«Flor» de Juan Antonio Pérez Bonalde

FLOR

Juan Antonio Pérez Bonalde

POEMA/VENEZUELA

I

Flor se llamaba, flor era ella,

flor de los valles en una palma,

flor de los cielos en una estrella,

flor de mi vida, flor de mi alma.

 

Era más suave que blanda arena,

era más pura que albor de luna,

y más amante que una paloma,

y más querida que la fortuna.

 

Eran sus ojos luz de mi idea,

su frente lecho de mis amores,

sus besos eran dulzura hiblea,

y sus abrazos collar de flores.

 

Era al dormirse tarde serena,

al despertarse rayo del alba,

cuando lloraba limbo de pena,

cuando reía cielo que salva.

 

La de los héroes ansiada palma,

de los que sufren el bien no visto,

la gloria misma que sueña el alma

de los que esperan en Jesucristo;

 

Era a mis ojos condena odiosa

si comparada con la alegría,

de ser el vaso de aquella rosa,

de ser el padre de la hija mía.

 

Cuando en la tarde tornaba al nido

de mis amores, cansado y triste,

con el inquieto cerebro herido

por esta duda de cuanto existe;

 

Su madre tierna me recibía

con ella en brazos –yo la besaba…

y entonces … todo lo comprendía

y al Dios sentido todo lo fiaba!…

 

¿Qué el mal existe? — ¡Delirio craso!

¿Qué hay hechos ruines? — ¡Error profundo!

¿No estaba en ella mirando acaso

la ley suprema que rige al mundo?

 

¡Ah! cómo ciega la dicha al hombre,

cómo se olvida que es rey el duelo,

que hay desventuras sin fin ni nombre

que hacen los puños alzar al cielo.

 

¡Señor! ¿existes? ¿Es cierto que eres

consuelo y premio de los que gimen,

que en tu justicia tan sólo hieres

al seno impuro y al torvo crimen?.

 

Responde, entonces: ¿por qué la heriste?

¿cuál fue la mancha de su inocencia,

cuál fue la culpa de su alma triste?

¡Señor, respóndeme en la conciencia!

 

Alta la lleva siempre y abierta,

que en ella nada negro se esconde;

la mano firme llevo a su puerta,

inquiero … y nada, nada responde.

 

Sólo del alma sale un gemido

de angustia y rabia, y el pecho, en tanto

por mano oculta de muerte herido

se baña en sangre, se ahoga en llanto.

 

Y en torno sigue la impía calma

de este misterio que llaman vida,

y en tierra yace la flor de mi alma,

y al lado suyo mi fe vencida.

II

¡Allí está! Blanca, blanca

como la nieve virgen que el potente

viento del Norte de la cumbre arranca;

como el lirio que troncha mano impía

orillas de la fuete

que en reflejar su albura se engreía.

 

¡Allí está! … La suave

primavera pasó; pasó el verano

y la estación poética en que el ave

y las hojas se van; retornó el cano,

pálido invierno con su alegre arreo

de fiesta y de niños, y aún la veo

y la veré por siempre… ¡Allí está!… fría

entre rosas tendida, como ella

blancas y puras y en botón cortadas

al despertar el día.

 

¡Ay! En la hora aquella,

¿dónde estaban las hadas

protectoras del niño?,

que no vinieron con la clara estrella

de su vara de armiño

a tocar en la frente a la hija mía,

a devolver la luz a aquellos ojos,

y a arrancar de mi pecho los abrojos

de esta inmensa agonía,

de este dolor eterno, de esta angustia

infinita, fatal, inmensurable,

de este mal implacable

que deja el alma mustia

para siempre jamás – que nada alcanza

a mitigar en este mundo incierto.

 

¡Nada! Ni la esperanza

ni la fe del creyente

en la ribera nueva,

en el divino puerto

donde la barca que las almas lleva

habrá de anclar un día;

ni el bálsamo clemente

de la grave, inmortal filosofía;

ni tú misma divina Poesía

que esta arpa de las lágrimas me entregas

para entonar el salmo de mi duelo…

 

Tú misma, no, no llegas

A calmar mi dolor…

¡Ábrase el cielo!

¡desgájese la gloria en rayos de oro

sobre mi frente … y desdeñosa, altiva

de su mal sin consuelo

al celestial tesoro

el alma mía cerrará su puerta:

que ni aquí, ni allá arriba

en la región abierta

de la infinita bóveda estrellada,

nada hay más grande, nada!

Más grande que el amor de mi hija viva,

Más grande que el dolor de mi hija muerta!

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