor en esta habitación era más real que la felicidad? ¿Por el coraje que escondía? Ella sería incapaz de soportar la pequeña habitación de cortinas oscuras que la arrastraría a sus terrores más secretos; pero respetaba a ese hombre que vivía en la desprotegida plataforma, que se balanceaba entre las nubes (que es como los nervios de él lo percibían); y ¿por voluntad propia?

 

Médicos, amigos, ella misma —todos los que sabían lo bastante para hablar—, se pronunciaban: el calor de una familia, un matrimonio a ser posible, confort, gente. Nunca el retiro, nunca la soledad, ni la alta habitación azotada por el viento donde el cielo se veía entre dos paredes. Pero él rechazó el sentido común.

 

—No es sano eludir lo que soy, tengo que enfrentarme a ello, y si no lo logro, ¿quién sale perdiendo?

 

Bueno, ella no creía que él fuera lo bastante fuerte para ir a enfrentarse con lo que ella más temía, a pesar de que ella había nacido sana, con los nervios bajo control.

 

—Sí, pero tú tienes elección, yo no, a no ser que pretenda convertirme en un animalillo que vive al abrigo de otra gente.

 

(Así fue el diálogo.)

 

Pero él también tenía elección: existían cientos de maneras en que ellos, la gente a la que ahora era capaz de reconocer por sus ojos entre una multitud, podían esconderse. No todo el mundo los reconocía, diría ella; ¿a cuánta gente conocemos (hombres y mujeres, pero más hombres que mujeres) recluida en matrimonios, solo por una cuestión de seguridad, o atada a las familias de otra gente, que roba (si quiere) seguridad? Pero el hurto significa no dar nada a cambio, y estos hombres y mujeres, los solitarios, dan algo a cambio, de otro modo no serían tan bien acogidos, tan necesarios (no hay, pues, necesidad alguna de hablar de aferrarse a un vientre peludo, como una cría de canguro; es cuestión de tomar una cosa y dar otra a cambio).

 

—Sí, pero yo no pienso fingir, no lo haré, no es lo que soy; y no puedo y es culpa tuya que no pueda.

 

Eso significaba que él había sido el otro a través de ella, al igual que ella lo había sido a través de él.

 

—Querido, no entiendo las emociones, a no ser que sea con mi discernimiento, la normalidad nunca significó nada para mí hasta que te conocí. Está bien, me rindo…

 

Eso fue hosco. Y precisamente con la misma nota de hosquedad solía censurar las palabras que sus nervios sanos le proporcionaban, como amor, felicidad, yo, salud. De pronto esta hosquedad significaba: te pagaré tu deuda, estoy obligada, mi discernimiento me dice que debo hacerlo. Incluso seré tú, pero por poco tiempo, solo el que pueda soportarlo.

 

Entretanto, estaban (no hablando sino) intercambiando información. Ella había visto a X y a Y y a Z, había estado en ese lugar, leído tal libro.

 

Él había leído esto y lo otro, había visto a X y a Y, había estado escuchando mucha música.

 

—¿Quieres que me vaya?

 

—No, quédate.

 

Esta escueta concesión la hizo feliz; rechazó examinar la emoción, se sentó de nuevo, cruzó las piernas, se acomodó. Fumó. Él puso un poco de jazz. Él escuchaba inerte, su cuerpo no se dejaba llevar por la música, corría un ligero sudor por su enorme frente tensa. (Eso significaba que deseaba que se quedara no por cordialidad sino porque necesitaba a alguien allí. Ella se sentó erguida otra vez, apartó a un lado el momento de placer.) Se dio cuenta de que él tenía los ojos cerrados. Su rostro, la boca apretada con una determinación impersonal por resistir, parecía adormecido, o…

 

—Bill —dijo enseguida, para llamarlo.

 

Sin abrir los ojos, él sonrió, dándole ternura, amistad, y la ironía debida, sin malicia, entre un tipo y otro de criatura.

 

—Está bien —respondió él.

 

Las notas del piano repicaron como la lluvia antes de una ráfaga de viento que azotó la esquina del edificio. Soplos blancos de nube volaron por el afilado cielo azul. La batería se estremeció, silbó, de forma continuada, marcando el ritmo al compás de la sangre de ella, y una flauta furiosa trazó un símbolo, como la rizada estela de un reactor en el cielo que se elevaba perpendicular desde el alféizar hasta el techo. Pero ¿qué es lo que oía, veía, sentía, sentado con los ojos cerrados, con la palma de la mano agarrándose con fuerza, como sostén, al brazo del asiento? La grabación se detuvo. Él abrió los ojos, ambos se apartaron de un nudo de incomodidad interior, y se quedó en la pared enfrente de él, mientras extendía la mano para apagar la máquina. Silencio.

 

Él volvió a cerrar los ojos. Ella desechó para sus adentros la molesta charla de música, viento, nubes, gotas de lluvia, repiqueteo de hierba y tierra, e intentó observar; primero la habitación, una plataforma insegura en las alturas, firme frente a las tormentas y los balanceos de los cimientos; después cierta discordancia corpórea que pertenecía a la apariencia de él; luego a sí misma, tal y como él la veía. De pronto sintió la fatiga del espíritu, como un sarcástico y frío guiño de un tercer ojo, que los observaba a los dos, dos personas pequeñas, a él y a ella, del mismo modo que ella había visto al vendedor de verduras, los adolescentes, la mujer cuyo marido padecía reumatismo. Ella los veía sin caridad, sentados allí todos juntos en silencio a cada lado de la alta habitación, y el ojo parecía que se expandía hasta que llenaba el universo de incredulidad y negación.

 

Entonces aceptó las palabras prohibidas, amor, alegría (et caete ra), y les dio permiso para que la abrigaran, no solo porque no podía enfrentarse al mundo sin ellas, las necesitaba para disipar su enfado con él; sí, sí, todo eso está muy bien, pero ¿cómo podría continuar el juego, cómo, si no fuera por mí, por gente como yo? Os creamos para que nos uséis, y nos consumáis; y con nuestro consentimiento voluntario; así que no nos despreciéis…

 

Sin que a ella le sorprendiera, puesto que sus mentes muy a menudo iban de la mano, él dijo:

 

—Tú estás más escindida que yo, ¿lo sabías?

 

Ella pensó: Si yo no estuviera escindida, si una mitad (si así es la división) no fuera capaz de adentrarse en tu mundo, aunque solo sea por pequeños lapsos, entonces no estaría aquí sentada, no querrías que estuviese.

 

—No era una crítica —dijo él—. En absoluto. Porque tú tienes la comunicación. ¿Qué más quieres?

 

—Comunicación —respondió ella, mientras consideraba la fría palabra.

 

—Sí. Bueno, eso lo es todo.

 

—¿Cómo puedes estar aquí sentado, insistiendo en lo que insistes, y decir que lo es todo?

 

—Si eso es lo que eres, pues sé eso.

 

—¿Da lo mismo una cosa que la otra?

 

—Sí.

 

—¿Por qué? Es cierto que lo que digo contradice lo que siento, pero…

 

—Pero ¿qué?

 

—Está bien, nada de esto tiene sentido, lo sé gracias a mi mente, es un accidente, es una rareza, pero no importa, todo me proporciona placer en cualquier momento. ¿Por qué debería ser una contradicción, por qué?

 

—¿Tú no crees que sea contradictorio?

 

—No.

 

—Estás viviendo de tus ancestros, de sus creencias, eso es todo.

 

—Puede ser, pero ¿por qué debería importarme?

 

—Una mosca dando zumbidos en el sol —respondió él. Su sonrisa al principio fue seca y después tierna, luego repleta de seria antipatía. A ella le dolió la crítica, la frialdad de esa sonrisa, y sintió que las lágrimas asomaban a sus ojos. Así que hoy no podía quedarse mucho, porque las lágrimas no estaban permitidas, eran parte de la otra discusión, o lucha, una lucha personal, agotada (o resuelta a golpes), terminada.

 

Estaba secándose los ojos, sin tocarlos, para que no viera que tenía ganas de llorar, cuando él dijo:

 

—Supón que yo soy el futuro.

 

Se hizo un largo silencio, y ella pensó: Puede ser, puede ser.

 

—A mí me parece que lo soy. Imagínate que el mundo se llena de gente y más gente como yo, entonces…

 

—Las pequeñas moscas van a tener que dar zumbidos más fuertes.

 

Él se rió, de un modo escueto pero genuino. Ella pensó: No me importa lo que digas, esa risa es más fuerte que cualquier cosa. Se quedó sentada en silencio por milésima vez, deseando ser más fuerte, mientras sentía que era un centro de vida, o de calidez, con la que iba a llenar la habitación.

 

Él se sentó, sonriente, pero con un gesto inerte, pesado, las extremidades tenían un aspecto —incluso desde la otra punta de la habitación donde ella estaba sentada— frío y confuso. Se dirigió hacia él, se puso de rodillas frente a su silla, apartó su mano del brazo del asiento de piel negra y sintió un frío intenso. Le dio un apretón de manos más cortés que cariñoso, y ella la agarró con fuerza, con la intención de que la vida corriera desde su brazo y a través de su mano hasta la de él. Cerró los ojos, y se forzó a recordar, en su cuerpo, aquello de lo que se había deshecho (casi con desprecio) en la acera: el placer del tacto de los libros viejos, el placer de la visión de las verduras y frutas alineadas. Una huella descolorida, encerrada entre húmedo algodón flojo, ligeras voces para ser compradas por seis o nueve peniques, se convirtieron en latidos de un murmullo, en latidos de vitalidad, como los colores impactantes de las naranjas, los limones, las coles, doradas y verdes, un resplandor, un destello en los ojos; contuvo la respiración, por voluntad propia, e hizo que la vida se deslizara hacia abajo a la mano de él. Estaba más caliente y resultaba más amigable entre las suyas. Después de un rato, él abrió los ojos y le sonrió: la tristeza acudió a su sonrisa, luego la seriedad, y ella le besó la mejilla y regresó a su lugar sobre la manta rugosa.

 

—Moscas —dijo.

 

No la estaba mirando. Ella pensó: ¿Por qué lo hago? Esas muchachas que vienen aquí a pasar una noche, o dos, porque él necesita su generosa ingenuidad, no le dan más que eso. Entre una de ellas o yo no hay diferencia.

 

—Me tomaría una copa —dijo.

 

Él dudó, odiaba que ella bebiera, pero se la sirvió, mientras ella decía calladamente (se sentía perdida, sin recursos, y notaba el frío en cualquier recodo de sí misma): muy bien, pero en la época en que nuestros cuerpos creaban juntos calidez (moscas, si así lo prefieres, aunque a mí no me lo parezca), no te hubiera pedido una copa. Ella estaba pensando: ¿Y si fueras tú el que está embriagado y no yo?, cuando él recalcó:

 

—A veces, después de unos cuantos días solo aquí, me pregunto si no estoy completamente borracho… —Se rió, con cierto goce intelectual ante un orden de ideas que ella prefería no contemplar.

 

—¿El placer del nihilismo?

 

—¡Que sin duda tú no sientes, nunca!

 

Se dio cuenta de que esta nueva agresividad, esta ofensiva de fuerza y crítica (ahora él se paseaba por la habitación, repleto de energía), era en realidad el regalo que ella le hacía; y dijo, con un tono de pronto resentido:

 

—Las moscas no sienten, zumban.

 

El resentimiento, que era el signo del intercambio que no se podían permitir, hizo que se terminara las últimas gotas de licor, proporcionando una nueva calidez a su estómago donde había necesitado una chispa de calor.

 

—Por eso me parece que estoy más cerca de la verdad que tú —espetó él.

 

La palabra verdad no estalló en toda su significación: sonó severa y solipsista, como una piedra; ella la dejó caer entre ambos, oponiéndole el pulso que latía en la parte blanda del tobillo (extendió los pies ante sí, para poder verlos).

 

—Creo que los incomunicados como yo vemos con más claridad que la gente como tú. ¿Te parece ridículo? He pensado mucho en ello, y creo que tú te das por satisfecha con bien poco —prosiguió él.

 

Ella pensó: Me gustaría que pudiera acercarse aquí, sentarse conmigo sobre esta manta, y abrazarme; eso es todo. Eso es todo y eso es todo. Estaba muy cansada. Claro que estoy cansada, con todos estos zumbidos que tengo que dar…

 

Sin avisar, sin tan siquiera intentarlo, se deslizó dentro de él, de su cuerpo, de su mente, sin apenas darse cuenta. Se miró a sí misma y pensó: Este pequeño bulto de carne, esta criatura reaccionará y entrará en calor, posará la cabeza sobre mi hombro, se sentirá feliz: ¡qué irreal, qué vulgar y qué absurdo!

 

Se apartó de él, se incorporó y se levantó del sofá. Se dirigió a la ventana.

 

—¿Qué estás haciendo?

 

—Disfruto de tus vistas.

 

El cielo estaba despejado, caía la noche y, lejos, abajo, las luces en las calles se habían encendido dibujando pequeños charcos amarillos y destellos sobre las acercas, donde el movimiento de la gente diminuta parecía apasionante y cargado de promesas. Entonces fue él quien se apartó de la silla de aspecto quirúrgico y se acercó a su lado. No la tocó; pero no habría ido hasta allí si ella no hubiese estado. Apoyó su peso sobre una mano en el cristal y miró hacia fuera. Ella notó que inspiraba profundamente. Se quedó en silencio, mientras sentía que la vida fluía y serpenteaba en las aceras, y deseaba que él también lo sintiera. Suspiró. Ella no lo miró. Volvió a inspirar. La mano tembló, luego se tensó, después quedó rígida, una mano grande, muy firme, con unas pocas pecas sobre los nudillos; su entereza la confortó. Todo iba a salir bien. Aún sin mirarlo a la cara, le besó la mejilla y se volvió. Él regresó a su silla, ella volvió a su asiento en el sofá. La habitación se estaba llenando de oscuridad, el cielo se tornaba gris, inmenso, distante.

 

—Deberías poner cortinas, por lo menos.

 

—Entonces me sentiría tentado de tenerlas todo el día corridas.

 

—¿Por qué no, entonces, por qué no? —insistió ella, y sintió que sus ojos se humedecían otra vez—. Está bien, no voy a llorar —dijo, sensata.

 

—¿Por qué no? Si tienes ganas de llorar…

 

No lloró más. Pero en una ocasión, y no hace tanto, se deshizo en lágrimas y casi anega la intimidad de él, de ella, de ambos, que sin embargo el gélido tercero, como un rey cruel, se negaba a consentir. Se dio cuenta de que los latidos que se movían en su tobillo tenían el aspecto desesperado de algo en lucha con la muerte; en la oscuridad su pie quedaba muy lejos; se sintió escindida, ajena a sí misma. Pero permaneció donde estaba, conteniendo su fragmentación. Y extendió el puño, firme, entre el destello de luz gris del cielo, y lo observó del mismo modo en que estudiaba su propio pulso, el extraño.

 

—Por Dios, enciende la luz —dijo ella, rindiéndose. Él alargó la mano, le dio al interruptor y una intensa luz salvadora llenó la habitación.

 

Sonrió. Pero volvía a estar pálido, y su frente húmeda brillaba. Sufría por él, y por ella misma, que ahora se levantaría con parsimonia y se alejaría de él. El sufrimiento era el dolor del exilio, y ella lo estaba escogiendo. Estaba sentada sonriente, se frotaba los tobillos, sentía el calor del hálito de su carne. Sus sonrisas se encontraron y se intercambiaron, y entonces ella dijo:

 

—Bueno, ha llegado el momento de marcharme.

 

Lo besó otra vez, él la besó, y se fue, diciendo:

 

—Te llamaré.

 

Siempre que cerraba la puerta tras de sí, aquella puerta negra exactamente igual que las otras del edificio salvo por el número, sentía en cada partícula de sí misma la soledad de él cuando ella (o cualquiera) se marchaba.

 

La calle le pareció extraña; le dio la sensación de que no la conocía. El brumoso cielo violáceo que cubre Londres por la noche era despiadado, gélido, y la intensidad de sus luces cambiantes era una forma de dolor. La agitación de la acera, que ella creía cálida, le hizo notar frío a través de la suela de las sandalias, como si aquellas sombras fuesen de hielo negro. Los transeúntes eran hostiles, animales estúpidos de los que deseaba esconderse. Pero aún peor era esa mirada hacia las cosas, llana, afilada, en blanco y negro y bidimensional, y (esto es lo que lo hacía espeluznante) la escena que atravesaba no era más que una proyección de su propia mente, no había vida alguna que formase parte del lugar salvo la que ella pudiera insuflarle. Y ella misma estaba muerta y vacía, una silueta de cartón en las calles de un decorado plano, pintado.

 

Pensó: ¿Por qué no puede acabarse todo esto, por qué no? De nuevo vio la cara de patata de Fred, el verdulero cuyo interés por la enfermedad del marido de Ada se debía a que ella era clienta; observó a Ada, cuya espantosa vida (ella era como un montón de tierra sucia o alguna sustancia urbana innombrable) se reflejaba en su rostro y movimientos como un testimonio visible de la densa existencia física. El patetismo de los adolescentes no la conmovió y sintió asco.

 

Siguió caminando. El alto edificio, como una torre negra, la vigilaba, le seguía los pasos. Era imposible escapar de él.

 

Su mano, que se balanceaba a su lado, crispada, con vida propia, se alzó de pronto por sí sola y arrancó la hoja de un arbusto. La hoja temblaba; se dio cuenta de que eran sus dedos los que se agitaban, agotados. Los calmó y la hoja se convirtió en un objeto rígido, fino y resbaladizo, como una moneda. Era pequeña, redonda, brillante, de un verde negruzco. Un tenue olor acre llegó hasta sus fosas nasales. Comprendió que se trataba del aroma de la hoja; al acercarla a las fosas nasales parecía que iba a estallar, con un intenso olor, en los sentidos de su cerebro. Y de este modo comprendió la esencia de la hoja y a través de esta la escena en la que estaba inmersa.

 

Se quedó sosteniendo la hoja entre los dedos, mientras la vida regresaba. El pulso volvía a latir. Un calor ascendió a través de las suelas. El naranja purpúreo del cielo era, por su impacto, por su exuberante y contenida teatralidad, un regalo para la gente que allí vivía. Pasó una anciana en la penumbra, misteriosa y extravagante, y le dirigió una sonrisa. Así. Se había salvado de la inercia, volvía a ser ella misma. Siguió caminando despacio, con el bienestar agitándose dentro de ella, dedicando un saludo silencioso a la gente que pasaba por su lado. Mientras tanto, la torre negra seguía tras sus pasos; sintió que se erguía en algún lugar justo detrás de su hombro derecho. Era altísima, estrecha, terrible, pura oscuridad salvo por una luz que titilaba en la cima, donde un hombre, que se mantenía firme gracias a la fuerza de su voluntad, estaba sentado solo contemplando el cielo frío y vertiginoso.

 

Siguió avanzando a un ritmo constante, al compás de su propia sangre, que fluía amablemente. Pero con una mano tocó en secreto los cimientos de la torre cuya sombra la seguiría para siempre, desafiándola, hasta que se atreviera a escalarla. Con la otra mano sostuvo con fuerza la hoja.

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